sábado, 5 de julio de 2014

Reflexiones I

Cuando el ser humano despertó  en conciencia hacia su entorno, hacia el universo, varias interrogantes lo atormentarían en adelante pero mirando hacia atrás: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Dónde estoy? ¿Para dónde voy? ¿Por qué el maravilloso prodigio de su existencia?; constituyendo la pesada carga que habría de llevar a cuestas: su propia conciencia.

Porque el cuestionamiento inicial del ente cognoscente es inmediato, respecto de si mismo, desde su cualidad gnoseológica, desde ese ánimo incomprensible que le permite mirar su entorno más allá del simple acto y de su apariencia; pero ello lo angustia sobremanera, pues él existe en dos mundos, uno interno, principio y fin de todo, el fuero irreductible del yo quiero, del yo puedo, del yo  poseo;  el otro allende sus sentidos, inmenso  avasallantemente poderoso y misteriosamente mágico.

Es desde esa contradicción aparente entre  esos dos fueros existenciales donde el ser humano transcurrirá su andar evolutivo, lo que  configurará su  historia, sus creencias, sus valores, su cultura, su religión y su fe.

Porque si su ser interno no tiene conexiones materiales con nada, siendo de él y de nadie más, luego entonces, ¿existirá el mundo sólo dentro de él?  ¿qué es el entorno que perciben sus sentidos? Buscando respuestas encuentra al semejante,  ponderando sus sensaciones en común se percata efectivamente de la realidad, y compartiendo el vínculo que trasciende lo material, descubre los valores y  la espiritualidad.  Por supuesto,  ello le llevará seguramente toda  su humanidad  “posible”, pero  ese es el camino, no hay otro.

Al discernir la realidad  y al hallar al semejante se encuentra a sí mismo y puede sobrevivir, y al descubrir los valores espirituales puede hacer cultura, vivir a plenitud  y trascender  existencialmente por sobre la materialidad de su ser hacia su humanidad espiritual, y en consecuencia, plantear a Dios.

Luego entonces, es torpe el  intento de desligar  el mundo “externo” del  fuero interior del  ser humano, y toda ponderación del saber  que pretenda “medirla” excluyentemente desde uno u otro ámbito  está condenada a naufragar. Porque el inmenso error  existencial del ser humano ha consistido en pretender  plantearse desde fuera y no integrado al universo, como universo mismo, desmembrando el conocimiento en  veredas y pasadizos tan ciegos como distantes estén de la auténtica naturaleza humana. Ahora sí, es verdad,  todo evolutivamente es ganancia, pero el ser humano no puede  enfrascarse en redundancias inútiles sin abrirse hacia los nuevos paradigmas que le revela  la evolución, sin falsos prejuicios  ni prepotentes orgullos intelectuales. Por supuesto, todo nuevo planteamiento creará  “vacios” en el saber, pero ¿acaso no ese el propósito? ¿seguirá acaso el ser humano  negado a  aprender de la experiencia histórica?

Por varios siglos nadie puso en duda  la explicación maravillosa de la “mecánica” del mundo y del universo  de Newton, planteada desde la percepción del espacio, negándolo así de hecho en la cualidad que lo hizo posible: el cuestionamiento de la realidad; inclusive, llegando algunos científicos de esos tiempos a considerar estar en el cenit del desarrollo de la física, al creerla  explicada lógica, plena y perfectamente. Luego Einstein sacudiría al mundo al plantear el mundo y el universo desde un tiempo dinámico y relativo, pero a la vez obviamente abriendo boquetes por donde se cuela el apenas explorado mundo cuántico, que a su vez  abre otra ventana a la realidad, más allá de las curiosidades  cuasi eleáticas cuánticas tan en boga, dando lumbre a esa claridad existencial apetecida  y buscada, no para negar a Newton y mucho menos a Einstein, no, es para continuar por el sendero  que ellos esclarecieron.

No se puede hoy  plantear el conocimiento ni la filosofía desde las posturas y visiones de hace siglos, negando el saber mismo, además de desdecir nuestra conciencia e intelecto. Consideremos a un pensador de hace tres o cuatro siglos cuestionando la realidad, el saber y al ser desde su mundo inmediato, con toda la validez y magistralidad que se quiera, pero al fin y al cabo expresando y proyectando una visión circunscrita histórica y evolutivamente, y, por ende, con fecha de caducidad, tanto y cuanto no traspasen su circunstancia evolutiva hacia la proyección espiritual. Porque hay un factor del cual absolutamente ningún ser pensante puede sustraerse: su historicidad, su circunstancialidad evolutiva, que lo posibilita existencialmente, pero también lo desdibuja integrándolo al gran torrente que implican.

