sábado, 5 de julio de 2014

Reflexiones I

Cuando el ser humano despertó  en conciencia hacia su entorno, hacia el universo, varias interrogantes lo atormentarían en adelante pero mirando hacia atrás: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Dónde estoy? ¿Para dónde voy? ¿Por qué el maravilloso prodigio de su existencia?; constituyendo la pesada carga que habría de llevar a cuestas: su propia conciencia.

Porque el cuestionamiento inicial del ente cognoscente es inmediato, respecto de si mismo, desde su cualidad gnoseológica, desde ese ánimo incomprensible que le permite mirar su entorno más allá del simple acto y de su apariencia; pero ello lo angustia sobremanera, pues él existe en dos mundos, uno interno, principio y fin de todo, el fuero irreductible del yo quiero, del yo puedo, del yo  poseo;  el otro allende sus sentidos, inmenso  avasallantemente poderoso y misteriosamente mágico.

Es desde esa contradicción aparente entre  esos dos fueros existenciales donde el ser humano transcurrirá su andar evolutivo, lo que  configurará su  historia, sus creencias, sus valores, su cultura, su religión y su fe.

Porque si su ser interno no tiene conexiones materiales con nada, siendo de él y de nadie más, luego entonces, ¿existirá el mundo sólo dentro de él?  ¿qué es el entorno que perciben sus sentidos? Buscando respuestas encuentra al semejante,  ponderando sus sensaciones en común se percata efectivamente de la realidad, y compartiendo el vínculo que trasciende lo material, descubre los valores y  la espiritualidad.  Por supuesto,  ello le llevará seguramente toda  su humanidad  “posible”, pero  ese es el camino, no hay otro.

Al discernir la realidad  y al hallar al semejante se encuentra a sí mismo y puede sobrevivir, y al descubrir los valores espirituales puede hacer cultura, vivir a plenitud  y trascender  existencialmente por sobre la materialidad de su ser hacia su humanidad espiritual, y en consecuencia, plantear a Dios.

Luego entonces, es torpe el  intento de desligar  el mundo “externo” del  fuero interior del  ser humano, y toda ponderación del saber  que pretenda “medirla” excluyentemente desde uno u otro ámbito  está condenada a naufragar. Porque el inmenso error  existencial del ser humano ha consistido en pretender  plantearse desde fuera y no integrado al universo, como universo mismo, desmembrando el conocimiento en  veredas y pasadizos tan ciegos como distantes estén de la auténtica naturaleza humana. Ahora sí, es verdad,  todo evolutivamente es ganancia, pero el ser humano no puede  enfrascarse en redundancias inútiles sin abrirse hacia los nuevos paradigmas que le revela  la evolución, sin falsos prejuicios  ni prepotentes orgullos intelectuales. Por supuesto, todo nuevo planteamiento creará  “vacios” en el saber, pero ¿acaso no ese el propósito? ¿seguirá acaso el ser humano  negado a  aprender de la experiencia histórica?

Por varios siglos nadie puso en duda  la explicación maravillosa de la “mecánica” del mundo y del universo  de Newton, planteada desde la percepción del espacio, negándolo así de hecho en la cualidad que lo hizo posible: el cuestionamiento de la realidad; inclusive, llegando algunos científicos de esos tiempos a considerar estar en el cenit del desarrollo de la física, al creerla  explicada lógica, plena y perfectamente. Luego Einstein sacudiría al mundo al plantear el mundo y el universo desde un tiempo dinámico y relativo, pero a la vez obviamente abriendo boquetes por donde se cuela el apenas explorado mundo cuántico, que a su vez  abre otra ventana a la realidad, más allá de las curiosidades  cuasi eleáticas cuánticas tan en boga, dando lumbre a esa claridad existencial apetecida  y buscada, no para negar a Newton y mucho menos a Einstein, no, es para continuar por el sendero  que ellos esclarecieron.

No se puede hoy  plantear el conocimiento ni la filosofía desde las posturas y visiones de hace siglos, negando el saber mismo, además de desdecir nuestra conciencia e intelecto. Consideremos a un pensador de hace tres o cuatro siglos cuestionando la realidad, el saber y al ser desde su mundo inmediato, con toda la validez y magistralidad que se quiera, pero al fin y al cabo expresando y proyectando una visión circunscrita histórica y evolutivamente, y, por ende, con fecha de caducidad, tanto y cuanto no traspasen su circunstancia evolutiva hacia la proyección espiritual. Porque hay un factor del cual absolutamente ningún ser pensante puede sustraerse: su historicidad, su circunstancialidad evolutiva, que lo posibilita existencialmente, pero también lo desdibuja integrándolo al gran torrente que implican.

