sábado, 7 de marzo de 2015

¿ Quién Fue Juan Vicente Gómez?

Puede resultar difícil y frustrante el estudio y análisis de los personajes históricos, dada la multiplicidad de hechos, acciones, posturas existenciales, condiciones y situaciones individuales, sociales, políticas y culturales que entretejen los criterios que llevarían a aproximaciones más o menos válidas, pero que en todo caso estarían sometidas al reenfoque desde cada perspectiva histórica, pues los acontecimientos, y junto a ellos, los personajes que los concretizan, cambian en su valoración y significado a medida que se comprenden o hilan su lógica existencial dentro de las grandes etapas o bloques en que va configurando su andar evolutivo el ser humano.

Por eso, en vez de tratar de establecer lo que un personaje determinado fue históricamente desde su ser individual, que nos adentraría en un abanico infinito de potencialidades y posibilidades, y limitaría el estudio a la perspectiva histórico existencial del individuo; error frecuente en este tipo de análisis, sustraer al personaje de su circunstancia y endosarle posibilidades, opciones, facultades y virtudes, en niveles, integración y proporciones no ajustadas a las posibilidades reales de su humano existir. Es más sensato y prudente, por tanto, procurar establecer a ese personaje desde su significado histórico , es decir, ubicarlo dentro del contexto histórico evolutivo que lo determina, configura y expresa como experiencia existencial del ser viviente que llamamos humanidad; siendo así más justos, amplios y transcendentes en cuanto a las responsabilidades individuales y colectivas respecto a determinado acontecimiento histórico. 

Así, por ejemplo, el “genio” individual de Napoleón no tiene sustento existencial real sin la revolución francesa y sin la subyacente conciencia monárquica del gentilicio francés. Luego entonces, Napoleón hizo por cualidad propia lo que su circunstancia histórica le permitió hacer. Por tanto, Napoleón fue lo que pudo ser y no todo lo que hubo querido ser. Siendo la mayor o menor correspondencia entre el querer y el poder ser, lo que cualifica la ecuación social que lo concretiza como personaje histórico, y a su vez lo hace factor de otras ecuaciones evolutivas, traspasando así, el ser como posibilidad del individuo hacia el ser como producto y significado histórico. 

De cualquier forma los personajes históricos públicos, y sobretodo los lideres políticos, tienen algunas ventajas que permiten acometer con mejores expectativas la difícil faena de descifrarlos existencialmente.

La primera es precisamente el estar evidenciado públicamente en acción y pasión dentro de un marco histórico, que a la vez determina la perspectiva del análisis o estudio, al alejarlo de particularidades intimistas para convergerlo en el significado histórico cultural que representa, por cuya comprensión y entendimiento las sociedades se conocen a sí mismas, y pueden así replantearse con sensatez y buen juicio desde nuevas formulas existenciales.

La segunda ventaja es el tiempo que media entre la existencia real y concreta del personaje y la actualidad desde donde éste se pondera, lo que ofrece una perspectiva valorativa ética histórica que se enfoca y reenfoca, define y redefine, plantea y replantea en cada actualidad, siendo que el impulso evolutivo se sustenta y fortalece no sólo con el conocimiento per se, sino con la reinterpretación justa y pertinente de la historia, redimensionando los hechos y personajes históricos a su justa perspectiva evolutiva, ubicándolos en su contexto histórico, para entenderlos existencialmente; correlacionándolos con las realidades devenidas, para comprenderlos históricamente; y abstrayéndolos de sus particularidades, para hacerlos aprendizaje evolutivo.

La tercera ventaja de los personajes históricos es que, precisamente y por razones obvias,  ya no pueden cambiar de criterios y hacer que las manos de algún temerario se achicharren.

También cabe considerar que todo personaje histórico, líder político en nuestro caso, tiene como cualidad esencial, comprender su momento histórico y actuar en consecuencia; y aún con el margen de acción que dispone el líder para seguir u orientar o tergiversar las exigencias y fuerza social que lo legitima, aún así, siempre su acción y obrar será un producto socio cultural, siendo absolutamente imposible que algún líder haya podido cambiar la historia, pues ésta se construye  a cada actualidad evolutiva, y por tanto, es imposible cambiar lo que no existe, lo que ocurren son posibilidades evolutivas que se concretizan, siendo esa la cualidad esencial del líder, ser expresión, posibilitador y motor de cambios históricos, para bien o para mal.

De esta forma, Nerón es producto de un vientre con una ubicación sociopolítica privilegiada, y de haber nacido en cualquier aldea romana, seguramente no habría pasado de atormentar lagartijas o de ser un poeta loco de plaza, en el mejor de los casos. Asimismo, Abraham Lincoln, por sus virtudes y cualidades fue erigido por una circunstancia histórica como el hombre necesario para imponer la visión, valores, principios e intereses del norte en aquella atroz guerra civil; luego, esas mismas cualidades se evidenciaban como obstáculo para los intereses de ambos bandos. Hasta Ulysses Grant, un oficial retirado sin pena ni gloria, siendo dependiente en el comercio de pieles de su padre, brilló por sus cualidades de estratega y principalmente por la forma pertinente y eficaz con que actuó frente a una guerra entre hermanos; sin esa guerra, Grant a lo mejor no figuraría más allá de la memoria convencional del epitafio. Hitler, rechazado dos veces por una institución de artes plásticas elitista y excluyente, se hace recluta hasta alcanzar el relevante pero tristísimo papel en la historia contemporánea; a lo mejor, de haber sido admitido en la institución de arte, algunas pinturas serían su memoria; o si hubiese muerto de hambre, quizás habría servido a la humanidad de incognito en alguna escuela de medicina. El mismo Bolívar, en otras circunstancias históricas probablemente no habría pasado de ser un “buen” terrateniente idealista y disconforme ante su realidad social; o si hubiese muerto en la caída del fuerte de Puerto Cabello, que estaba a su mando, la historia lo reseñaría por su discreto papel en los sucesos históricos precedentes; o si lo hubiesen asesinado o caído en batalla antes de la campaña admirable, sería hoy visto como un precursor y no como El Libertador.

