domingo, 5 de abril de 2015

Las "mentirillas" de la Historia. Cipriano Castro.

Escuchando ciertas afirmaciones del actual Presidente de la República en donde colocaba al caudillo Cipriano Castro al nivel de los “grandes héroes de la patria”; el gran patriota antiimperialista  y gobernante bueno, honesto  y eficiente que se enfrentó a las potencias europeas y “triunfó”…, pero que luego fue traicionado por su malvado compadre cuando “se fue a Puerto Rico a curarse de una dolencia”…  Criterios repetidos a coro por el Vicepresidente y varios ministros, así como también difundidos por RNV al mejor estilo de “Nuestro insólito Universo”.

Evidentemente que esos criterios, nacidos de las horas de trasnochos de ciertos sectores afines o amantados por la izquierda, forman parte, junto a las correspondientes tesis, posturas  y visiones contrapuestas de la derecha, del muy sutil y a veces académicamente refinado  hilado de “mentirillas” que resultan en el maquiavélico velo de historia oficializada que oculta el verdadero acontecer histórico de nuestra patria.

Es que primeramente la historia de Venezuela ha sido escrita por los sectores aristocráticos y burgueses imperantes, quienes la han configurado a su gusto, gana y conveniencia, con sus héroes, villanos y legados históricos. En tanto que paulatinamente los sectores de izquierda, que esgrimen sin complejo ético alguno como arma política cualquier cosa que se contraponga a ideal burgués capitalista,  han ido yuxtaponiendo lo que ellos llaman “reivindicaciones”  de acontecimientos y personajes históricos, ligados únicamente por el nexo ideológico parcializado que los visualiza, y por ende, sin la vinculación cierta  con las causas, orígenes, desarrollo y consecuencias crudamente reales y auténticamente humanas.

El problema es que entre los criterios convenientes de unos y de otros  seguimos sin revelar el verdadero rostro de nuestra historia. Salvo muy específicos  planteamientos “heréticos” que dan destellos de luces a la verdad, la historia oficializada persiste en hacer de los personajes históricos  sacrosantos dioses que nos determinaron irremediablemente como nación, y por lo tanto está vedada cualquiera duda, cuestionamiento o evidencia que contradiga la lógica y racionalidad del destino manifiesto legado por seres inalcanzables, no por el tiempo que nos distancia de ellos  sino por su carácter cuasi divino.

Luego así, Bolívar, Sucre, Urdaneta, el Marqués del Toro, Ribas, Mariño, Cedeño, Plaza…  son idolatrados en mayor o menor grado por ambos bandos. A Páez lo diseccionan unos entre el antes y el después de la “traición” a Bolívar; en tanto que sus llaneros  y sus Negros Primeros para los dos grupos hubieron sido malvados y sanguinarios realistas cuando se enfrentaron  a los terratenientes que los menospreciaban y les descocían las espadas a latigazos, y que luego desde conciliábulos oligárquicos les hablaban de libertad; hasta que se hicieron los bravos lanceros del Apure,  cuando cambiaron de Taita  y el odio y la venganza por una esperanza de libertad ya no venida de la oferta engañosa del mantuanaje  hipócrita sino nacida de lo vivencial, de la intuición de libertad desbordada y luego reencauzada hacia el hecho libertario; porque en verdad lo que acompañó siempre a aquellos hombres, primero junto Boves y luego a lado de Páez, era la libertad, desde su instinto primario abriéndose caminos , desbrozando los senderos tanto y cuánto les permitía sus circunstancias históricas…

Del que nadie se recuerda es del pobre Piar;  ajusticiado por proponer  otro concepto y acción de luchas que daban al traste con el predominio evidente del  criterio, visión y perspectivas mantuanas en la naciente coalición liberacionista; al final la historia le dio y continúa dándole en parte la razón a  aquel gran líder…

Mientras que el simple soldado sigue siendo para derechos y zurdos tan desconocido como siempre, sólo que ahora le llaman pueblo, luchando ayer por un suelo que ya tenía amo y señor y yendo hoy  tras el señuelo de  un “poder” y un destino en los que solamente hace de chivo expiatorio de un despropósito socialista.  

Obviamente el gran centro de ese Olimpo de divinidades heroicas míticas lo constituye Simón Bolívar. Un ser ultraterrenal perfecto, inequívoco y suprahumano, enviado por la providencia para hacer de Venezuela  y otras 4 naciones un paraíso, lo cual no logró por obra de unos malvados  traidores...bla…bla…bla…

Del Bolívar  “chulo” y mundano, de sus errores, de sus prejuicios, de sus desvaríos quijotescos, de sus vicios y perversiones humanas, de sus estupideces y de los límites y alcances de su liderazgo nos ocuparemos en su momento… Por ahora  digamos algunas cosillas respecto de “el Cabito.”