Al ser cognoscente por sí solo le es absolutamente imposible conocer en plenitud, pues tal facultad no es única ni exclusiva de su materialidad, ya que está integrada y complementada  holísticamente al semejante y al ser  viviente  en cuanto cualidad existencial y posible. Es decir, Descartes existe  porque duda, pero también, si duda a ese nivel y profundidad  filosófica es porque  ha existido y dudado evolutivamente como ser pensante, luego su duda está sustanciada con algo más que la fundamenta y justifica: el aprendizaje, entonces Descartes para  su duda, histórica y gnoseológicamente comprendida, hubo debido aprender, y por ende, aceptar certezas. Porque el existir es  una certeza  producto de un estado histórico de conciencia, es decir, venido de lo hecho y proyectado hacia el por hacer 

Así, esa implenitud cognoscitiva se complementa  y valida con el otro, merced a la comunicación. Por eso comunicarse es validarse existencialmente. Apenas vemos o sentimos cualquier acontecimiento o fenómeno, enseguida buscamos la reacción y opinión del otro. Pero el ser humano va más allá en esa validación de su saber: la medida objetiva de la realidad, que le proporcione notas informantes por sobre  lo percibido por sus sentidos, que al fin y al cabo es la única forma de aprehender lo real, esa es la función de la ciencia, por tanto, instrumental en la validación existencial del ser humano.

Cuando Newton descubrió la descomposición prismática de la luz, despejaba de porrazo la incógnita del color, revelándolo  como una cualidad contingente de las cosas pero real y objetivo, en cuanto radiaciones ciertas capaces de ser percibidas, y por tanto, conformantes de un ámbito de lo real, preexistente al ente cognoscente, que lo interpreta o decodifica como realidad posible. Nomás pongamos como ejemplo el mimetismo animal, su causa necesariamente debe tener un fundamento objetivo, expresado en ondas que se codifican y decodifican para conformar el espectáculo maravilloso del color. Así pudiéramos decir que nuestro sol  lo que irradia son serpentinas  de color.

De tal forma que  Newton resumió la realidad  “visible” en función elemental de la luz, y por extensión, de un espectro electromagnético amplísimo; sustentando  de esta forma las teorías que revolucionarían la física y el concepto de la realidad, del universo y del ser humano mismo; es decir, la maravillosa perspectiva cosmogónica que implicaban los descubrimientos y planteamientos teóricos de Newton, en su punto de fuga a la vez expresaban el término para su reformulación científica y humanística. También, el descubrimiento y desarrollo de la fotografía trascendió  su significado tecnológico, social y cultural, hacia constituir otro valiosísimo aporte a la validación de la realidad; pues haciéndole un orifico a una caja cerrada  y colocando  dentro en el otro extremo un placa sensible a la luz, se logró plasmar por primera vez una imagen de la realidad “visible”,  esencialmente igual a la que se percibe, obteniendo así un instrumento tecnológico con consecuencias drásticas en la conformación del concepto de lo real.   

Pero el ser humano ha ido más allá, logrando captar imágenes  infrarrojas, ultravioletas, ultrasonoras, foto térmicas y hasta de ondas radiactivas, visualizando la materia tras la materia, algo verdaderamente espectacular. Todas esas tecnologías le revelan sendas formas posibles de la realidad, escurriendo definitivamente los ya obsoletos criterios respecto de lo real.

En ese mismo sentido, el telescopio y otras tecnologías están sobredimensionando el concepto de la realidad y de la noción del universo, en relación a los linderos conceptuales  con los que se ha pretendido mantenerlos dentro de criterios “posibles”. “lógicos” y “racionales”,  iniciando una especie de reacción en cadena de explosiones conceptuales que hacen añicos los vetustos  paradigmas  filosóficos, físicos y de la ciencia en general, revelando que lo imposible, lo ilógico y lo irracional, tan sólo son expresiones relativas del hecho histórico evolutivo, dinámico y permanente, que construye a cada instante al universo, reformulando todo criterio cognoscitivo.