En fin, la historia es un complejo entramado evolutivo  de hechos y acciones que expresan posibilidades concretadas dentro de marcos concéntricos de circunstancias, próximas o amplias, inmediatas o distantes, que las configuran y determinan. Y es dentro de ese entramado donde el líder político histórico se concretiza, como expresión de una posibilidad que posibilita posibilidades, es decir, surge como producto de un trascurrir evolutivo y se desenvuelve dentro de un ramal de opciones determinadas por un momento histórico, que a su vez responde a tiempos o etapas evolutivas delimitadas por las perspectivas que le revela al ser humano su conciencia histórico evolutiva.

Siendo precisamente desde allí, desde esta perspectiva evolutiva y desde esta conciencia histórica, que se intentará establecer con la mayor justeza posible el perfil político, social y cultural de Juan Vicente Gómez, como personaje principalísimo en la conformación de la Venezuela contemporánea.

Juan Vicente Gómez

Respecto a Juan Vicente Gómez existen entreverados criterios; desde los abortos mentales lisonjeros de notables intelectuales, que lo elevan a niveles santificados, hasta las proclamas de monstruo, salvaje y sanguinario, de sus adversarios políticos; pasando por la aprobación sincera o interesada de unos, la resignación al mal menor, de otros; amén de la aceptación como algo necesario y natural al orden y a la paz social. Pero ¿quién en realidad fue política y culturalmente este personaje? y  ¿cuáles hechos y circunstancias lo configuraron históricamente y le permitieron  ejercer el poder  “absoluto” durante 27 años?

Las Circunstancias Históricas

A la ascensión al poder de Gómez lo preceden 78 años de la estructura caudillista heredada de la independencia. Estructura que, como tal, no se circunscribía a los cabecillas o caudillos que se hacían con el poder central, sino que comprendía a un rosario de jefes "caudillitos" regionales que expresaban el criterio feudalista del poder, y por ende, una conciencia casi inexistente del Estado como expresión natural del poder soberano. Luego, ante la precaria fuerza del Estado, es el poder de los diversos grupos o facciones el que se impone y la suplanta, por lo tanto, siempre serán gobiernos de facto, carentes de toda legitimidad auténtica, aunque sí validadas por su aceptación como forma natural de funcionamiento de la sociedad. Así como se justificaba el duelo por honor, el vencedor en los campos de batalla tenía derecho a ejercer el poder político.

Era la cruda realidad social que imponía la lid del machete al mandato de una Constitución que, como siempre, hacía de simple guirnalda a una República falsa, pues era la voluntad del caudillo la que al final prevalecía; aunque por su esencia, las leyes, derechos y garantías, expresaban una conciencia subyacente hacia el Estado, que debía ir horadando los asientos sociales del Caudillo.

En ese ambiente caudillista se observa un denominador común: Hasta la llegada de la revolución restauradora con Cipriano Castro y Gómez, la lucha se produce entre los tres estamentos del poder social y político, configurados y definidos desde 1830: Uno: la estirpe de los “héroes” independentistas, sobrepasados por su obra y ya doblegados por las nuevas circunstancias político sociales. Dos: los aristócratas terratenientes de casta, supervivientes de la Capitanía General, que buscaban un reacomodo entre la realidad social y la forma tradicional en que ellos concebían el acceso, control  y usufructo del poder político y social. Tres: la burguesía evolucionada desde los planteamientos de la república burguesa de 1810, liberal de pensamiento y conservadora de acción, pero definitivamente con formas más sutiles de dominación y persuasión sociopolítica.

El entrecruzamiento y enfrentamiento entre esos tres estamentos configuraran casi ocho décadas de agitada historia caudillista, con trío de personajes que en mayor o menor medida los expresan: José Antonio Páez, Guzmán Blanco y Joaquín Crespo. Tres líderes que sustentan el aparato económico político del caudillismo. Tres expresiones del mismo mal: la inexistencia del Estado. Tres depredadores de los bienes de la nación. Tres “autoridades” militares, intelectuales y sociales pero no éticas. Tres grandes caudillos que aún juntos no alcanzaban el mínimo nivel de conciencia político social y ética para asumir la exigencia histórica de configurar el Estado venezolano. Por eso el tiempo, mejor dicho, sus hechos, los fueron deslegitimando hasta morir en potencias extranjeras, inmensamente ricos pero cascarones espirituales y éticos. El último sí moriría en su patria, asesinado por una estructura político social que se negaba a cambiar, pero también, por su ambigüedad ante la definición y desprendimiento que las circunstancias sociales le imponían.

Es que desde 1830 hasta 1890, el control del poder consistió en enroques entre eso tres estamentos, que al final concluían en el sostenimiento del mismo mal que los originaba: la estructura político social feudalista. Cuyos vaivenes o inestabilidad conformaban un modus vivendi  que sostenía el círculo vicioso que impulsaba falazmente los pequeños cambios sociales, hasta el punto de constituirse el caudillismo como una gran “empresa” nacional, cuyo producto era el botín del poder, suculento para unos pocos y migajas para la gran mayoría de acólitos, pero al fin y al cabo  mejor que la nada a la que estaban condenadas las grandes mayorías paupérrimas de esa Venezuela.

