sábado, 1 de marzo de 2014

Boves. Significado Histórico.

Mas allá de la “maldad” ínsita a todo “rebelde” o insurrecto contra el “orden” establecido, de la “bondad” institucionalizada, forzada desde el poder del Estado,  y de los detalles redundantes intencionados hacia la estigmatización del personaje, lo que interesa  en estos tiempos de verdades históricas es ponderar el  significado histórico de  Boves en cuanto líder de importantes masas populares, valorando las cualidades no tanto de su persona, sino de los seres humanos cuyas  querencias, odios, resentimientos, sufrimientos , aspiraciones, valores y cultura él resumía y expresaba.

Por eso debemos decir algunas verdades respecto a  nuestro proceso independentista, no para menguarlo ni desmeritarlo en su valor histórico, al contrario, para dotarlo de la plenitud vivencial de la construcción de la historia y de la conformación de un sentimiento pleno de amor, odios y pasiones que nos resume existencialmente : la patria.

Y precisamente, es desde esa amplitud obvia pero intencionalmente desconocida del concepto de patria,  donde los sofismas de nuestra historia se desmoronan, desfigurando la estructura perfecta de hombres buenos contra los malos, de seres inmaculados éticamente por su alcurnia, enfrentados a las máculas sociales de seres predestinados a atentar en hordas  contra el orden social establecido y querido por Dios.

Digámoslo de una vez: El proceso independendista venezolano nació del enyuntamiento histórico circunstancial del rancio conservadurismo realista y del típico hipócrita liberalismo burgués. Ya desde mediados del siglo XXVII  las nuevas decisiones político administrativas de la Corona comenzaron a trastocar la cotidianidad de un orden social de estructura feudalista aderezado con los caracteres evolutivos propios de una gobernación militar. La instauración de la Capitanía General y de la Real Audiencia  expresaron la intención del reino de controlar eficientemente  sus posesiones, incluyendo en estos a las personas,  con fines de saciar su voracidad burocrática, a la vez que respondían a las exigencias propias de grupos sociales criollos crecientes, sobretodo de aquellos  marginados por el predominio de la provincia de Caracas; lo cual lógicamente implicó mayores restricciones a la autonomía naturalmente anárquica  de los terratenientes locales, sobretodo en materia económica, con el aumento de la carga impositiva y el control de la evasión; aspecto definitorio de la génesis de los acontecimientos por venir.

Para 1810 los elementos necesarios al trastrocamiento  del régimen monárquico estaban configurados: el descontento de los sectores de terratenientes conservadores  ante las crecientes restricciones a sus privilegios; la merma en las nuevas generaciones del vínculo histórico- cultural, el cordón umbilical que los une a la madre patria y que sustenta el poder real, debido a la conformación soterrada de una nacionalidad propia y a la progresiva nueva conciencia de poder que afloraba desde la incipiente estructura burguesa, lo cual conducía  a su expresión institucional necesaria, lógica y conveniente: la república liberal burguesa.

Pero dentro de ese juego de enroques del poder, también estaba presente el elemento indispensable para la subversión definitiva del orden establecido hacia un proceso revolucionario: el descontento de las crecientes masas populares y el enorme saldo  de injusticias que arrastraban históricamente los feudales locales, contenidos por el yugo de una estructura de desigualdad atroz que en algún momento habría de romperse.

Y es desde esas masas populares donde debe estudiarse y plantearse el proceso independentista, y desde  cuya óptica puede hilarse la conformación de nuestra  nacionalidad e historia republicana. Porque, como dice el canto, “la patria es el hombre”, la mujer y principalmente los niños, que la viven, la sienten, la gozan y la sufren…

Por ello resulta falaz enfocar el proceso independentista desde la óptica mantuana de los conjurados de 1810, pues ellos no nos dieron la independencia del reino español, no, jamás, aparte de que la mayoría en realidad al principio no lo querían, tampoco podían. La decisión de ser libres y su concreción no dependía de un conciliábulo de aristócratas proclamando el parto de una república  gestada desde sus intereses, privilegios y el egoísmo que los sustentaba. No, esa decisión, como en  la revolución francesa, como en todas las revoluciones y  en todos los tiempos, estaba en la voluntad y determinación de las masa populares, son los pueblos los que  hacen las revoluciones.