Al ser cognoscente por sí solo le es absolutamente imposible conocer en plenitud, pues tal facultad no es única ni exclusiva de su materialidad, ya que está integrada y complementada  holísticamente al semejante y al ser  viviente  en cuanto cualidad existencial y posible. Es decir, Descartes existe  porque duda, pero también, si duda a ese nivel y profundidad  filosófica es porque  ha existido y dudado evolutivamente como ser pensante, luego su duda está sustanciada con algo más que la fundamenta y justifica: el aprendizaje, entonces Descartes para  su duda, histórica y gnoseológicamente comprendida, hubo debido aprender, y por ende, aceptar certezas. Porque el existir es  una certeza  producto de un estado histórico de conciencia, es decir, venido de lo hecho y proyectado hacia el por hacer 

Así, esa implenitud cognoscitiva se complementa  y valida con el otro, merced a la comunicación. Por eso comunicarse es validarse existencialmente. Apenas vemos o sentimos cualquier acontecimiento o fenómeno, enseguida buscamos la reacción y opinión del otro. Pero el ser humano va más allá en esa validación de su saber: la medida objetiva de la realidad, que le proporcione notas informantes por sobre  lo percibido por sus sentidos, que al fin y al cabo es la única forma de aprehender lo real, esa es la función de la ciencia, por tanto, instrumental en la validación existencial del ser humano.

Cuando Newton descubrió la descomposición prismática de la luz, despejaba de porrazo la incógnita del color, revelándolo  como una cualidad contingente de las cosas pero real y objetivo, en cuanto radiaciones ciertas capaces de ser percibidas, y por tanto, conformantes de un ámbito de lo real, preexistente al ente cognoscente, que lo interpreta o decodifica como realidad posible. Nomás pongamos como ejemplo el mimetismo animal, su causa necesariamente debe tener un fundamento objetivo, expresado en ondas que se codifican y decodifican para conformar el espectáculo maravilloso del color. Así pudiéramos decir que nuestro sol  lo que irradia son serpentinas  de color.

De tal forma que  Newton resumió la realidad  “visible” en función elemental de la luz, y por extensión, de un espectro electromagnético amplísimo; sustentando  de esta forma las teorías que revolucionarían la física y el concepto de la realidad, del universo y del ser humano mismo; es decir, la maravillosa perspectiva cosmogónica que implicaban los descubrimientos y planteamientos teóricos de Newton, en su punto de fuga a la vez expresaban el término para su reformulación científica y humanística. También, el descubrimiento y desarrollo de la fotografía trascendió  su significado tecnológico, social y cultural, hacia constituir otro valiosísimo aporte a la validación de la realidad; pues haciéndole un orifico a una caja cerrada  y colocando  dentro en el otro extremo un placa sensible a la luz, se logró plasmar por primera vez una imagen de la realidad “visible”,  esencialmente igual a la que se percibe, obteniendo así un instrumento tecnológico con consecuencias drásticas en la conformación del concepto de lo real.   

Pero el ser humano ha ido más allá, logrando captar imágenes  infrarrojas, ultravioletas, ultrasonoras, foto térmicas y hasta de ondas radiactivas, visualizando la materia tras la materia, algo verdaderamente espectacular. Todas esas tecnologías le revelan sendas formas posibles de la realidad, escurriendo definitivamente los ya obsoletos criterios respecto de lo real.

En ese mismo sentido, el telescopio y otras tecnologías están sobredimensionando el concepto de la realidad y de la noción del universo, en relación a los linderos conceptuales  con los que se ha pretendido mantenerlos dentro de criterios “posibles”. “lógicos” y “racionales”,  iniciando una especie de reacción en cadena de explosiones conceptuales que hacen añicos los vetustos  paradigmas  filosóficos, físicos y de la ciencia en general, revelando que lo imposible, lo ilógico y lo irracional, tan sólo son expresiones relativas del hecho histórico evolutivo, dinámico y permanente, que construye a cada instante al universo, reformulando todo criterio cognoscitivo.

Así, el telescopio constituye una ventana retrospectiva del ser humano y la humanidad hacia el universo, no como asombrados espectadores sino integrados a él en cualidades y físicas y espirituales. Porque de hecho, mirar el cosmos  significa ver el pasado. El tiempo constituye un  presente fenomenológico posible solamente desde cada cuerpo material expresado como hecho histórico evolutivo, o sea, es desde la capacidad de conciencia histórica desde donde el tiempo adquiere forma y sentido, porque la conciencia misma está inscripta en el tiempo, conformado el acontecer maravilloso de un universo conociéndose, midiéndose, pensándose a sí mismo. Por eso, cuando la humanidad hurga en su pasado, no solo desentierra huesos y trastos o piezas de museos, sino también se descubre a sí mismo, se reconstruye históricamente, se justifica y cualifica existencialmente. Pero además, el ser humano posee la facultad, aparentemente exclusiva, de proyectarse existencialmente por  sobre la contingencia fenomenológica del presente y de  la concreción histórica evolutiva del pasado para construir el futuro. Una construcción virtual nacida de su fuero interno, que desde su contingencia existencial y soportada en la conciencia histórica evolutiva, proyecta la existencialidad como posibilidad, rompiendo las amarras de la pasividad ante el acontecimiento existencial, traspasando  los linderos del hecho histórico evolutivo para constituirse en motor y posibilitador de su propio destino, es decir, en hacedor de realidades, en constructor activo de universo, aún destruyendo.