Esa concepción caudillezca primitiva, pragmática y fácticamente justificada de la política y el acceso al poder como forma de beneficio personal y no de servicio al bien común, mutatis mutandis ha prevalecido hasta la actualidad, configurando a los partidos políticos surgidos desde el primer tercio del siglo XX, siendo, en consecuencia necesaria, la causa primera de su deslegitimación y estrepitosa caída, la autodepredación que sus criterios subyacentes acarrean.

Empero, esa empresa caudillista se fue agotando en tanto y cuanto las exigencias sociales se incrementaban, en parte, merced a los cambios sociales leves que ella misma propiciaba; además del alejamiento generacional del hecho independentista, de la inevitable concientización progresiva hacia el Estado y  del revolucionar cultural, científico y tecnológico que comenzaba a sacudir a la humanidad.

Es innegable que el caudillismo tiene un componente ideológico subyacente inspirado del hecho independentista, valorado como simple producto de la voluntad y no de un proceso evolutivo, lo cual explica la miopía político social del caudillo. Resultando que la retahíla de revoluciones de los dos últimos tercios del siglo XVII en Venezuela no fueron sino meras pantomimas del proceso independentista, donde cada actor pretendía encarnar al héroe preferido de la independencia, un inconsciente juego social que constituía una piedra de Sísifo, una empresa de tontos, en la que la gran mayoría se robaba a sí misma y solamente una minoría usufructuaba realmente el poder.

Pero el alejamiento generacional de la independencia fue ampliando la perspectiva histórica de ese hecho, y con ello la conciencia de su valor, significancia y ubicación histórica, pasando de la simple imitación al válido y lógico usufructo de esa magna gesta, es decir, a su auténtico y legítimo aprovechamiento evolutivo; ya no ser iguales a aquellos héroes de otros tiempos y otras circunstancias, sino, desde su obra potenciar mejores realidades. Estaba naciendo la conciencia evolutiva como nación, y con ella las nociones intuitivas del poder soberano, gestándose así los rudimentos del Estado, que paulatinamente irían deslegitimando la estructura político social y cultural del caudillismo.

También debe considerarse la influencia, sin lugar a dudas determinante, del impulso exponencial de lo que sería la gran revolución científico tecnológica del siglo XX, que empezaba a moldear las mentalidades de aquellas gentes, desde los simplismos de vida conformistas y paretianas, hacia abstracciones  existenciales que replanteaban y o configuraban conceptos como la nación, la patria, la sociedad y el Estado, lo que implicaba un inobjetable cambio cultural.

Todos estos elementos configuran una aspiración verdaderamente revolucionaria que es recogida en la Constitución de 1878: La votación universal, aunque pública, de todos los ciudadanos, hombre y mujeres mayores de 18 años. Afirmación de un Derecho Humano fundamental que implica el reconocimiento tácito del poder soberano de cada ciudadano, de su igualdad política, de la sociedad como promotora  y proyección axiológica de la persona y del Estado como entidad superior que la factibiliza, arrogándose y regulando el poder por sobre cualesquiera intereses individuales. Implicancias  que significaban artera estocada a una estructura de privilegios y explotación atroz, que debía, tenía que hacer algo para evitarlo.

De tal forma que para la última década del siglo XVIII Venezuela evidenciaba los efectos desestabilizadores del enfrentamiento entre esas dos concepciones culturales; entre un feudalismo que se resistía a morir y un Estado de derechos y garantías que iniciaba a nacer, de forma muy lenta pero natural. Situación que exigía la existencia de un liderazgo fuerte, capaz de asumir las nuevas demandas sociales y poder así contrarrestar la inercia del feudalismo y de su expresión política: el caudillismo. Papel que le correspondería ejercer timorata y ambiguamente a Joaquín Crespo, quien no tuvo el suficiente desprendimiento de sus intereses hacia el propósito que las circunstancias le exigían, contribuyendo a la mayor desestabilización político social, lo que aprovecharon los criterios conservadores y reaccionarios, inclusive de su propio bando político, para desaparecerlo de la escena política, percatados del potencial rol decisivo que podría jugar en esos momentos cruciales de sobrevivencia pura y simple del feudalismo.

El Mocho Hernández y el Fraude Electoral

En este ambiente político social y económico endeble y enrarecido se producen las elecciones presidenciales del año 1897. Los viejos caudillos, enfermos, deslegitimados y caducos apostaron al juego electoral y no a la fuerza de los machetes, más que por ellos, por el instinto de sobrevivencia de la estructura, principios y valores que representaban; pero la evolución no los perdonó, sepultándolos definitivamente políticamente. Es electo un civil, intelectual discreto en liderazgo y apadrinado por Joaquín Crespo, con 406.603 voto contra 2.203 del caudillo llamado el Mocho Hernández, y la insignificancia de 152 votos para Guzmán Blanco…. Resultado alegado como fraudulento por el Mocho Hernández (quien hubo recorrido todo el país en la que es reseñada como la primera campaña electoral propiamente dicha, con “mítines” políticos y todo). En consecuencia Hernández desconoce al gobierno electo y se alza en armas, evidenciando la farsa de su pretendida participación democrática, pues la diferencia astronómica entre la votación obtenida por el ganador y la suya, 0,6% de aquella, no da margen para la mínima sensatez argumentativa, pues en todo caso demostraba una debilidad política que en buena lid, en sano criterio y en astuta estrategia, debía ser solucionada políticamente. Ese era el rol político que pudo haber jugado Hernández; pero su instinto caudillezco, o acaso sus verdaderas intenciones, prevalecieron, apelando a la inmediatez del machete cuando la realidad le exigía la sutil estrategia del político que mira a largo plazo. Porque finalmente Hernández no era sino, como todos los activos en esa época de decadencia del caudillismo, un caudillo de segunda o tercera monta,  venido en actor principal por las vacantes de una estructura que se derrumbaba. Al final pasaría sus últimos días donde todos: a la sombra del imperio yanqui.