Y es precisamente desde esa masa ideológicamente informe pero con la injusticia, desigualdad y opresión histórica descarnados en primitivo instinto de redención, en el cobro del inmenso pasivo histórico de una estructura de poder  que les negaba inclusive hasta sus cualidades humanas, usando para ello el único instrumento posible ante el desguarecimiento institucional del momento: la venganza. La venganza  jamás justificada pero muchas veces inevitable y necesaria. El ojo por ojo que desbroza en su crueldad  los caminos  de la justicia, los mismos que buscara el Libertador con aquél terrible decreto…

Es desde allí, desde esas hordas terribles vengadoras, donde surge, se sustenta y explica la figura de Boves. Son ellas, expresando el desborde pasional  histórico de un pueblo, las que construyeron al  Taita, al personaje que sintetizaba toda su arrechera contenida por generaciones, manifiesta en  violencia cierta y terrible pero pálida ante siglos de injusticias y opresión. Son ellas quienes se alzaron contra quienes debían hacerlo por razón lógica y por deber moral  histórico: los mantuanos opresores, los amos, dueños y señores del territorio de la nación, dejándoles a los “pata en el suelo”  la pura conciencia y sentimiento  por el suelo ajeno que pisaban. Y fue desde ellas que Bolívar, por medio del Taita Páez y otros tantos, configuró y concretó el proceso revolucionario independentista del reino español.

Mas de un "mojigato de la historia" se santigua ante la horrorosa ejecución del mantuano Rivas, cometida por vándalos analfabetas, sanguinarios y “sin más hogar que sus caballos”, pero callan cuando se les pregunta por el destino del negro José Leonardo, con su testa apostada en la plaza mayor, cual farol irradiando las luces sin moral, el refinamiento sin cultura y el alto sentido humanista camuflando los bajos instintos de los representantes de las más honorables familias de la capitanía… Inclusive, el mismo  joven oficial Rivas, al servicio fiel de su majestad,  pudo haber participado en el “justo” escarmiento  al esclavo en aras del “orden” y la “paz” social… Definitivamente  siempre, en cualquier tiempo, los cristales éticos, políticos, sociales y culturales cambian la perspectiva  de los hechos históricos.

Y es desde esa óptica donde se condena o exculpa a Boves. O se personifica en él el mal, enfrentado al  justo, sano, honesto y buen proceder, negando el elemento más importante de nuestra historia y borrando el factor más relevante en la conformación de nuestra nacionalidad: el pueblo descalzo y analfabeta;  o lo colocamos en su justo lugar de nuestra historia. Porque José Tomás, más que Boves es el Taita, y más allá del personaje es  lo que él representa. Son los pueblos en expresión pura y simple de sus pasiones, amores, odios, sentimientos y espiritualidad los que hacen a los líderes que los expresan. Si Boves se hubiese puesto a cantar y bordar… el Taita habría sido otro personaje parido por el pueblo; de hecho luego lo fue el centauro Páez. Aquél momento no daba para especulaciones moralistas  ni tanteos  políticos, era la crudeza de las pasiones represadas durante siglos la que imperaba. Fue la  genial obra política, militar y cultural de Bolívar la que amargaría las pasiones enfrentadas hacia el propósito libertario en común.

La historia la escriben los triunfadores, y el reacomodo aristocrático iniciado desde finales de la década de 1820 defenestró de nuestra nacionalidad a las hordas populares de Boves, las mismas que luego libertarían a cinco naciones. Es que si hubiese sido al contrario, y en 1830 se hubiese instaurado una república popular democrática, la batalla de la Victoria sería un hecho de heroísmo  de aristócratas y sus acólitos legitimando sus estatus quo, y Boves y sus hordas se valorarían como  expresiones inevitables y relativamente justas y necesarias del proceso independentista. Al  final, tanto Boves como José Leonardo como Ribas como Páez como Sucre como Camejo como Rondón como Mariño como Piar como Bolívar, y principalmente, como las hordas  populares sin rostro y sin voz pero con todo su amor, odio, valentía, pasión y esperanza,  expresan nuestra nacionalidad; de allá venimos, de ellos estamos hechos, siendo justo reconocerles sus lugares en la historia, para así engrandecer nuestra patria, en cuanto sentimiento vivido y vivible desde cada circunstancia existencial de nuestra nación.

Ser justos con el significado histórico de Boves y sus hordas, es reencontrarnos con gran parte de nuestra nacionalidad y de nuestra patria, y lo más importante, es aprender de las causas y circunstancias que llevaron aquellos antepasados nuestros a enfrentarse en guerra fraticida.


Javier A. Rodríguez G.

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