lunes, 31 de marzo de 2014

Yo No Quiero Paz.

La evolución está signada por el cambio. La novedad evolutiva expresa una dinámica de transformación siempre inconclusa, en constante reconstrucción, perpetuamente por hacer, en donde lo invariable y permanente son únicamente expresiones probabilísticas, es decir, la estabilidad e inmutabilidad en términos absolutos, o la paz, en ese mismo significado, son condiciones que de por si niegan la evolución  y por ende al universo mismo,  constituyendo referencias de un horizonte apetecido e ineluctable, pero cuyo punto de llegada es el mismo de partida. Por eso la paz constituye tan sólo un referencial, un cascarón vacio, un contenedor que se sustancia y justifica únicamente desde el dilema existencial; siendo precisamente desde allí donde se posibilita la pacificidad, en cuanto “acción” hacia la paz, no al contrario, porque la paz se “vive”  desde la dinámica que presupone.

En ese sentido, la paz es un horizonte infinito que se concretiza en cada circunstancia evolutiva, por lo tanto, siempre se persigue, no se agota con lo dado, pues su implenitud es motor del andar evolutivo del ser humano trascendental: la humanidad.

Por eso la paz es el fin circunstancialmente siempre posible pero transcendentalmente inalcanzable de la sociedad, del Estado, de la política, del Derecho, del ser humano.

Precisamente, es esa la cualidad de la paz, ser todo y nada a la vez, el poder percibirla racional y espiritualmente y  alimentarnos de ella, tal como sentimos y respiramos el aire, y sin embargo, no  poder  poseerla o aprehenderla  en toda su magnitud, porque, igual que el aire, debemos “respirarla”, vivirla poquito a poquito; resultando que no es el aire en sí el que sustenta la vida sino el oxigeno que lo compone, específicamente su procesamiento celular; asimismo, no es la paz per se la que posibilita en plenitud nuestra existencialidad, sino los elementos que la conforman, la justicia, la igualdad, la libertad, la solidaridad, el amor, y más allá de los simples enunciados, es  la eficaz  concreción política, jurídica y cultural de esos elementos en la sociedad, lo que nos da sosiego existencial y alimenta nuestra espiritualidad.

Por eso, quien busca la paz sin sustanciarla espiritualmente ni concretarla fácticamente, jamás la hallará. Por eso, precisamente lo contrario de la guerra no es la paz, en tanto objetivo alcanzado, sino la pacificidad, en cuanto racionalidad y espiritualidad movidas hacia el libre, justo, igualitario y amoroso existir. Por eso la paz vacía justifica las guerras. Por eso la paz pactada pero no vivida ni sentida desde sus elementos concretos, es una falacia de gomachicle, que se infla y se infla hasta estallarnos en la cara.

No quiero paz sin libertad, sin justicia, sin igualdad, sin confraternidad, sin amor entre los seres humanos. No quiero esa paz mientras los modelos económicos depreden la dignidad del ser humano. No quiero esa paz, a la vez que millones de seres mueren de hambre en un mundo de refinamientos tecnológicos. No quiero ni creo en esa paz mientras la irracionalidad de los del holocausto perviva genéticamente entre nosotros. No quiero la paz engendrada por Nagasaki e Hiroshima. No quiero esa paz mientras se use al socialismo para prostituir las conciencias revolucionarias. No quiero esa paz en tanto tengamos al cuello la daga de un imperio inmoral asesino y su séquito. No quiero esa paz mientras Irak tiña sus ríos hermanos con la sangre de la injusticia e irracionalidad. No quiero esa paz mientras Afganistán sufra el asedio de dos potencias enfrentadas en intereses pero coincidentes en propósitos. No quiero esa paz, en tanto las riquezas de mi país, pescando en la ineficacia e ineficiencia, se las sigan apropiando los pillos y filibusteros de siempre. No quiero esa paz, como rezaba la Sosa, mientras “la guerra no me sea indiferente”. 