 

La Revolución Restauradora… (¿Del caudillismo?)

En ese ambiente de inestabilidad e incertidumbre social y política; con el caudillo Joaquín Crespo recién asesinado, el "alzao" Mocho Hernández bajo rejas y los pequeños caudillos regionales con más fama que poder real; la oligarquía, confusa y con sus flancos conceptuales justificatorios y legitimatorios hechos pedazos, necesita urgentemente una salida que coarte definitivamente los nacientes derechos y libertades políticas que, desde sus intereses y privilegios, les implicaban el caos y la anarquía social, consecuencias comunes con las que se descalifican la libertad, igualdad y justicia autenticas; por ello debían ser relativizadas en procura del orden , la paz y el bienestar social , lo cual, desde el planteamiento de grupos intelectuales conservadores, únicamente se logra mediante la instauración de gobiernos “duros” que garanticen el orden y la paz, vale decir, el mantenimiento de los estamentos sociales con los privilegios que implica, a la vez que se crean ciertas condiciones, ilusorias unas ciertas otras, que mantengan el saldo social en el mínimo permitido para la "estabilidad" del sistema. Esa ha sido la salida común de todas oligarquías ante el a veces muy lento pero avasallante al fin, evolucionar político y cultural de las sociedades, la creación ilusoria del gobierno duro y bueno, el surgimiento del “gendarme necesario”, tal como años después lo justificarán los acólitos intelectuales del régimen gómecista.

Precisamente la oportunidad dorada se les presenta con el triunfo de una “revolución” cuyo nombre parecía hecho a la medida de las aspiraciones de los estamentos conservadores: la "Restauradora". Pues ciertamente, ésta venía a dar al traste con los inmensos logros políticos que pugnaban por imponerse, reviviendo los ya caducos criterios caudillistas, dándole así el oxigeno necesario a esta estructura para mimetizarse y configurar a su conveniencia el incipiente Estado que insoslayablemente se les venía encima; sobretodo por un elemento que ya se vislumbraba  como determinante en ese cambio político social, y al cual había que ponerle la mano y controlarlo: el petróleo.

El monigote de caudillo que sin quererlo específicamente ellos ni él, les serviría la mesa, estaba presente: Cipriano Castro. Sujeto audaz y temerario que estiraba sus posibilidades intelectuales tanto como lo hacía con su cuerpo para aparentar mayor estatura y prestancia. Era la sangre fresca para el acometimiento de tal atavismo político, con la suficiente sed de poder, por haber sido marginado de él durante décadas, y con el necesario atractivo financiero para reactivar la corporación caudillezca, merced a grupos depauperados que frente a unos nacientes derechos constitucionales etéreos reapostaban a las monedas y al botín del caudillo.

Cuando la historiografía reseña esta revolución restauradora como la campaña épica de algo así como 60 hombres que marchan hacia Caracas y toman el poder… Cabe pedirles luego que cuenten una de vaqueros…Nomás vale analizar algunos elementos para dar al traste con tan adulador sofisma.

Hacía ya diez años que Castro, exiliado en la ciudad de Cúcuta, en Colombia, asimilaba su fracasado alzamiento; resultando ilógico que ahora viniese con romanticismos y heroicidades a lanzarse a otra aventura con únicamente sesenta hombres. Tal vez alguien argumente el carácter temerario y explosivo de Castro, lo que pudiere ser considerado como una posibilidad, pero no así el caso de algunos terratenientes que lo acompañaban, para quienes el “alzamiento” era literalmente una “empresa”, con sus riesgos lógicamente, pero con sus evidentes y concretas posibilidades de éxito, pues capitalista no invierte si no va sobre seguro. De tal manera que en esa década de exilio los gochos, con un olfato acertado de su realidad política, estuvieron al acecho, esperando “en la bajadita” el declive de la estructura; contactos, promesas, uniones pautadas previos avances o triunfos e inacciones compradas... En fin, la revolución restauradora no fue esa acción romántica y épica que nos pretenden hacer ver, sino una empresa orquestada y planificada con capitales nacionales y Colombianos, no siendo de extrañar, aunque suene paradójico, que de alguna forma en ella haya estado metida la mano yanqui… Y a lo mejor, la “entrega” de la Guajira por el tratado Santos-López de 1941, no fue sino el simple pagarse y darse el vuelto…

Lo cierto es que con la entrada triunfal de Castro a Caracas se daba al traste con el incipiente Estado y se volvía al gobierno caudillista, intransigente y sectario, constituyendo la justificación ideal para movilizar a los sectores conservadores hacia el derrocamiento de “el Cabito” y la instauración del buen gobierno duro, que ya la realidad conceptualizaba en aquella sociedad. Así, marchan todos esos sectores de terratenientes y burgueses comandados esta vez por un caudillo económico, el verdadero poder detrás de poder caudillista. Pero el carecer de liderazgos legítimos y sin autoridad moral para movilizar las masas hacia sacrificios mayores, le sirvieron en bandeja de plata la heroicidad a un campesino analfabeto que se constituiría en el benemérito pacificador e instaurador de la unión, la paz y el trabajo, el buen y duro gobernante, el gendarme necesario.