Así, el telescopio constituye una ventana retrospectiva del ser humano y la humanidad hacia el universo, no como asombrados espectadores sino integrados a él en cualidades y físicas y espirituales. Porque de hecho, mirar el cosmos  significa ver el pasado. El tiempo constituye un  presente fenomenológico posible solamente desde cada cuerpo material expresado como hecho histórico evolutivo, o sea, es desde la capacidad de conciencia histórica desde donde el tiempo adquiere forma y sentido, porque la conciencia misma está inscripta en el tiempo, conformado el acontecer maravilloso de un universo conociéndose, midiéndose, pensándose a sí mismo. Por eso, cuando la humanidad hurga en su pasado, no solo desentierra huesos y trastos o piezas de museos, sino también se descubre a sí mismo, se reconstruye históricamente, se justifica y cualifica existencialmente. Pero además, el ser humano posee la facultad, aparentemente exclusiva, de proyectarse existencialmente por  sobre la contingencia fenomenológica del presente y de  la concreción histórica evolutiva del pasado para construir el futuro. Una construcción virtual nacida de su fuero interno, que desde su contingencia existencial y soportada en la conciencia histórica evolutiva, proyecta la existencialidad como posibilidad, rompiendo las amarras de la pasividad ante el acontecimiento existencial, traspasando  los linderos del hecho histórico evolutivo para constituirse en motor y posibilitador de su propio destino, es decir, en hacedor de realidades, en constructor activo de universo, aún destruyendo.

Y ese poder transcender lo concreto hacia lo posible, contemplar, proyectar y valorar la existencialidad más allá de lo real y aparente, y comprender el universo no sólo en cuanto hecho sino en tanto posibilidad, es lo que le otorga al ser humano el don de ser espiritual, la carga existencial del ser moral y ético, la responsabilidad histórica evolutiva y la capacidad de plantear a Dios como posibilidad de todo lo posible, como acontecimiento incuestionablemente maravilloso, que  llámesele como se le llame, desvirtúesele como se le  desvirtúe, perviértasele como se le pervierta, niéguesele como se le niegue, siempre seguirá siendo Dios.

Porque lo que llamamos realidad, es la expresión multimodal del hecho evolutivo histórico, que en definitiva  es lo que fundamenta, define y justifica nuestra existencialidad, es decir, no existimos por dudar o por pensar sino por haber existido como un todo, por cuanto somos un producto histórico evolutivo; por lo que el yo sin la ubicación holística y sinérgica, naufraga existencialmente. Por eso, plantear la realidad desde el individuo es como mirar un segundo de una película de dos horas, ciertamente es tan válido como cada uno de los 7200 segundos, pero por sí solo no es la película. Porque si el ser humano  no se comprende holística y sinérgicamente en toda la plenitud de la historicidad evolutiva, o seguirá en los traspiés absurdos de su coexistencia social, o no hallará ni disfrutará la riqueza sublime de su facultad espiritual, o no saldrá del cerco existencial auto impuesto por una ciencia que niega la espiritualidad que a la vez, sin quererlo ni buscarlo, desvela; y por una filosofía secuestrada por el yo, que mengua tanto como el yo se hace nosotros y en cuanto el nosotros se integra al todo-

En fin, los dimes y diretes entre una filosofía acorralada por el mismo pensamiento al que pretende liberar y una ciencia engrillada al conocimiento que genera, revelan la “incomprensión” del ser humano en relación al universo; porque, el cuanto una lo aísle en su individualidad y la otra lo reduzca a la materialidad, ambas naufragarán en todo intento de explicar el universo, lo real y lo existencial. Todo por una razón sencilla, el ser humano es también universo, en elevada expresión, universo pensante. Por eso resulta absurdo plantear prepotentemente el universo hacia el ser humano, cuando es el ser humano quien debe con humildad volcar su existencialidad hacia el universo; entendiendo de una vez por todas que existencialmente expresa tan sólo  un brevísimo suspiro de un acontecer evolutivo infinito, pero eso sí, con la facultad maravillosa de participar de una cualidad del universo tan cierta como el hidrógeno, el helio y  las rocas que lo conforman: la racional espiritual. Porque el ser humano no es tan sólo un individuo usufructuando un mero accidente existencial, sino un ente sinérgica y holísticamente compartiendo el acontecer maravilloso del existir, expresando el espectáculo mágico de la vida y participando de la cualidad sublime del cosmos: la espiritualidad.

Si entendiésemos  esto, comprenderíamos que la duda absoluta naufraga en sus propios sofismas, pues no es el dudar en todo  sino el creer en algo lo que engendra nuevas verdades. Galileo, Copérnico, Newton y Einstein realizaron sus experimentos, demostraciones, descubrimientos y teorías desde sus creencias. Por eso la simple duda  es infértil, mientras que el cuestionamiento del conocimiento  es padre de la curiosidad; y por eso mismo, el saber crítico es motor de nuestra evolución político social y espiritual.