Porque esa paz, sin la sonrisa de esperanza del niño, sin la dignidad incólume del ser humano transcurriendo felizmente en su existencialidad, es paz falsa. Porque ni los seres humanos ni las sociedades pueden alcanzarla absolutamente, pero sí vivirla holísticamente desde sus elementos, posibilitados en cada momento evolutivo por sus instrumentos institucionales: la política y el Derecho.

Yo no quiero la pasividad y conformidad de una paz falsa que anquilosa la conciencia y pervierte a la sociedad; yo prefiero la sana contradicción y conflictividad que la posibilite efectivamente. No quiero  pretender paralizar la evolución ni finiquitar la historia para alcanzarla. No. Es desde el franco, crudo, descarnado, sincero y autentico existir desde donde deseo avanzar hacia ella.

Claro, por supuesto que apetezco paz, pero no la vacía, la “conveniente”, la decretada o pactada desde el “poder “. Es la vivida, la nacida desde la convicción profunda del ser humano, la proyectada desde la intimidad coexistencial  de la familia y la integrada sinérgica y holísticamente por la sociedad. La posibilitada pertinentemente mediante acciones políticas y jurídicas eficaces. Esa es la paz que deseo y aspiro. Una paz que pase desapercibida, que no se llame paz sino justicia, libertad, igualdad, tolerancia, confraternidad, solidaridad, amor y felicidad.

Mientras tanto, tan sólo daré, como la Violeta, “gracias a la vida”, por ese acto tan maravilloso de existir. Por ser  ente pesante del universo. Por nuestra facultad de sentir  y de amar, y por la sublime capacidad de comprender el universo, de aprehender la paz como fin y virtud suprema.

Hasta ahora las socialistas son las propuestas políticas mejor orientadas hacia los propósitos auténticos de paz, lamentablemente han sido tergiversadas y pervertidas por  el desconocimiento e intereses malsanos de todo tipo. En ese sentido, el proceso socialista en curso en nuestro país está tomando un giro insólito, “establecer” la “paz” social antes de concretar el socialismo (algo así como pretender que la carreta tire de los caballos).Todo por el yerro congénito de los planteamientos de izquierda: la ausencia de sensatez reflexiva, que la vire de la reacción materialista dogmática hacia la acción transcendental espiritual. Porque  luego de 14 años se sigue confundiendo la eficacia socialista con  las buenas intenciones y la disponibilidad pródiga de recursos económicos. Pues ser  o llamarse socialista en la abundancia es fácil y cómodo, siendo en la austeridad donde al socialismo se le podrían ver las costuras.

Ojalá nuestros países latinoamericanos hallen el sendero cierto hacia la justicia, libertad, igualdad y confraternidad, siendo que al final ese hecho político, llámesele como se le llame, revolucionará ciertamente nuestras sociedades. Porque si seguimos siendo tan torpes para aferrarnos a conceptos vacuos, a contenedores sin contenido, a sofismas dogmatizados, a ineficacias toleradas por una fe sustentada en la ruleta de la renta petrolera, y a no reajustar eficazmente el “desorden” “natural” de nuestras sociedades; nuestro destino, como el de toda la humanidad, de la cual somos faro y esperanza, será tan cierto y esperanzador como el de Sísifo.

Javier A. Rodríguez G. 

domingo, 16 de marzo de 2014

Comentando "EL Socialismo del Siglo XXI" de Heinz Dieterich.

Cuando se publicó el libro El Socialismo del Siglo XXI de Heinz Dieterich, a pesar de lo “novedoso” del título, las reseñas  de la obra daban la espina de que volvía a llover sobre mojado, al insistir en el error de fundamentar el planteamiento absolutamente en los dogmas de Marx y Engels... En fin, la obra no lucía interesante.