Del “bueno y bruto” al “Pacificador” y “Benemérito”

Así pudo Juan Vicente Gómez regir a Venezuela durante 27 años. Llegado sumiso de la mano de Castro (por cuenta y liderazgo propio jamás lo hubiese hecho). Impulsado por su apoyo financiero, que de una vez le otorgaba condición privilegiada dentro del movimiento. Y por esa característica  de inteligencia y astucia expresadas lo necesario  y disimuladas lo conveniente, para no retar intereses que evidencien sus carencias ni causen conflictos inútiles que resten en vez de sumar, característica típica del terrateniente del lado de acá de la verja con Colombia. Esas cualidades las expresaría y puliría Gómez en los nueve años que fungió como la sombra de Castro. Mientras “el Cabito” se peleaba con la oligarquía local y con las potencias extranjeras, el “bueno y bruto”, como lo tildaba sinceramente su compadre Presidente, alternaba con la oligarquía y con los representantes de las trasnacionales.

Cipriano Castro fue el mentor político y responsable del ascenso hasta el poder de un campesino analfabeta como Gómez. El desarrollo posterior, su sostenimiento en un entretejido de intrigas, adulancias, hipocresías y traiciones, seria obra de las cualidades y capacidad de este personaje para manejar el poder; aflojando y estirando las riendas cuando es necesario, siendo bueno y generoso cuando le es conveniente, y malvado cuando las circunstancias lo ameriten; jugando excepcionalmente sicológicamente a la incertidumbre de sus interlocutores respecto de sus reacciones, cuya inseguridad los pone enseguida en desventaja; creando una barrera emocional con su entorno, lo que abre las puertas para la reverencia y la mitificación. Condiciones muy comunes a los gobernantes de su estilo, la aplicación de las consejas maquiavélicas por pura intuición.

Pero hay una cualidad imprescindible a la existencia histórica de Gómez: la amoralidad, la ausencia de cuestionamiento ético alguno respecto de sus actos, respondiendo éstos solamente a intereses, conveniencias y hasta a responsabilidades afectivas, pero sin sometimiento alguno a directrices morales y espirituales. Esa es la condición sine qua non para el triunfo de un autócrata, jefe mafioso y todo por el estilo. Empero no se trata de la maldad por maldad, sino de una maldad justificada, mejor dicho, de la legítima defensa ante un proyecto honesto (sincero), es decir, gajes del oficio, la maldad como función necesaria que se realiza en horario laboral.

Por eso lucen intencionalmente falaces algunos historiadores que exaltan en Gómez las cualidades gerenciales y el amor por su familia, como atenuantes de su responsabilidad en el terror y violaciones de los derechos y garantías fundamentales que necesariamente debían sustentar su régimen, lo cual evidencia, o intencionalidad engañosa o desconocimiento supino acerca del comportamiento de estos personajes (Al respecto cabe decir que algunos de los jefes del nazismo que ordenaban y presenciaban la masacre atroz de miles de mujeres y niños, eran reconocidos por ser excelentes padres de familia y “amantes de los niños”. El mismo Goebbels y su esposa Magda se suicidaron luego de asesinar a sus 7 hijos, por amor a Hitler, quien “adoraba” a esos niños…)

En cuanto a su experiencia de gerente exitoso; ubiquémonos en aquel contexto de  1895. ¿A qué se podía reducir la labor de un pequeño hacendado heredero, con actividades productivas muy reducidas y regidas por la tradición?, cuya riqueza, además, era muy relativa, dados sus estilos de vida tan austeros.

También se argumenta ante el analfabetismo de Gómez, la dificultad de acceder a la educación, aún para las clases adineradas. Lo que es cierto, pero también es verdad que la cultura se abre paso por veredas y atajos, y en las fechas contemporáneas a la de Gómez hallamos a pequeñas familias propietarias que sabían muy bien leer y escribir con excelente caligrafía; y hasta hacían versos, inclusive, alguno que otro llegaban a bachilleres y a la universidad. Ejemplo de ello fue José Gregorio  Hernández, surgido de una pequeña familia propietaria en una zona menos próspera para la época que las fronterizas tierras tachirenses. Esto sugiere que Gómez provenía de labriegos natos, sin ninguna inclinación intelectual, lo cual permitiría el despliegue de su inteligencia innata sin cortapisas ideológicas, elemento definitorio de la eficacia elemental y primitiva que sustentaría su régimen. Tal como lo requería la burguesía ilustrada.

Para 1908, Juan Vicente Gómez está persuadido de que los estamentos sociales privilegiados, en connivencia con intereses foráneos y convencidos de su ignorancia, ambición, falta de escrúpulos y de esa forma tan burda pero eficaz de manejarse en el poder; desean hacerlo el tonto útil al establecimiento del régimen de fuerza, complaciente y servil, que les permita retomar el poder mediante la instauración de un Estado a su real antojo, mientras se deshacen de él por sus propias torpezas e incapacidades.

Así, Gómez espera la concreción de la circunstancia que ha venido labrando durante años, que le permitirá ser protagonista principal de la historia contemporánea de Venezuela, en un régimen de casi tres décadas, en el cual coexistirán la configuración progresiva del Estado burgués venezolano  y la figura del buen padre de familia, bondadoso y justo, y severo e inflexible, el nuevo Taita, el último gran caudillo, el gendarme necesario, maquinado y justificado desde la intelectualidad conservadora.