Hace algo más de cien años, el descubrimiento de las pinturas rupestres de Altamira (España) trastocó el concepto de cultura y del arte en específico, pues dentro del criterio de la evolución lineal del arte, no cabía la posibilidad de que hace al menos 15 mil años pudiese el ser humano “primitivo” producir semejantes obras artísticas, y menos aún comprendidas en la integralidad espiritual que expresaban. Entre otras, la opinión de reputados expertos negarían su autenticidad y afirmarían que significaban tan “…sólo la expresión que daría un mediano discípulo de la escuela moderna…”.

Las pinturas de Altamira demostraron que el arte constituye una manifestación existencial íntima del ser humano pero indisolublemente integrada  a una expresión espiritual colectiva y trascendental. Por eso, al contrario de la obra tecnológica, que se transforma evolutivamente desde el sobrepeso del  conocimiento, la obra de arte se consagra absolutamente como tal desde su mismo momento creativo; inscripta una circunstancia histórica sí, pero desprendido del espacio y del tiempo en cuanto a su esencia expresiva. Porque  la obra artística, aunque en sentido amplio también es tecnológica, no se construye evolutivamente sino se consolida históricamente. Es decir, tecnológicamente, del momento evolutivo de Altamira nos distancian 15.000 años, que deben ser recorridos en toda su extensión para concluir en nuestro estatus tecnológico contemporáneo; mientras que, desde la perspectiva del obrar artístico, cualquiera de aquellos artistas pudiera en estos momentos exponer en  las principales galerías del mundo su arte  “moderno”. Porque el “conocimiento” es contingente a la esencia espiritual de la obra artística. Por eso es una soberana estupidez hablar de “arte ingenuo”, cuando toda obra artística de por sí es “ingenua, o sea, en su esencia es expresión espiritual, porque trasciende lo racional concreto  hacia una racionalidad superior,  plena y profunda, emotiva, intuible y posible. De tal forma se puede decir que la cultura es una realidad creada en la existencialidad concreta, construida por el conocimiento histórico y vivible plena e integralmente desde y hacia  la espiritualidad.

También nos dice Altamira  que en nuestra esencia humana seguimos siendo los mismos; que la disección de la  tecnología y el arte, entre ciencia filosofía y religión, entre materialidad y espiritualidad, ha desviado al ser humano de su auténtico y rumbo existencial;  que la humanidad es una integralidad de factores materiales, biológicos, lógicos-racionales, ético-morales, axiológicos, místicos-religiosos, históricos-evolutivos, facticos-trascendentales y espirituales, cuyo planteamiento, desarrollo y expresión en el espacio tiempo conforma su historia evolutiva, es decir, el despeje de su ecuación existencial.

Sin tan sólo se entendiese básicamente esa integralidad del ser humano, toda perspectiva filosófica debería convergen en ella, para desde allí plantear al universo; y toda acción científica debería surgir desde allí, para retornar  a ella con auténtico sentido ontológico.

En fin, millones de años han transcurrido desde el comienzo de aquel despertar y ya gigantescos túmulos de conocimiento y de logros tecnológicos ostentamos de nuestro acontecer existencial, sin embargo, las mismas  interrogantes continúan tan vigentes como en esos primeros momentos. Es que en verdad  la búsqueda emprendida por el ser humano necesariamente converge en él mismo, es decir, inició y ha de concluir en la integración mística religiosa espiritual con el cosmos, con el todo; la diferencia radica en el entendimiento y la comprensión de las partes de ese todo,  en el ubicarse y definirse existencialmente. Es a eso a lo que llama la conciencia al ser humano, a ser siendo hacia el ser, al conocer no para simplemente sobrevivir sino para reencontrase con su esencia existencial, a hallar las respuestas que agobian y  también motorizan su existir. Es ese el inmenso peso que soporta el ser humano y la humanidad, su propia conciencia.

Empero, ese descubrimiento del ser humano de sí mismo, conociéndose y comprendiéndose en el universo, no es un punto de llegada sino un camino que se concreta evolutivamente en cada circunstancia existencial, una posibilidad actual perpetuamente posible. Por eso, tan pleno fue el existir de aquellos de Altamira como lo puede ser el nuestro hoy. El asunto está en el cuánto de esa plenitud, siendo esa la responsabilidad histórica y la expresión de la sabiduría y del nivel de la espiritualidad del ser humano actual, concretar existencialmente en lo posible el saber, pues no es el monto del conocimiento en sí lo que le vale al ser humano y a la humanidad, sino el saldo existencial positivo que le signifiquen.