Empero, al conocerse la reciente noticia del rompimiento del idilio del autor con el régimen “socialista” que inspiró el libro, la curiosidad, la misma asesina del gato, instigó a darle al susodicho libro una lectura rápida de unos 60 minutos, más que suficientes para corroborar las sospechas y temores.

El libro inicia desde  un pecado original: la adulancia, siendo que desde allí se deslegitiman todas sus pretensiones “científicas”, pues el pensamiento crítico es esencial y radicalmente libre, y por tanto, su propósito no es  el de agradar ni ser alabado, ni querido ni odiado, sino simplemente expresar un proceso intelectivo lógico-racional-espiritual que comienza y culmina con el factor que lo impulsa y sustenta: la duda. Es decir, no la duda enemiga de la certeza sino la aliada de la verdad, la que desbroza caminos  auténticos derrumbando fachadas conceptuales, cortando a tajo sofismas, evidenciando falacias, descarnando vicios e hipocresías, y en consecuencia, contraponiéndose al orden establecido y enfrentándose al poder instituido.

El problema es que la obra en cuestión se sustenta en los dogmas de Marx y Engels y su intención evidente primaria no es el desbroce de la verdad sino el coqueteo con el poder, cuando no el oportunismo intelectual de llenar un vacío conceptual con lo primero que se tenga a mano, yuxtaponiendo conceptos y criterios sin la profundidad, coherencia ni sinceridad suficientes siquiera  para ser considerado un paso cierto a favor del socialismo. En este sentido la obra se parece mucho a aquellos oportunistas que registran dominios “.com” a los fines de usufructuar el simple nombre; asimismo, el autor hace un bosquejo histórico, se escuda tras Marx y Engels y culmina planteando lo planteado, es decir, no presenta novedad teórica  alguna, y sin embargo, deja las puertas abiertas para desarrollos teóricos posteriores; una verdadera trampa cazabobos: presentar un título rimbombante y esperar a que otros hagan el trabajo.

Sin embargo hay un punto rescatable en la obra: Denunciar el nulo desarrollo de las tesis Marxistas y Hegelianas hasta la actualidad. De resto todo al final resulta en mero maquillaje de tísica, que aún sabiendo las perversiones  causadas por el vacilo en el organismo, lo pretende ocultar con colorete, haciéndola lucir rozagante  y fresca, cuando en realidad la enfermedad ineluctablemente aniquila el organismo. 

Porque el mal del socialismo clásico o tradicional sigue presente: el racionalismo materialista que lo engendró continua siendo la matriz de los nuevos postulados, legándole genéticamente sus taras conceptuales: la desvinculación de las teorías con la esencia  fáctica existencial  y trascendente espiritual del ser humano; quedando por tanto condenadas en su eficacia a “arar en el mar”.

Pues no se trata del “precio” ni del “valor” ni de la “competencia”, ni del mercado, ni de “praxis” ni de “ciencia”, sino de la cualidad que los engloba a todos  y que debe constituir el principio y fin de cualesquiera planteamientos teóricos viables respecto de la sociedad, desde una visión tan amplia como su existencialidad,  tan cierta como su circunstancia evolutiva, tan posible como lo permita su conocimiento  y conciencia espiritual, y tan transcendente como su capacidad de perfección: el ser humano.