El Gendarme Necesario, el Estado Liberal Burgués y la Tutela Militar Democrática


El primer paso para la consolidación del Estado Burgués era la conformación inmediata de un poder institucional que se impusiera definitivamente a las distintas fuerzas fácticas regionales que  servían de sustento al caudillismo, concretándose así su muerte formal. Pero esto no hubiese podido ocurrir sin la paulatina deslegitimación y degradación del caudillismo como estructura político social, que ya era un hecho. Sin la estructuración de una fuerza militar que impusiera y defendiera sin cortapisas el poder instituido. Y sin el fortalecimiento económico del Estado, para cubrir los costos operativos de sus entes burocráticos y para hacer atractivo al interés colectivo el rudimentario Estado de bienestar regido por un gendarme necesario, que promovían bajo el eslogan de unión, paz y trabajo; y esto lo garantizaba el “oro negro” que guardaba en su vientre esta tierra de Dios.

Precisamente, el pecado original de la Fuerza Armada es haber nacido a la luz de una autocracia y haberse constituido en su sustento de fuerza, y por ende, cómplice necesario de sus crímenes y atrocidades. Lo curioso es que la fuerza militar siempre se justificó en la defensa de la institucionalidad que subyacía y no del régimen autocrático al cual soportaba.. Así se presentaron con sus caras muy lavadas a la muerte de Gómez, asumiendo el protagonismo en la llamada “transición”.

El problema para los estamentos conservadores, es que Gómez permaneció más en el poder de lo debido, cuando lo quisieron sacar no pudieron, y cuando pudieron no les convenía. De tal forma que el "campesino analfabeto" se las jugó muy bien a su interés y conveniencia, con seguridad y claridad asombrosas. Tan consciente estuvo de su rol, que no se preocupó en nombrar  ni promover cualquier forma de sucesión, pues bien sabia que el gomecismo, del cual desde hacía ya rato en fuerza real, en ánimo y disposición se sentía un simple adorno, moriría con él. Jamás pretendió ir más allá. Desde su ascenso al poder en 1909, sabía que la jugada consistía en sobrevivir a su traición, y así jugó y ganó.


Empero, la burguesía al fin y al cabo salió bien librada de esa especie de mutualismo político: Ganó tres décadas para su replanteamiento existencial, conformando una fuerza militar a su servicio bajo obediencia debida, recapitalizándose merced a las rentas petroleras, privilegiándose en el acceso, disfrute y control de las nuevas tecnologías, y  formando en las universidades un nuevo tipo de caudillo que les garantizaría el mantenimiento y perpetuación de sus privilegios: los caudillos políticos, expresados en la llamada generación del veintiocho.

La Transición

Hasta la primera etapa de la transición todo marchaba conforme al rumbo aspirado, es decir, la sepultura del gomecismo y la instauración progresiva del Estado liberal capitalista burgués. El problema se presentó cuando comenzó a perder fuerza el necesario consenso dentro de los grupos de poder. Resultando que la inercia política llevó a que en realidad el gomecismo continuara gobernando durante muchas décadas más. Primero, en manos del sector proclive al gobierno duro, a la cabeza de Eleazar López Contreras. En segunda instancia, en manos del sector más garantista y democrático representado por Medina Angarita y Uslar Pietri, ambos pro gomecistas moderados y burgueses de línea dura. Y finalmente, expresándose difusamente en una dictadura militar.

Luego entonces, al tira y encoge de los dos sectores gomecistas se les presentan obstáculos políticos no previstos en esas magnitudes: Grupos comunistas de creciente fortaleza política; surgimiento de varios movimientos políticos liderizados por algunos burgueses o aburguesados de la generación del 28, de pretendida inspiración de izquierda y de un incipiente descaro populista; la presión manifiesta de los ultraconservadores del gomecismo; y las aspiraciones crecientes de grandes sectores sociales. Todo lo cual, ante liderazgo endeble de los personajes llamados a culminar la conformación del Estado burgués de línea dura, encabezados por Medina Angarita como soporte militar y Uslar Pietri como legitimación ideológica, pero principalmente, por la mezquindad de cuidar y trastocar en lo menos los intereses burgueses y el carácter de Estado fuerte que aspiraban; le hizo alfombra roja a la última camada de oficiales gomecistas, bajo directrices ideológicas y procedimentales subalternas a intereses foráneos, y aliada con nóveles movimientos políticos socialdemócratas, para imponer de cualquier forma el tutelaje militar sobre el Estado, que luego, ante el creciente oleaje de exigencias y reivindicaciones sociales, sería llevada por la derecha hacia la conformación de una dictadura militar de corte fascista.


Y sería al final de esa dictadura (1958), última expresión política directa del gomecismo, que se instauraría el Estado liberal burgués. Empero, lógicamente ya con “nuevos hombres”: los caudilluelos políticos de la “generación del 28”. “Nuevos ideales”: la socialdemocracia, ideología de derecha enmascarada de izquierda. Y “nuevos procedimientos”: el populismo. Pero siempre con el mismo fin: la prevalencia e imposición de la burguesía como verdadera usufructuaria del poder …   El problema fue un simple error estratégico, pues la burguesía gomecista hubo planificado conforme a los tiempos evolutivos de comienzos de siglo, que ya eran rápidos en relación al pasado reciente, sin considerar la aceleración exponencial del siglo XX. 