Porque, más allá del quantum de su cultura, es desde su verdadera comprensión  existencial donde el ser humano halla la igualdad y encuentra su individualidad. Siendo esa la paradoja de su evolución, pues mientras extiende el concepto de igualdad se hace más individual, y a mayor individualidad, más autentica, cierta y posible es su integración holística y sinérgica con el todo; y al integrarse al todo, aprehende el valor existencial de sus partes, tomando conciencia de lo justo. Luego entonces, es ese camino existencial hacia la igualdad, hacia la comprensión auténtica  de su individualidad y de su integración  justa con el todo, lo que libera existencialmente al ser humano.

Y es hacia esa comprensión y redención existencial donde la ciencia, la filosofía, la religión, el Derecho y la política deben inscribir sus acciones (hacer lo que de por sí la obra artística logra), pues todos constituyen expresiones instrumentales esencialmente indisolubles, surgidas de un mismo origen y necesariamente confluyentes hacia un mismo fin: ser humano.

Javier A. Rodríguez G.





    

lunes, 31 de marzo de 2014

Yo No Quiero Paz.

La evolución está signada por el cambio. La novedad evolutiva expresa una dinámica de transformación siempre inconclusa, en constante reconstrucción, perpetuamente por hacer, en donde lo invariable y permanente son únicamente expresiones probabilísticas, es decir, la estabilidad e inmutabilidad en términos absolutos, o la paz, en ese mismo significado, son condiciones que de por si niegan la evolución  y por ende al universo mismo,  constituyendo referencias de un horizonte apetecido e ineluctable, pero cuyo punto de llegada es el mismo de partida. Por eso la paz constituye tan sólo un referencial, un cascarón vacio, un contenedor que se sustancia y justifica únicamente desde el dilema existencial; siendo precisamente desde allí donde se posibilita la pacificidad, en cuanto “acción” hacia la paz, no al contrario, porque la paz se “vive”  desde la dinámica que presupone.

En ese sentido, la paz es un horizonte infinito que se concretiza en cada circunstancia evolutiva, por lo tanto, siempre se persigue, no se agota con lo dado, pues su implenitud es motor del andar evolutivo del ser humano trascendental: la humanidad.

Por eso la paz es el fin circunstancialmente siempre posible pero transcendentalmente inalcanzable de la sociedad, del Estado, de la política, del Derecho, del ser humano.

Precisamente, es esa la cualidad de la paz, ser todo y nada a la vez, el poder percibirla racional y espiritualmente y  alimentarnos de ella, tal como sentimos y respiramos el aire, y sin embargo, no  poder  poseerla o aprehenderla  en toda su magnitud, porque, igual que el aire, debemos “respirarla”, vivirla poquito a poquito; resultando que no es el aire en sí el que sustenta la vida sino el oxigeno que lo compone, específicamente su procesamiento celular; asimismo, no es la paz per se la que posibilita en plenitud nuestra existencialidad, sino los elementos que la conforman, la justicia, la igualdad, la libertad, la solidaridad, el amor, y más allá de los simples enunciados, es  la eficaz  concreción política, jurídica y cultural de esos elementos en la sociedad, lo que nos da sosiego existencial y alimenta nuestra espiritualidad.

Por eso, quien busca la paz sin sustanciarla espiritualmente ni concretarla fácticamente, jamás la hallará. Por eso, precisamente lo contrario de la guerra no es la paz, en tanto objetivo alcanzado, sino la pacificidad, en cuanto racionalidad y espiritualidad movidas hacia el libre, justo, igualitario y amoroso existir. Por eso la paz vacía justifica las guerras. Por eso la paz pactada pero no vivida ni sentida desde sus elementos concretos, es una falacia de gomachicle, que se infla y se infla hasta estallarnos en la cara.