Si bien es cierto, tal como lo señala el autor del libro, que el socialismo no puede estructurarse eficazmente  sin la conceptualización teórica,  tampoco puede pretenderse realizarlo desde un hecho meramente científico, pues su concreción deriva de la acción espiritual, que lo supera. Al ejemplo ofrecido  por el autor, de la persona que cruza la calle merced a cálculos automáticos realizados por el cerebro… aprehendidos e integrados por la ciencia en cálculos perfectos …; se le puede contraponer uno más representativo, el del jugador de beisbol, que realiza complejísimos cálculos y procesamientos de data para darle eficazmente la pelota, con una probabilidad muy alta..; luego así, ciertamente el físico puede entender y establecer esos procesos y cálculos y hasta ayudar al pelotero a mejorar su rendimiento, pero si se pusiera él a batear, seguramente lo lograría una vez en un millón de intentos, y eso un simple rolincito al pícher…; todo porque en el pelotero se ha producido un verdadero aprendizaje que le permite lograrlo, merced a la conformación de una especialísima estructura neuronal fundada desde caracteres genéticos propicios,. Asimismo, démosle a cualquier persona, pinceles, óleos y todas las técnicas artísticas para que obre unas Meninas o una Gioconda; o  un “bajo”. arpa, solfeo y toda la historia de la música para ser un Juan Vicente Torrealba, Oscar de León  o José Alfredo Jiménez, sujetos sin estudios musicales formales…; o aspirar que un especialista en letras, por el sólo hecho de serlo escriba un Quijote, con más derecho y legitimidad intelectual que el presidiario y funcionario público de mala fama Manco de Lepanto; o enseñarle  “científicamente” todas las técnicas del fútbol a un jovencito de 1,80 mt con corpulencia de atleta, para que supere con creces a una “pulguita” con pinta de oficinista bancario…  Ello es imposible, pues todos esos personajes, desde y por sobre sus cualidades individuales constituyen expresiones culturales, es decir, son productos históricos, y por ello manifestaciones vividas de una integralidad existencial que resume y trasciende al ser humano: la humanidad.

Así también, el socialismo sólo se puede construir desde la vivencia, desde cada circunstancia existencial, desde el encuentro evolutivo del ser humano con el sentido de su existencialidad; siendo desde allí que puede la ciencia impulsar y posibilitar eficazmente esa construcción, lo cual la restringe dentro de criterios de pertinencia  histórica evolutiva y de humidad epistemológica, entendiendo ese construir  como una tarea permanentemente inacabada.

Pues el error fundamental de Marx y Engels fue  plantear el capitalismo como una fase evolutiva superable  simplemente desde un proceso intelectivo racional, que comprenda y tome “conciencia” de sus mecanismo de funcionamiento y de sus instrumentos de perversión para conformar  el siguiente estatus evolutivo, definido y necesario; desconociendo así las auténticas causas y naturaleza del capitalismo, como también  el sustento ontológico del socialismo, porque, aunque ambos en términos absolutos se anulan recíprocamente , en lo fáctico existencial están condenados a coexistir, inclusive, paradójicamente  hasta aprovecharse el uno del otro; en tantos grados , matices y variables, que en su solas expresiones ya de hecho tiran por la borda al océano de la obsolescencia muchos dogmas de Marx y Hegels, porque ellos revelaron magistralmente el cómo pero no el por qué del capitalismo. Nomás consideremos, por ejemplo, que si  en este momento volcásemos todos los beneficios laborales actuales hacia 1850, los empresarios de ese tiempo seguramente se declararían en la más atroz esclavitud y los trabajadores se sentirían en el cielo con tamañas reivindicaciones, y a lo mejor el destino del Manifiesto sería el de alimentar las chimeneas…

Lo aleccionador, sería explicarle a aquellos antepasados que todas esas maravillas se han producido dentro de la hegemonía capitalista, poniendo al pobre Marx a desechar escritos y ha replantear sus criterios ante tan inesperada e insólita realidad evolutiva. Siendo esa precisamente  la ventaja del “ser” humano actual: la experiencia histórica. Por eso mismo resulta absurdo y torpe anquilosarse reaccionariamente al pasado, en vez de usar el aprendizaje histórico para construir, replantear y reconceptualizar nuevas realidades sociales, por sobre el culto y reverencia a personajes y planteamientos teóricos, por sobre las conveniencias e intereses individuales y grupales, y por sobre el egoísmo, prepotencia y mezquindad intelectual, aceptar los nuevos paradigmas que pugnan por surgir.

