domingo, 16 de marzo de 2014

Comentando "EL Socialismo del Siglo XXI" de Heinz Dieterich.

Cuando se publicó el libro El Socialismo del Siglo XXI de Heinz Dieterich, a pesar de lo “novedoso” del título, las reseñas  de la obra daban la espina de que volvía a llover sobre mojado, al insistir en el error de fundamentar el planteamiento absolutamente en los dogmas de Marx y Engels... En fin, la obra no lucía interesante.

Empero, al conocerse la reciente noticia del rompimiento del idilio del autor con el régimen “socialista” que inspiró el libro, la curiosidad, la misma asesina del gato, instigó a darle al susodicho libro una lectura rápida de unos 60 minutos, más que suficientes para corroborar las sospechas y temores.

El libro inicia desde  un pecado original: la adulancia, siendo que desde allí se deslegitiman todas sus pretensiones “científicas”, pues el pensamiento crítico es esencial y radicalmente libre, y por tanto, su propósito no es  el de agradar ni ser alabado, ni querido ni odiado, sino simplemente expresar un proceso intelectivo lógico-racional-espiritual que comienza y culmina con el factor que lo impulsa y sustenta: la duda. Es decir, no la duda enemiga de la certeza sino la aliada de la verdad, la que desbroza caminos  auténticos derrumbando fachadas conceptuales, cortando a tajo sofismas, evidenciando falacias, descarnando vicios e hipocresías, y en consecuencia, contraponiéndose al orden establecido y enfrentándose al poder instituido.

El problema es que la obra en cuestión se sustenta en los dogmas de Marx y Engels y su intención evidente primaria no es el desbroce de la verdad sino el coqueteo con el poder, cuando no el oportunismo intelectual de llenar un vacío conceptual con lo primero que se tenga a mano, yuxtaponiendo conceptos y criterios sin la profundidad, coherencia ni sinceridad suficientes siquiera  para ser considerado un paso cierto a favor del socialismo. En este sentido la obra se parece mucho a aquellos oportunistas que registran dominios “.com” a los fines de usufructuar el simple nombre; asimismo, el autor hace un bosquejo histórico, se escuda tras Marx y Engels y culmina planteando lo planteado, es decir, no presenta novedad teórica  alguna, y sin embargo, deja las puertas abiertas para desarrollos teóricos posteriores; una verdadera trampa cazabobos: presentar un título rimbombante y esperar a que otros hagan el trabajo.

Sin embargo hay un punto rescatable en la obra: Denunciar el nulo desarrollo de las tesis Marxistas y Hegelianas hasta la actualidad. De resto todo al final resulta en mero maquillaje de tísica, que aún sabiendo las perversiones  causadas por el vacilo en el organismo, lo pretende ocultar con colorete, haciéndola lucir rozagante  y fresca, cuando en realidad la enfermedad ineluctablemente aniquila el organismo. 

Porque el mal del socialismo clásico o tradicional sigue presente: el racionalismo materialista que lo engendró continua siendo la matriz de los nuevos postulados, legándole genéticamente sus taras conceptuales: la desvinculación de las teorías con la esencia  fáctica existencial  y trascendente espiritual del ser humano; quedando por tanto condenadas en su eficacia a “arar en el mar”.

Pues no se trata del “precio” ni del “valor” ni de la “competencia”, ni del mercado, ni de “praxis” ni de “ciencia”, sino de la cualidad que los engloba a todos  y que debe constituir el principio y fin de cualesquiera planteamientos teóricos viables respecto de la sociedad, desde una visión tan amplia como su existencialidad,  tan cierta como su circunstancia evolutiva, tan posible como lo permita su conocimiento  y conciencia espiritual, y tan transcendente como su capacidad de perfección: el ser humano.

Si bien es cierto, tal como lo señala el autor del libro, que el socialismo no puede estructurarse eficazmente  sin la conceptualización teórica,  tampoco puede pretenderse realizarlo desde un hecho meramente científico, pues su concreción deriva de la acción espiritual, que lo supera. Al ejemplo ofrecido  por el autor, de la persona que cruza la calle merced a cálculos automáticos realizados por el cerebro… aprehendidos e integrados por la ciencia en cálculos perfectos …; se le puede contraponer uno más representativo, el del jugador de beisbol, que realiza complejísimos cálculos y procesamientos de data para darle eficazmente la pelota, con una probabilidad muy alta..; luego así, ciertamente el físico puede entender y establecer esos procesos y cálculos y hasta ayudar al pelotero a mejorar su rendimiento, pero si se pusiera él a batear, seguramente lo lograría una vez en un millón de intentos, y eso un simple rolincito al pícher…; todo porque en el pelotero se ha producido un verdadero aprendizaje que le permite lograrlo, merced a la conformación de una especialísima estructura neuronal fundada desde caracteres genéticos propicios,. Asimismo, démosle a cualquier persona, pinceles, óleos y todas las técnicas artísticas para que obre unas Meninas o una Gioconda; o  un “bajo”. arpa, solfeo y toda la historia de la música para ser un Juan Vicente Torrealba, Oscar de León  o José Alfredo Jiménez, sujetos sin estudios musicales formales…; o aspirar que un especialista en letras, por el sólo hecho de serlo escriba un Quijote, con más derecho y legitimidad intelectual que el presidiario y funcionario público de mala fama Manco de Lepanto; o enseñarle  “científicamente” todas las técnicas del fútbol a un jovencito de 1,80 mt con corpulencia de atleta, para que supere con creces a una “pulguita” con pinta de oficinista bancario…  Ello es imposible, pues todos esos personajes, desde y por sobre sus cualidades individuales constituyen expresiones culturales, es decir, son productos históricos, y por ello manifestaciones vividas de una integralidad existencial que resume y trasciende al ser humano: la humanidad.