El Gomecismo

De manera que el gomecismo, comoi estructura ideológica sociopolítica, determinó la vida política de la Venezuela del siglo XX: En cuanto a la creación y justificación del “gendarme necesario”, primero personificado por la figura de Gómez, y luego progresivamente asumida por la institución militar, bajo la figura del tutelaje militar democrático, que persiste en la actualidad. En cuanto a la necesidad de gobiernos fuertes que garanticen el orden y la paz, entendiendo el orden como el mantenimiento de los estamentos y privilegios  sociales, por ser naturales y necesarios, y la paz como la aceptación o resignación a las desigualdades básicas estructurales naturales en la sociedad; cuya mejor expresión eufemística fue la llamada “democracia con energía”. En cuanto a la justificación y legitimidad del uso de la fuerza, por sobre derechos y garantías individuales, para preservar la unión, la paz y el trabajo. En cuanto al criterio caudillista en la actividad política.

La coexistencia de una autocracia y una institucionalidad creciente, justificadas por la figura del gendarme necesario, dotan al gomecismo de características especialísimas que lo prologaron en sus efectos durante todo el siglo XX. Es por ello la gran variedad y cuasi contradictoria gama de acólitos, amigos, simpatizantes, colaboradores, beneficiarios y defensores del régimen. Siendo la gama amplia, desde un López Contreras hasta un Medina Angarita; un Vallenilla Lanz o un Gil Fourtoul, hasta un Uslar Pietri o un Briceño Iragorry.

Ciertamente Gómez y el gomecismo son consecuencias necesarias del caudillismo, por una parte, y de los intereses burgueses, por otra. Concebido desde la óptica de unos estamentos privilegiados que pretendían sobrevivir o imponerse a toda costa, implicando en todo caso un retroceso en las perspectivas políticas que se vislumbraban en el alba del siglo XX.


Así, muchos factores coadyuvaron en su concreción: La ausencia de liderazgo fuertes consecuentes con las circunstancias y exigencias políticas de ese momento. El impulso y triunfo de la revolución restauradora y el restablecimiento del caudillismo. La torpezas de Cipriano Castro, al pecar de nacionalista, enfrentándose a la vez con potencias extranjeras y con poderosos grupos financieros internos, lo que decretaba de facto su caída; pero principalmente, por la prepotente y torpe subestimación  del “bueno y bruto” de su compadre, obviando detalles reveladores de su intencionalidad; siendo su principal desatino, haberle dado el protagonismo en el enfrentamiento de la Revolución Libertadora, un error fundamental que pagaría con creces.  La creciente demanda de petróleo que hacía de Venezuela un blanco de apetencias trasnacionales. Y la existencia del personaje  apropiado en el momento justo y dispuesto a actuar en consecuencia: Juan Vicente Gómez.

Entre al constituciones de 1878, 1901,1909, 1931 y la de 1945, existen diferencias conceptuales abismales. La de 1878, recoge magistralmente como progresión evolutiva natural, la muerte de una estructura, la caudillista, y el surgimiento de una conciencia política que se pretendía tan alta como lo es el reconocimiento del derecho al sufragio universal y libre (aunque público). La de 1901, expresa el restablecimiento del caudillo autócrata, pero ya no sustentado fuertemente en los caudillos regionales, sino atomizando sus liderazgos en expresiones municipales, tal vez más cerca del creciente ciudadano, tal vez  ahora más fácil de controlar, merced a los “nuevos procedimientos”; se eleva la edad del sufragio a 21 años, se suprime la elección directa y el derecho al voto de las mujeres, amén de establecer insólitamente de forma expresa, la posibilidad del “preso político”. La de 1909  es de evidente espíritu, propósito y razón caudillista, legalizadora de la autocracia; vuelve a la elección del “Presidente de la Unión” por el cuerpo legislativo, devolviéndole alguna fuerza a los caudillos regionales. La de 1931 pinta con detalle  al gomecismo: Una autocracia concebida para fenecer junto a su titular, a la par de una acción institucionalizadora hacia el Estado Burgués, conformado ilegítimamente bajo la fuerza de un gendarme necesario; expresada ya en ciertos indicios de centralización política y en regulaciones laborales y de industria; develando ella misma uno de los motivos impulsores de su “preocupación” por lo social y laboral, sobretodo: La proscripción del “comunismo”. La de 1945, recoge claramente el Estado burgués en formación; las “contradicciones” entre el Estado querido y el posible; su “legítima defensa” con puñalada trapera enmascarada en jugada política: levantando la proscripción del comunismo pero a la vez manteniendo la elección presidencial de segundo grado, limitando el derecho del sufragio de la mujer al ámbito municipal, y la aberración de las aberraciones, coartando el derecho al voto a la población analfabeta, es decir, a las grandes mayorías.

El Petróleo. La Revolución Silente

La historia político social del siglo XX no puede comprenderse sin el elemento que la configuraría y  determinaría para siempre: El petróleo. Especialmente la figura de Gómez, como personaje histórico, está enyuntada a los intereses que por el oro negro comenzaron a mover el ajedrez político internacional desde los albores del siglo XX. Inclusive, el asedio de las potencias europeas durante el gobierno de Cipriano Castro respondió, sin duda alguna, al inicio de la rapiña de las potencias por el combustible llamado a mover la maquinaria industrial y tecnológica del siglo que nacía, y con ello, a configurar en adelante una forma existencial del ser humano.

Más allá de las acciones injerencistas de las potencias, de las concesiones complacientes de Gómez, de la rapiña a los relativamente exiguos ingresos petroleros, y de las consecuencias del “enroque” del centro de gravitación de la explotación petrolera, desde un inestable y radicalmente nacionalista México, hacia una complaciente Venezuela; existe un elemento que generalmente pasa por debajo de la mesa: La revolución social silente que el petróleo hacía fluir desde los estratos desposeídos de la sociedad, para arrasar definitivamente al feudalismo como estructura político social.