Y ese poder transcender lo concreto hacia lo posible, contemplar, proyectar y valorar la existencialidad más allá de lo real y aparente, y comprender el universo no sólo en cuanto hecho sino en tanto posibilidad, es lo que le otorga al ser humano el don de ser espiritual, la carga existencial del ser moral y ético, la responsabilidad histórica evolutiva y la capacidad de plantear a Dios como posibilidad de todo lo posible, como acontecimiento incuestionablemente maravilloso, que  llámesele como se le llame, desvirtúesele como se le  desvirtúe, perviértasele como se le pervierta, niéguesele como se le niegue, siempre seguirá siendo Dios.

Porque lo que llamamos realidad, es la expresión multimodal del hecho evolutivo histórico, que en definitiva  es lo que fundamenta, define y justifica nuestra existencialidad, es decir, no existimos por dudar o por pensar sino por haber existido como un todo, por cuanto somos un producto histórico evolutivo; por lo que el yo sin la ubicación holística y sinérgica, naufraga existencialmente. Por eso, plantear la realidad desde el individuo es como mirar un segundo de una película de dos horas, ciertamente es tan válido como cada uno de los 7200 segundos, pero por sí solo no es la película. Porque si el ser humano  no se comprende holística y sinérgicamente en toda la plenitud de la historicidad evolutiva, o seguirá en los traspiés absurdos de su coexistencia social, o no hallará ni disfrutará la riqueza sublime de su facultad espiritual, o no saldrá del cerco existencial auto impuesto por una ciencia que niega la espiritualidad que a la vez, sin quererlo ni buscarlo, desvela; y por una filosofía secuestrada por el yo, que mengua tanto como el yo se hace nosotros y en cuanto el nosotros se integra al todo-

En fin, los dimes y diretes entre una filosofía acorralada por el mismo pensamiento al que pretende liberar y una ciencia engrillada al conocimiento que genera, revelan la “incomprensión” del ser humano en relación al universo; porque, el cuanto una lo aísle en su individualidad y la otra lo reduzca a la materialidad, ambas naufragarán en todo intento de explicar el universo, lo real y lo existencial. Todo por una razón sencilla, el ser humano es también universo, en elevada expresión, universo pensante. Por eso resulta absurdo plantear prepotentemente el universo hacia el ser humano, cuando es el ser humano quien debe con humildad volcar su existencialidad hacia el universo; entendiendo de una vez por todas que existencialmente expresa tan sólo  un brevísimo suspiro de un acontecer evolutivo infinito, pero eso sí, con la facultad maravillosa de participar de una cualidad del universo tan cierta como el hidrógeno, el helio y  las rocas que lo conforman: la racional espiritual. Porque el ser humano no es tan sólo un individuo usufructuando un mero accidente existencial, sino un ente sinérgica y holísticamente compartiendo el acontecer maravilloso del existir, expresando el espectáculo mágico de la vida y participando de la cualidad sublime del cosmos: la espiritualidad.

Si entendiésemos  esto, comprenderíamos que la duda absoluta naufraga en sus propios sofismas, pues no es el dudar en todo  sino el creer en algo lo que engendra nuevas verdades. Galileo, Copérnico, Newton y Einstein realizaron sus experimentos, demostraciones, descubrimientos y teorías desde sus creencias. Por eso la simple duda  es infértil, mientras que el cuestionamiento del conocimiento  es padre de la curiosidad; y por eso mismo, el saber crítico es motor de nuestra evolución político social y espiritual.

Hace algo más de cien años, el descubrimiento de las pinturas rupestres de Altamira (España) trastocó el concepto de cultura y del arte en específico, pues dentro del criterio de la evolución lineal del arte, no cabía la posibilidad de que hace al menos 15 mil años pudiese el ser humano “primitivo” producir semejantes obras artísticas, y menos aún comprendidas en la integralidad espiritual que expresaban. Entre otras, la opinión de reputados expertos negarían su autenticidad y afirmarían que significaban tan “…sólo la expresión que daría un mediano discípulo de la escuela moderna…”.