Así también, el socialismo sólo se puede construir desde la vivencia, desde cada circunstancia existencial, desde el encuentro evolutivo del ser humano con el sentido de su existencialidad; siendo desde allí que puede la ciencia impulsar y posibilitar eficazmente esa construcción, lo cual la restringe dentro de criterios de pertinencia  histórica evolutiva y de humidad epistemológica, entendiendo ese construir  como una tarea permanentemente inacabada.

Pues el error fundamental de Marx y Engels fue  plantear el capitalismo como una fase evolutiva superable  simplemente desde un proceso intelectivo racional, que comprenda y tome “conciencia” de sus mecanismo de funcionamiento y de sus instrumentos de perversión para conformar  el siguiente estatus evolutivo, definido y necesario; desconociendo así las auténticas causas y naturaleza del capitalismo, como también  el sustento ontológico del socialismo, porque, aunque ambos en términos absolutos se anulan recíprocamente , en lo fáctico existencial están condenados a coexistir, inclusive, paradójicamente  hasta aprovecharse el uno del otro; en tantos grados , matices y variables, que en su solas expresiones ya de hecho tiran por la borda al océano de la obsolescencia muchos dogmas de Marx y Hegels, porque ellos revelaron magistralmente el cómo pero no el por qué del capitalismo. Nomás consideremos, por ejemplo, que si  en este momento volcásemos todos los beneficios laborales actuales hacia 1850, los empresarios de ese tiempo seguramente se declararían en la más atroz esclavitud y los trabajadores se sentirían en el cielo con tamañas reivindicaciones, y a lo mejor el destino del Manifiesto sería el de alimentar las chimeneas…

Lo aleccionador, sería explicarle a aquellos antepasados que todas esas maravillas se han producido dentro de la hegemonía capitalista, poniendo al pobre Marx a desechar escritos y ha replantear sus criterios ante tan inesperada e insólita realidad evolutiva. Siendo esa precisamente  la ventaja del “ser” humano actual: la experiencia histórica. Por eso mismo resulta absurdo y torpe anquilosarse reaccionariamente al pasado, en vez de usar el aprendizaje histórico para construir, replantear y reconceptualizar nuevas realidades sociales, por sobre el culto y reverencia a personajes y planteamientos teóricos, por sobre las conveniencias e intereses individuales y grupales, y por sobre el egoísmo, prepotencia y mezquindad intelectual, aceptar los nuevos paradigmas que pugnan por surgir.

Porque por su misma esencia, el socialismo no puede ser  formulado conceptualmente y mucho menos construido desde un claustro académico, ni desde una camarilla dirigencial, ni desde la inmediatez social de determinados grupos sociales, ni desde la implementación de programas asistencialistas, no, es desde la integralidad de visiones planteamientos y aportes de la sociedad, incluyendo las capitalistas más radicales (sí, claro que sí ) donde el socialismo encuentra su posibilidad existencial, entendiendo que constituye esencialmente un rumbo, posibilitado en su camino más idóneo por la eficacia.

Hace unos días, un “zorro” periodista le preguntaba al Presidente de la República sobre” la salud del socialismo del siglo XXI”… En verdad se impone una revisión exhaustiva de la realidad política Venezolana, clara, honesta y pulcra metodológicamente, para establecer  los males que sufre el proyecto socialista y hasta cuánto son curables, o si le toca la extremaunción. Porque lo sincero no desmerita las buenas intenciones. Si se determinare que el proyecto socialista ha degenerado hacia un “soci-capitalismo”  o “reformismo socialista”, entonces sus progenitores deberían asumirlo con la fortaleza de su convicción intelectual y la gallardía de su buena fe.

En ese sentido cabe resaltar el simbolismo del programa “José Vicente Hoy”, de esta fecha, un verdadero teledrama  político: La aprehensión del periodista, su profunda preocupación, apenas disimulada, queriendo ahogar el pesimismo que pugnaba por aflorar ante la respuesta clara, sensata, contundente, sincera , lógica, racional y pertinentemente socialista, ausente. Los titubeos del entrevistado, las respuestas entrecortadas y los “puentes de guerras”  entre temáticas, buscando salir del atolladero en que el avezado periodista, aún con su cautela y buena fe, lo llevaba; con la mirada casi clamando la indulgencia del entrevistador por las respuestas en deuda; aceptando al fin la existencia de una crisis económica pero coyuntural, de unos meses, y resaltando el “apoyo” popular y los triunfos electorales pese a todo…, al clásico estilo cuartorepublicano; finalmente, al afirmar, con un tono que haría reventar cualquier polígrafo, que de estas “dificultades”  saldrían airosos, tal como lo hicieron ante verdaderas crisis en el pasado del proceso revolucionario, al sagaz entrevistador se le atragantó adrede la riposta pertinente: pero en ellas estaba presente Chávez…

En fin, el problema del socialismo, sea de este o del siglo sopotocientos, no es de términos sino de realidades, no es  lo que se dice sino lo que se hace, no es de buenas intenciones sino de eficacia  y eficiencia, no es  predicar sino dar el ejemplo, no se trata de “poder” hacer lo que  se quiere, sino  de querer hacer lo que se debe y se puede. O sea, otro criterio y relación del poder…


Javier A. Rodríguez G.


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