Es que aparte de todo el historial de explotación y de la amplia gama de atrocidades sufridas por los obreros pioneros en la extracción petrolera, es indudable que relativamente los ingresos acumulados que obtenían significaban buenas fortunas en comparación con los ingresos ordinarios de cualquier obrero o jornalero para la época, con las expectativas de beneficio económico de los grandes masas depauperadas, y con la lerda e ineficiente capacidad productiva de la estructura económica sustentada en los terratenientes. Porque, cabe recordar que en esta estructura de corte feudal, la riqueza radica esencialmente en el privilegio de la mera tenencia de la tierra, en cuanto  provee los medios inmediatos de subsistencia, garantizando la sobrevivencia dentro un sistema económico productivamente estancado y de un Estado prácticamente inexistente; por lo cual el terrateniente se erige, para su entorno inmediato, en sinónimo de estabilidad y garantía de subsistencia, siendo esa la fuente de su fuerza y significado social, y, en nuestro caso, el sustento del caudillismo: la disgregación del Estado en expresiones regionales fácticas que soportan el poder en la “estabilidad” y “seguridad” de sus tierras y en el precario “orden” establecido en torno del privilegio de su tenencia.

De tal forma que si nos alejamos de la visión típica burguesa de mirar y contar la historia desde la fachada que es Caracas, “la sucursal del cielo”, y un "interior del país" que es “puro monte y culebras”; y sin el discriminatorio, excluyente y absurdo criterio que afirma de carácter nacional todo lo ocurrido en la capital, e inexistente o de poco valor lo que ocurre allende del valle de los caracas; encontramos el caso común en diversas regiones, de peones de haciendas y “muchachos de mandados” que luego de laborar en la industria petrolera, sea como sea, regresaron a sus ciudades, poblaciones y caseríos con mayores medios económicos que los que pudieron haber generado sus antiguos patrones terratenientes durante décadas, incluso, muchos les adquirieron sus casas y tierras, otros establecieron negocios y comercios, conformando progresivamente una nueva burguesía. En definitiva, la estructura productiva y la relación de riquezas se trastocaron tanto que, de hecho, muchísimos pequeños y algunos grandes terratenientes y sus herederos no pudieron amoldarse a la nueva realidad y exigencias productivas y generadoras de riquezas, terminando en la inopia, empleados de sus antiguos vasallos o de sus descendientes, y hasta en caridad pública…

Toda esa revolución económica y social comenzó formalmente durante el régimen de Gómez. Cierto que a la forma en que inició la explotación petrolera en Venezuela le calzan cualquier tipo de críticas, pero sus efectos y consecuencias, buenas o malas, son realidad cruda que nos acompaña en nuestros actos y en nuestros pensamientos. No podemos negar nuestra esencia, de allá venimos, arrastramos esos hechos y a esos personajes como acción y experiencia de vida.

¿Que si las concesiones fueron en realidad donaciones? Ciertamente pudieron ser mejores, pero ¿hasta cuánto? ¿Qué posibilidades de exigencia tenía un país de analfabetos con un grupo de sujetos queriendo tomar el poder a punta de machete y con potencias militares acechando en sus costas? Siendo justos, ese era el precio que las circunstancias imponían, pues así como las personas pagan el costo de su inexperiencia o de su situación económica precaria, aceptando salarios o labores degradantes; los países recogen en sus currículos sus vicisitudes evolutivas. Más válido, justo y ético resulta criticar el uso dado y la rapiña sobre los considerables recursos ingresados a las arcas del país  desde esos años, y las negociaciones entreguistas, ya en otras condiciones, en décadas posteriores.


 Nuestro karma al tratar nuestra historia es siempre terminar hablando del petróleo.

Concluyendo

De tal forma que Juan Vicente Gómez, como ser individual, con sus vicios, virtudes, valores, antivalores, capacidades o incapacidades, se quedó en su circunstancia existencial. Empero, como significado político, social y cultural, continúa determinando nuestra contemporaneidad. Pues desde su régimen se truncó definitivamente un camino evolutivo institucional natural que avizoraba la constitución de 1878. Se decretó la muerte del caudillismo militar tradicional y el surgimiento de otro tipo de caudillo: el político. Se deslegitimó irremediablemente el feudalismo, al iniciar a configurarse definitivamente el Estado liberal burgués, con la doctrina transmutada del criterio del gendarme necesario, que determinaría toda la historia política hasta el presente: la tutoría militar democrática. Y Se inició lo que aún somos hoy: la gran gasolinera de los imperios.

Porque el gomecismo implicó un concubinato entre el caudillismo que moría y la burguesía que solapadamente iniciaba la configuración de su institucionalidad. Siendo por eso que los personajes y los hechos desde allí se desdibujan política, social y éticamente. Resultando que ocurrieron pero no ocurrieron, fueron pero no fueron, estuvieron pero no estuvieron, convalidaron pero no convalidaron, hicieron pero no hicieron… Y es de ese concubinato repudiable que nace la Venezuela contemporánea, y es desde allí donde se configura definitivamente nuestro ser político, social y cultural.

Porque al final del final, dictaduras fascistas, democracias falaces, constituciones e “institucionalidades” de oropel, “revolución” y “socialismo” ineficaces de por medio; hasta ahora todo sigue siendo lo mismo: Caudillos apropiados de sus feudos políticos, burgueses, viejos y nuevos, de las formas más torpes y vulgares hasta las más eficientes y refinadas, depredando al Estado; mientras las grandes mayorías recibiendo pocas o inmensas migajas, pero conceptualmente siempre migajas.

Javier A. Rodríguez G. 

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