Porque por su misma esencia, el socialismo no puede ser  formulado conceptualmente y mucho menos construido desde un claustro académico, ni desde una camarilla dirigencial, ni desde la inmediatez social de determinados grupos sociales, ni desde la implementación de programas asistencialistas, no, es desde la integralidad de visiones planteamientos y aportes de la sociedad, incluyendo las capitalistas más radicales (sí, claro que sí ) donde el socialismo encuentra su posibilidad existencial, entendiendo que constituye esencialmente un rumbo, posibilitado en su camino más idóneo por la eficacia.

Hace unos días, un “zorro” periodista le preguntaba al Presidente de la República sobre” la salud del socialismo del siglo XXI”… En verdad se impone una revisión exhaustiva de la realidad política Venezolana, clara, honesta y pulcra metodológicamente, para establecer  los males que sufre el proyecto socialista y hasta cuánto son curables, o si le toca la extremaunción. Porque lo sincero no desmerita las buenas intenciones. Si se determinare que el proyecto socialista ha degenerado hacia un “soci-capitalismo”  o “reformismo socialista”, entonces sus progenitores deberían asumirlo con la fortaleza de su convicción intelectual y la gallardía de su buena fe.

En ese sentido cabe resaltar el simbolismo del programa “José Vicente Hoy”, de esta fecha, un verdadero teledrama  político: La aprehensión del periodista, su profunda preocupación, apenas disimulada, queriendo ahogar el pesimismo que pugnaba por aflorar ante la respuesta clara, sensata, contundente, sincera , lógica, racional y pertinentemente socialista, ausente. Los titubeos del entrevistado, las respuestas entrecortadas y los “puentes de guerras”  entre temáticas, buscando salir del atolladero en que el avezado periodista, aún con su cautela y buena fe, lo llevaba; con la mirada casi clamando la indulgencia del entrevistador por las respuestas en deuda; aceptando al fin la existencia de una crisis económica pero coyuntural, de unos meses, y resaltando el “apoyo” popular y los triunfos electorales pese a todo…, al clásico estilo cuartorepublicano; finalmente, al afirmar, con un tono que haría reventar cualquier polígrafo, que de estas “dificultades”  saldrían airosos, tal como lo hicieron ante verdaderas crisis en el pasado del proceso revolucionario, al sagaz entrevistador se le atragantó adrede la riposta pertinente: pero en ellas estaba presente Chávez…

En fin, el problema del socialismo, sea de este o del siglo sopotocientos, no es de términos sino de realidades, no es  lo que se dice sino lo que se hace, no es de buenas intenciones sino de eficacia  y eficiencia, no es  predicar sino dar el ejemplo, no se trata de “poder” hacer lo que  se quiere, sino  de querer hacer lo que se debe y se puede. O sea, otro criterio y relación del poder…


Javier A. Rodríguez G.


sábado, 1 de marzo de 2014

Boves. Significado Histórico.

Mas allá de la “maldad” ínsita a todo “rebelde” o insurrecto contra el “orden” establecido, de la “bondad” institucionalizada, forzada desde el poder del Estado,  y de los detalles redundantes intencionados hacia la estigmatización del personaje, lo que interesa  en estos tiempos de verdades históricas es ponderar el  significado histórico de  Boves en cuanto líder de importantes masas populares, valorando las cualidades no tanto de su persona, sino de los seres humanos cuyas  querencias, odios, resentimientos, sufrimientos , aspiraciones, valores y cultura él resumía y expresaba.

Por eso debemos decir algunas verdades respecto a  nuestro proceso independentista, no para menguarlo ni desmeritarlo en su valor histórico, al contrario, para dotarlo de la plenitud vivencial de la construcción de la historia y de la conformación de un sentimiento pleno de amor, odios y pasiones que nos resume existencialmente : la patria.