Las pinturas de Altamira demostraron que el arte constituye una manifestación existencial íntima del ser humano pero indisolublemente integrada  a una expresión espiritual colectiva y trascendental. Por eso, al contrario de la obra tecnológica, que se transforma evolutivamente desde el sobrepeso del  conocimiento, la obra de arte se consagra absolutamente como tal desde su mismo momento creativo; inscripta una circunstancia histórica sí, pero desprendido del espacio y del tiempo en cuanto a su esencia expresiva. Porque  la obra artística, aunque en sentido amplio también es tecnológica, no se construye evolutivamente sino se consolida históricamente. Es decir, tecnológicamente, del momento evolutivo de Altamira nos distancian 15.000 años, que deben ser recorridos en toda su extensión para concluir en nuestro estatus tecnológico contemporáneo; mientras que, desde la perspectiva del obrar artístico, cualquiera de aquellos artistas pudiera en estos momentos exponer en  las principales galerías del mundo su arte  “moderno”. Porque el “conocimiento” es contingente a la esencia espiritual de la obra artística. Por eso es una soberana estupidez hablar de “arte ingenuo”, cuando toda obra artística de por sí es “ingenua, o sea, en su esencia es expresión espiritual, porque trasciende lo racional concreto  hacia una racionalidad superior,  plena y profunda, emotiva, intuible y posible. De tal forma se puede decir que la cultura es una realidad creada en la existencialidad concreta, construida por el conocimiento histórico y vivible plena e integralmente desde y hacia  la espiritualidad.

También nos dice Altamira  que en nuestra esencia humana seguimos siendo los mismos; que la disección de la  tecnología y el arte, entre ciencia filosofía y religión, entre materialidad y espiritualidad, ha desviado al ser humano de su auténtico y rumbo existencial;  que la humanidad es una integralidad de factores materiales, biológicos, lógicos-racionales, ético-morales, axiológicos, místicos-religiosos, históricos-evolutivos, facticos-trascendentales y espirituales, cuyo planteamiento, desarrollo y expresión en el espacio tiempo conforma su historia evolutiva, es decir, el despeje de su ecuación existencial.

Sin tan sólo se entendiese básicamente esa integralidad del ser humano, toda perspectiva filosófica debería convergen en ella, para desde allí plantear al universo; y toda acción científica debería surgir desde allí, para retornar  a ella con auténtico sentido ontológico.

En fin, millones de años han transcurrido desde el comienzo de aquel despertar y ya gigantescos túmulos de conocimiento y de logros tecnológicos ostentamos de nuestro acontecer existencial, sin embargo, las mismas  interrogantes continúan tan vigentes como en esos primeros momentos. Es que en verdad  la búsqueda emprendida por el ser humano necesariamente converge en él mismo, es decir, inició y ha de concluir en la integración mística religiosa espiritual con el cosmos, con el todo; la diferencia radica en el entendimiento y la comprensión de las partes de ese todo,  en el ubicarse y definirse existencialmente. Es a eso a lo que llama la conciencia al ser humano, a ser siendo hacia el ser, al conocer no para simplemente sobrevivir sino para reencontrase con su esencia existencial, a hallar las respuestas que agobian y  también motorizan su existir. Es ese el inmenso peso que soporta el ser humano y la humanidad, su propia conciencia.

Empero, ese descubrimiento del ser humano de sí mismo, conociéndose y comprendiéndose en el universo, no es un punto de llegada sino un camino que se concreta evolutivamente en cada circunstancia existencial, una posibilidad actual perpetuamente posible. Por eso, tan pleno fue el existir de aquellos de Altamira como lo puede ser el nuestro hoy. El asunto está en el cuánto de esa plenitud, siendo esa la responsabilidad histórica y la expresión de la sabiduría y del nivel de la espiritualidad del ser humano actual, concretar existencialmente en lo posible el saber, pues no es el monto del conocimiento en sí lo que le vale al ser humano y a la humanidad, sino el saldo existencial positivo que le signifiquen.

Porque, más allá del quantum de su cultura, es desde su verdadera comprensión  existencial donde el ser humano halla la igualdad y encuentra su individualidad. Siendo esa la paradoja de su evolución, pues mientras extiende el concepto de igualdad se hace más individual, y a mayor individualidad, más autentica, cierta y posible es su integración holística y sinérgica con el todo; y al integrarse al todo, aprehende el valor existencial de sus partes, tomando conciencia de lo justo. Luego entonces, es ese camino existencial hacia la igualdad, hacia la comprensión auténtica  de su individualidad y de su integración  justa con el todo, lo que libera existencialmente al ser humano.

Y es hacia esa comprensión y redención existencial donde la ciencia, la filosofía, la religión, el Derecho y la política deben inscribir sus acciones (hacer lo que de por sí la obra artística logra), pues todos constituyen expresiones instrumentales esencialmente indisolubles, surgidas de un mismo origen y necesariamente confluyentes hacia un mismo fin: ser humano.

Javier A. Rodríguez G.