lunes, 31 de marzo de 2014

Yo No Quiero Paz.

La evolución está signada por el cambio. La novedad evolutiva expresa una dinámica de transformación siempre inconclusa, en constante reconstrucción, perpetuamente por hacer, en donde lo invariable y permanente son únicamente expresiones probabilísticas, es decir, la estabilidad e inmutabilidad en términos absolutos, o la paz, en ese mismo significado, son condiciones que de por si niegan la evolución  y por ende al universo mismo,  constituyendo referencias de un horizonte apetecido e ineluctable, pero cuyo punto de llegada es el mismo de partida. Por eso la paz constituye tan sólo un referencial, un cascarón vacio, un contenedor que se sustancia y justifica únicamente desde el dilema existencial; siendo precisamente desde allí donde se posibilita la pacificidad, en cuanto “acción” hacia la paz, no al contrario, porque la paz se “vive”  desde la dinámica que presupone.

En ese sentido, la paz es un horizonte infinito que se concretiza en cada circunstancia evolutiva, por lo tanto, siempre se persigue, no se agota con lo dado, pues su implenitud es motor del andar evolutivo del ser humano trascendental: la humanidad.

Por eso la paz es el fin circunstancialmente siempre posible pero transcendentalmente inalcanzable de la sociedad, del Estado, de la política, del Derecho, del ser humano.

Precisamente, es esa la cualidad de la paz, ser todo y nada a la vez, el poder percibirla racional y espiritualmente y  alimentarnos de ella, tal como sentimos y respiramos el aire, y sin embargo, no  poder  poseerla o aprehenderla  en toda su magnitud, porque, igual que el aire, debemos “respirarla”, vivirla poquito a poquito; resultando que no es el aire en sí el que sustenta la vida sino el oxigeno que lo compone, específicamente su procesamiento celular; asimismo, no es la paz per se la que posibilita en plenitud nuestra existencialidad, sino los elementos que la conforman, la justicia, la igualdad, la libertad, la solidaridad, el amor, y más allá de los simples enunciados, es  la eficaz  concreción política, jurídica y cultural de esos elementos en la sociedad, lo que nos da sosiego existencial y alimenta nuestra espiritualidad.

Por eso, quien busca la paz sin sustanciarla espiritualmente ni concretarla fácticamente, jamás la hallará. Por eso, precisamente lo contrario de la guerra no es la paz, en tanto objetivo alcanzado, sino la pacificidad, en cuanto racionalidad y espiritualidad movidas hacia el libre, justo, igualitario y amoroso existir. Por eso la paz vacía justifica las guerras. Por eso la paz pactada pero no vivida ni sentida desde sus elementos concretos, es una falacia de gomachicle, que se infla y se infla hasta estallarnos en la cara.

No quiero paz sin libertad, sin justicia, sin igualdad, sin confraternidad, sin amor entre los seres humanos. No quiero esa paz mientras los modelos económicos depreden la dignidad del ser humano. No quiero esa paz, a la vez que millones de seres mueren de hambre en un mundo de refinamientos tecnológicos. No quiero ni creo en esa paz mientras la irracionalidad de los del holocausto perviva genéticamente entre nosotros. No quiero la paz engendrada por Nagasaki e Hiroshima. No quiero esa paz mientras se use al socialismo para prostituir las conciencias revolucionarias. No quiero esa paz en tanto tengamos al cuello la daga de un imperio inmoral asesino y su séquito. No quiero esa paz mientras Irak tiña sus ríos hermanos con la sangre de la injusticia e irracionalidad. No quiero esa paz mientras Afganistán sufra el asedio de dos potencias enfrentadas en intereses pero coincidentes en propósitos. No quiero esa paz, en tanto las riquezas de mi país, pescando en la ineficacia e ineficiencia, se las sigan apropiando los pillos y filibusteros de siempre. No quiero esa paz, como rezaba la Sosa, mientras “la guerra no me sea indiferente”. 

Porque esa paz, sin la sonrisa de esperanza del niño, sin la dignidad incólume del ser humano transcurriendo felizmente en su existencialidad, es paz falsa. Porque ni los seres humanos ni las sociedades pueden alcanzarla absolutamente, pero sí vivirla holísticamente desde sus elementos, posibilitados en cada momento evolutivo por sus instrumentos institucionales: la política y el Derecho.

Yo no quiero la pasividad y conformidad de una paz falsa que anquilosa la conciencia y pervierte a la sociedad; yo prefiero la sana contradicción y conflictividad que la posibilite efectivamente. No quiero  pretender paralizar la evolución ni finiquitar la historia para alcanzarla. No. Es desde el franco, crudo, descarnado, sincero y autentico existir desde donde deseo avanzar hacia ella.

Claro, por supuesto que apetezco paz, pero no la vacía, la “conveniente”, la decretada o pactada desde el “poder “. Es la vivida, la nacida desde la convicción profunda del ser humano, la proyectada desde la intimidad coexistencial  de la familia y la integrada sinérgica y holísticamente por la sociedad. La posibilitada pertinentemente mediante acciones políticas y jurídicas eficaces. Esa es la paz que deseo y aspiro. Una paz que pase desapercibida, que no se llame paz sino justicia, libertad, igualdad, tolerancia, confraternidad, solidaridad, amor y felicidad.

Mientras tanto, tan sólo daré, como la Violeta, “gracias a la vida”, por ese acto tan maravilloso de existir. Por ser  ente pesante del universo. Por nuestra facultad de sentir  y de amar, y por la sublime capacidad de comprender el universo, de aprehender la paz como fin y virtud suprema.

Hasta ahora las socialistas son las propuestas políticas mejor orientadas hacia los propósitos auténticos de paz, lamentablemente han sido tergiversadas y pervertidas por  el desconocimiento e intereses malsanos de todo tipo. En ese sentido, el proceso socialista en curso en nuestro país está tomando un giro insólito, “establecer” la “paz” social antes de concretar el socialismo (algo así como pretender que la carreta tire de los caballos).Todo por el yerro congénito de los planteamientos de izquierda: la ausencia de sensatez reflexiva, que la vire de la reacción materialista dogmática hacia la acción transcendental espiritual. Porque  luego de 14 años se sigue confundiendo la eficacia socialista con  las buenas intenciones y la disponibilidad pródiga de recursos económicos. Pues ser  o llamarse socialista en la abundancia es fácil y cómodo, siendo en la austeridad donde al socialismo se le podrían ver las costuras.

Ojalá nuestros países latinoamericanos hallen el sendero cierto hacia la justicia, libertad, igualdad y confraternidad, siendo que al final ese hecho político, llámesele como se le llame, revolucionará ciertamente nuestras sociedades. Porque si seguimos siendo tan torpes para aferrarnos a conceptos vacuos, a contenedores sin contenido, a sofismas dogmatizados, a ineficacias toleradas por una fe sustentada en la ruleta de la renta petrolera, y a no reajustar eficazmente el “desorden” “natural” de nuestras sociedades; nuestro destino, como el de toda la humanidad, de la cual somos faro y esperanza, será tan cierto y esperanzador como el de Sísifo.

Javier A. Rodríguez G. 

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