La Venezuela de la última década del siglo XIX estaba pasando por momentos políticos sociales muy especiales que expresaban y a la vez reclamaban el replanteamiento más que político, existencial integral de la nación, que hasta esos momentos hubo estado desgranada en intereses  manifestados en  la figura política del caudillo, quien con el pretexto de la paz  alimentaba la guerra que lo justificaba, y bajo la excusa de igualdad, justicia y libertad, no lograba sino la detentación del jugosos botín que le representaba una debilitada república “sin republicanos”.

Es que como siempre la historia había superado a los actores políticos. Los viejos caudillos ya ancianos y caducos en liderazgo apenas resollaban políticamente.  Nuevas generaciones de hombres y mujeres con otras expectativas ante sus existencias, ante la nación, ante la república, ante el dilema civilización y barbarie, conformaban el silente ambiente de cambio que se manifestaba por un acontecimiento fundamental que política y socialmente expresaba muchísimo más de lo que anunciaba: la elección de los gobernantes por todos los ciudadanos, hombres y mujeres, mayores de  18 años mediante sufragio público. Porque fuese como fuese esa abolición del machete como argumento político, ese reconocimiento del derecho de cada venezolano a decidir su destino (principalísima condición para la conformación de la república y del republicano, que antes que todo debe ser tener autonomía de libertad), amén del sin parangón derecho al sufragio de la mujer; todo ello significaba  simplemente el epitafio al agonizante caudillismo.

Por supuesto que en esos momentos de quiebre y transición  se generan situaciones de vulnerabilidad político social solamente superables en su justa medida bajo la existencia de un liderazgo político  consciente del momento histórico y dispuesto a actuar en consecuencia, algo inexistente para  aquellas fechas.

Es durante esa frágil situación sociopolítica cuando surge la oportunidad para  Cipriano Castro y su “empresa “,  gestada y financiada  desde el  lado de adentro y afuera de la verja  con Colombia: La revolución liberal restauradora.

Castro no habría pasado de ser uno de los tantos  caudilluelos buitres que hacían rapiña del huérfano poder político, de no ser por la circunstancia del demarcaje  histórico, del evidente quiebre político social de una Venezuela que comenzaba a vislumbrar el siglo XX. Panorama y perspectivas que pronto se irían evidenciando muy sobredimensionadas para el estrecho criterio y las capacidades reales de “el Cabito”.

Porque Castro demostró contundentemente con hechos que  no  era sino un caudillo de  tercera categoría en depreciación acelerada.  En realidad caudillo por suplencia y político de oficio reñido con la ética y la moral, asociado con el honor cuando le convenía y literalmente fornicador con el poder, se ve ante el reto de reconfigurar hacia lo interno y externo, nacional e internacionalmente a la República. Lo primero lo intentó hasta las barricadas de sus propios intereses y capacidad intelectual. Lo segundo ni lo entendió ni lo comprendió siquiera un ápice, siendo la causa definitiva de su caída.

Gobernando en el tiempo libre que le dejaban sus “goces”, Castro estaba entre tres filos: El caudillaje remanente  que, aunque sumamente debilitado, todavía ostentaba parcelas de poder  y estaba al acecho. La creciente oligarquía burguesa, que se reacomodaban hacia la conformación de la república liberal burguesa, como instrumento para  institucionalizar sus privilegios. Y las potencias extrajeras, con la misma depredación colonialista pero ahora con sed de petróleo.

Así que Castro  hace un juego político absurdo y estúpido al envalentonarse y desconocer el cobro histórico de indemnizaciones de varias potencias europeas, cuya licitud hubo debido discutirse en lid jurídica, aunque fuese tan sólo por justificarse ante la historia, y no por el atávico rechinar del machete. Las potencias europeas que estaban ávidas del petróleo venezolano y encuentran al pobre pendejo machete en mano, cuatro barcuelos y la bragueta  a medio subir y oliendo a hembra recién enyuntada, que les retaba.

La única bondad de ese movimiento patriotero de Castro  fue la de asentar  definitivamente en el subconsciente de aquel  colectivo esencialmente analfabeta la necesidad definitiva del gendarme necesario, que garantizase la unión, la paz y el trabajo, planteado tanto hacia el ámbito nacional como internacional. Es decir, Castro  con aquella proclama estaba cavando su propia tumba política, y el pobrecillo ni cuenta se daba.

Pero eso no queda allí, pues lo siguiente es verdaderamente bochornoso.

Aspirando seguramente la protección gringa Castro ha de percatarse de que en tiempos de dificultades con los únicos que en verdad  podía contar era con su papa y su mama, lamentablemente ya fallecidos.  Los Estados Unidos  astutamente  se desentienden de la doctrina Monroe, que en principio implica cierta “unión”, “igualdad” y “solidaridad” entre los americanos, y se arrima al ámbito de poder internacional superior, para luego venir de “salvacoscorrones” a una Venezuela   servida a la carta a las potencias europeas. Siendo ese acontecimiento el paso definitorio de la política real de los Estados Unidos  en nuestro continente en adelante, y  una actuación  clave en el contexto internacional que culminaría durante la segunda guerra mundial con su consagración como gran potencia mundial.