Y precisamente, es desde esa amplitud obvia pero intencionalmente desconocida del concepto de patria,  donde los sofismas de nuestra historia se desmoronan, desfigurando la estructura perfecta de hombres buenos contra los malos, de seres inmaculados éticamente por su alcurnia, enfrentados a las máculas sociales de seres predestinados a atentar en hordas  contra el orden social establecido y querido por Dios.

Digámoslo de una vez: El proceso independendista venezolano nació del enyuntamiento histórico circunstancial del rancio conservadurismo realista y del típico hipócrita liberalismo burgués. Ya desde mediados del siglo XXVII  las nuevas decisiones político administrativas de la Corona comenzaron a trastocar la cotidianidad de un orden social de estructura feudalista aderezado con los caracteres evolutivos propios de una gobernación militar. La instauración de la Capitanía General y de la Real Audiencia  expresaron la intención del reino de controlar eficientemente  sus posesiones, incluyendo en estos a las personas,  con fines de saciar su voracidad burocrática, a la vez que respondían a las exigencias propias de grupos sociales criollos crecientes, sobretodo de aquellos  marginados por el predominio de la provincia de Caracas; lo cual lógicamente implicó mayores restricciones a la autonomía naturalmente anárquica  de los terratenientes locales, sobretodo en materia económica, con el aumento de la carga impositiva y el control de la evasión; aspecto definitorio de la génesis de los acontecimientos por venir.

Para 1810 los elementos necesarios al trastrocamiento  del régimen monárquico estaban configurados: el descontento de los sectores de terratenientes conservadores  ante las crecientes restricciones a sus privilegios; la merma en las nuevas generaciones del vínculo histórico- cultural, el cordón umbilical que los une a la madre patria y que sustenta el poder real, debido a la conformación soterrada de una nacionalidad propia y a la progresiva nueva conciencia de poder que afloraba desde la incipiente estructura burguesa, lo cual conducía  a su expresión institucional necesaria, lógica y conveniente: la república liberal burguesa.

Pero dentro de ese juego de enroques del poder, también estaba presente el elemento indispensable para la subversión definitiva del orden establecido hacia un proceso revolucionario: el descontento de las crecientes masas populares y el enorme saldo  de injusticias que arrastraban históricamente los feudales locales, contenidos por el yugo de una estructura de desigualdad atroz que en algún momento habría de romperse.

Y es desde esas masas populares donde debe estudiarse y plantearse el proceso independentista, y desde  cuya óptica puede hilarse la conformación de nuestra  nacionalidad e historia republicana. Porque, como dice el canto, “la patria es el hombre”, la mujer y principalmente los niños, que la viven, la sienten, la gozan y la sufren…

Por ello resulta falaz enfocar el proceso independentista desde la óptica mantuana de los conjurados de 1810, pues ellos no nos dieron la independencia del reino español, no, jamás, aparte de que la mayoría en realidad al principio no lo querían, tampoco podían. La decisión de ser libres y su concreción no dependía de un conciliábulo de aristócratas proclamando el parto de una república  gestada desde sus intereses, privilegios y el egoísmo que los sustentaba. No, esa decisión, como en  la revolución francesa, como en todas las revoluciones y  en todos los tiempos, estaba en la voluntad y determinación de las masa populares, son los pueblos los que  hacen las revoluciones.

Y es precisamente desde esa masa ideológicamente informe pero con la injusticia, desigualdad y opresión histórica descarnados en primitivo instinto de redención, en el cobro del inmenso pasivo histórico de una estructura de poder  que les negaba inclusive hasta sus cualidades humanas, usando para ello el único instrumento posible ante el desguarecimiento institucional del momento: la venganza. La venganza  jamás justificada pero muchas veces inevitable y necesaria. El ojo por ojo que desbroza en su crueldad  los caminos  de la justicia, los mismos que buscara el Libertador con aquél terrible decreto…

Es desde allí, desde esas hordas terribles vengadoras, donde surge, se sustenta y explica la figura de Boves. Son ellas, expresando el desborde pasional  histórico de un pueblo, las que construyeron al  Taita, al personaje que sintetizaba toda su arrechera contenida por generaciones, manifiesta en  violencia cierta y terrible pero pálida ante siglos de injusticias y opresión. Son ellas quienes se alzaron contra quienes debían hacerlo por razón lógica y por deber moral  histórico: los mantuanos opresores, los amos, dueños y señores del territorio de la nación, dejándoles a los “pata en el suelo”  la pura conciencia y sentimiento  por el suelo ajeno que pisaban. Y fue desde ellas que Bolívar, por medio del Taita Páez y otros tantos, configuró y concretó el proceso revolucionario independentista del reino español.

Mas de un "mojigato de la historia" se santigua ante la horrorosa ejecución del mantuano Rivas, cometida por vándalos analfabetas, sanguinarios y “sin más hogar que sus caballos”, pero callan cuando se les pregunta por el destino del negro José Leonardo, con su testa apostada en la plaza mayor, cual farol irradiando las luces sin moral, el refinamiento sin cultura y el alto sentido humanista camuflando los bajos instintos de los representantes de las más honorables familias de la capitanía… Inclusive, el mismo  joven oficial Rivas, al servicio fiel de su majestad,  pudo haber participado en el “justo” escarmiento  al esclavo en aras del “orden” y la “paz” social… Definitivamente  siempre, en cualquier tiempo, los cristales éticos, políticos, sociales y culturales cambian la perspectiva  de los hechos históricos.

Y es desde esa óptica donde se condena o exculpa a Boves. O se personifica en él el mal, enfrentado al  justo, sano, honesto y buen proceder, negando el elemento más importante de nuestra historia y borrando el factor más relevante en la conformación de nuestra nacionalidad: el pueblo descalzo y analfabeta;  o lo colocamos en su justo lugar de nuestra historia. Porque José Tomás, más que Boves es el Taita, y más allá del personaje es  lo que él representa. Son los pueblos en expresión pura y simple de sus pasiones, amores, odios, sentimientos y espiritualidad los que hacen a los líderes que los expresan. Si Boves se hubiese puesto a cantar y bordar… el Taita habría sido otro personaje parido por el pueblo; de hecho luego lo fue el centauro Páez. Aquél momento no daba para especulaciones moralistas  ni tanteos  políticos, era la crudeza de las pasiones represadas durante siglos la que imperaba. Fue la  genial obra política, militar y cultural de Bolívar la que amargaría las pasiones enfrentadas hacia el propósito libertario en común.

La historia la escriben los triunfadores, y el reacomodo aristocrático iniciado desde finales de la década de 1820 defenestró de nuestra nacionalidad a las hordas populares de Boves, las mismas que luego libertarían a cinco naciones. Es que si hubiese sido al contrario, y en 1830 se hubiese instaurado una república popular democrática, la batalla de la Victoria sería un hecho de heroísmo  de aristócratas y sus acólitos legitimando sus estatus quo, y Boves y sus hordas se valorarían como  expresiones inevitables y relativamente justas y necesarias del proceso independentista. Al  final, tanto Boves como José Leonardo como Ribas como Páez como Sucre como Camejo como Rondón como Mariño como Piar como Bolívar, y principalmente, como las hordas  populares sin rostro y sin voz pero con todo su amor, odio, valentía, pasión y esperanza,  expresan nuestra nacionalidad; de allá venimos, de ellos estamos hechos, siendo justo reconocerles sus lugares en la historia, para así engrandecer nuestra patria, en cuanto sentimiento vivido y vivible desde cada circunstancia existencial de nuestra nación.

Ser justos con el significado histórico de Boves y sus hordas, es reencontrarnos con gran parte de nuestra nacionalidad y de nuestra patria, y lo más importante, es aprender de las causas y circunstancias que llevaron aquellos antepasados nuestros a enfrentarse en guerra fraticida.


Javier A. Rodríguez G.