Desde allí todo es vergüenza y deshonor para la patria. Los Estados Unidos fungen de “tercero neutral” y entra a negociar en nombre de Venezuela  en persona de su embajador en nuestro país: Herbert Bowen. ¡¡Válganos Dios!!

Luego así, el Protocolo de Washington de 1903 consistió además de un cobrarse y darse el vuelto por las potencias mundiales, un acto humillante para el “paisito” que hervía de calentera cuando las circunstancias ameritaban fria calma y  astuta cordura. Una nación exponiendo su patrimonio, su honor y dignidad en una “negociación“   en la que no tenía ni voz ni voto; solo la oportunidad de dar “instrucciones”, que le entraban por un oído y le salían por el otro al plenipotenciario venezolano: el embajador estadounidense Herbert Bowen. (Esto y lo siguiente fue como para que Bolívar se revolcase en su sarcófago a más no poder).


El embargo del treinta por ciento de los ingresos aduanales del país para el pago de las acreencias, con las aduanas manejadas por personal extranjero a fin de garantizar el cobro. La ratificación del cobro de las indemnizaciones por los daños acusados a los patrimonios de sus nacionales durante la guerra civil. El desconocimiento doloso de cualquier derecho o justicia en los reclamos de Venezuela, aún ante las reducciones de la deuda a que accedieron para  legitimar la mascarada de legalidad. El pago de la deuda en la divisa de cada país, aunque hubo sido contraída en moneda nacional. Y la consolidación definitiva de la, digámoslo de esta forma, real interpretación de la Doctrina Monroe hacia lo que estaban “predestinados”. Fueron algunos de los “legados” del envalentonamiento desubicado y torpe del compadre de Juan Vicente Gómez.


Desde allí la vergüenza deviene por caída libre en simple y llana desvergüenza.


Es que una vez enfermo Castro parte derechito… ¿Adónde?... Al mismitìiiisimooo imperio…  A “güelerles” las patas al insolente… A Berlín. No a reunirse con lo movimientos socialistas crecientes de la Alemania no. Como un caudillejo tiranuelo de las indias recibido como el “jefecito” que era. Luego a Francia, después a Madrid…  Para terminar asentado en una isla colonia norteamericana: Puerto Rico. (Por si hubiese duda se anexa fotografía de “el cabito” muy flamante en los lares de las potencias invasoras - parís 1908- ). 


Con los boricuas Castro estaba entre dos aguas. Por un lado las de su “bueno y bruto” compadre Juan Vicente, que lo arrimaban con “buena salud” bien lejos de las fronteras venezolanas. Por otra parte las aguas del imperio protector, para el cual representaba solamente un comodín ante una eventual “desviación” de su sucesor, una marioneta que les podía ser muy útil en cualquier momento…


El problema de Castro es que estuvo desubicado respecto de su tiempo histórico. Al actuar con la mera inmediatez y visceralidad del caudillo, cuando las circunstancias requerían además de la inteligente sagacidad negociadora y, sobretodo, la visión y proyección histórica del político. Al no estar consciente de hasta dónde le calzaba el camisón para retar a las más grandes potencias del mundo. Al no entenderse y comprenderse dentro de un contexto internacional que cambiaba exponencialmente y que ya imponía otras actuaciones, en el que Venezuela pudo haber jugado un rol que le permitiese salir avante con un tira y encoge inteligente entre las potencias europeas entre sí y entre éstas y los Estados Unidos (Algo más de una década después esas potencias se estarían matando entre ellas y evidentemente que la situación de una Venezuela “negociadora”  habría sido muy relevante para los intereses de nuestra patria)


En fin, los personajes históricos son lo que fueron y no los que hubiésemos querido que  fuesen. Más o menos buenos, éticos, valientes, honorables o eficientes, ellos expresaron un existir humano dentro una circunstancia determinada y determinadora.


Y  por eso, por ser primeramente humanos y por estar circunscritos a un ámbito histórico, sus acciones tienen las perspectivas y  límites que desde esta distancia  evolutiva divisamos.


Así que Castro hizo lo que su cualidad humana y su momento histórico le permitieron hacer. De cualquier forma  él escribió con hechos páginas importantes de nuestra historia, posibilitándonos, sea como sea,  en nuestra actualidad.


Por eso, al sacarlo del albañal o al bajarlo del pedestal vemos al hombre, al ser humano que en primer lugar vivió, y viviendo  hizo historia, y siendo personaje histórico con su obra, buena o mala, ya es parte de nosotros.


Y es precisamente la cercanía “humana”  de esos personajes históricos la que otorga a sus legados  vigencia y eficacia. Ante “dioses”  nos quedaría solamente el agradecimiento, la resignación, quizás la esperanza del próximo emisario del Olimpo, o simplemente como dice el canto, prenderles una vela.  Mientras que mirándonos en esos seres de carnes y huesos tenemos la posibilidad del aprendizaje, de utilizar el privilegio de nuestra actualidad para ser mejores, que aquellos y que nosotros mismos. Y ello únicamente es posible desde el conocimiento cierto y el planteamiento honesto de nuestra historia.




Javier A. Rodríguez G.


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