No quiero paz sin libertad, sin justicia, sin igualdad, sin confraternidad, sin amor entre los seres humanos. No quiero esa paz mientras los modelos económicos depreden la dignidad del ser humano. No quiero esa paz, a la vez que millones de seres mueren de hambre en un mundo de refinamientos tecnológicos. No quiero ni creo en esa paz mientras la irracionalidad de los del holocausto perviva genéticamente entre nosotros. No quiero la paz engendrada por Nagasaki e Hiroshima. No quiero esa paz mientras se use al socialismo para prostituir las conciencias revolucionarias. No quiero esa paz en tanto tengamos al cuello la daga de un imperio inmoral asesino y su séquito. No quiero esa paz mientras Irak tiña sus ríos hermanos con la sangre de la injusticia e irracionalidad. No quiero esa paz mientras Afganistán sufra el asedio de dos potencias enfrentadas en intereses pero coincidentes en propósitos. No quiero esa paz, en tanto las riquezas de mi país, pescando en la ineficacia e ineficiencia, se las sigan apropiando los pillos y filibusteros de siempre. No quiero esa paz, como rezaba la Sosa, mientras “la guerra no me sea indiferente”. 

Porque esa paz, sin la sonrisa de esperanza del niño, sin la dignidad incólume del ser humano transcurriendo felizmente en su existencialidad, es paz falsa. Porque ni los seres humanos ni las sociedades pueden alcanzarla absolutamente, pero sí vivirla holísticamente desde sus elementos, posibilitados en cada momento evolutivo por sus instrumentos institucionales: la política y el Derecho.

Yo no quiero la pasividad y conformidad de una paz falsa que anquilosa la conciencia y pervierte a la sociedad; yo prefiero la sana contradicción y conflictividad que la posibilite efectivamente. No quiero  pretender paralizar la evolución ni finiquitar la historia para alcanzarla. No. Es desde el franco, crudo, descarnado, sincero y autentico existir desde donde deseo avanzar hacia ella.

Claro, por supuesto que apetezco paz, pero no la vacía, la “conveniente”, la decretada o pactada desde el “poder “. Es la vivida, la nacida desde la convicción profunda del ser humano, la proyectada desde la intimidad coexistencial  de la familia y la integrada sinérgica y holísticamente por la sociedad. La posibilitada pertinentemente mediante acciones políticas y jurídicas eficaces. Esa es la paz que deseo y aspiro. Una paz que pase desapercibida, que no se llame paz sino justicia, libertad, igualdad, tolerancia, confraternidad, solidaridad, amor y felicidad.

Mientras tanto, tan sólo daré, como la Violeta, “gracias a la vida”, por ese acto tan maravilloso de existir. Por ser  ente pesante del universo. Por nuestra facultad de sentir  y de amar, y por la sublime capacidad de comprender el universo, de aprehender la paz como fin y virtud suprema.

Hasta ahora las socialistas son las propuestas políticas mejor orientadas hacia los propósitos auténticos de paz, lamentablemente han sido tergiversadas y pervertidas por  el desconocimiento e intereses malsanos de todo tipo. En ese sentido, el proceso socialista en curso en nuestro país está tomando un giro insólito, “establecer” la “paz” social antes de concretar el socialismo (algo así como pretender que la carreta tire de los caballos).Todo por el yerro congénito de los planteamientos de izquierda: la ausencia de sensatez reflexiva, que la vire de la reacción materialista dogmática hacia la acción transcendental espiritual. Porque  luego de 14 años se sigue confundiendo la eficacia socialista con  las buenas intenciones y la disponibilidad pródiga de recursos económicos. Pues ser  o llamarse socialista en la abundancia es fácil y cómodo, siendo en la austeridad donde al socialismo se le podrían ver las costuras.

Ojalá nuestros países latinoamericanos hallen el sendero cierto hacia la justicia, libertad, igualdad y confraternidad, siendo que al final ese hecho político, llámesele como se le llame, revolucionará ciertamente nuestras sociedades. Porque si seguimos siendo tan torpes para aferrarnos a conceptos vacuos, a contenedores sin contenido, a sofismas dogmatizados, a ineficacias toleradas por una fe sustentada en la ruleta de la renta petrolera, y a no reajustar eficazmente el “desorden” “natural” de nuestras sociedades; nuestro destino, como el de toda la humanidad, de la cual somos faro y esperanza, será tan cierto y esperanzador como el de Sísifo.

Javier A. Rodríguez G. 

domingo, 16 de marzo de 2014

Comentando "EL Socialismo del Siglo XXI" de Heinz Dieterich.

Cuando se publicó el libro El Socialismo del Siglo XXI de Heinz Dieterich, a pesar de lo “novedoso” del título, las reseñas  de la obra daban la espina de que volvía a llover sobre mojado, al insistir en el error de fundamentar el planteamiento absolutamente en los dogmas de Marx y Engels... En fin, la obra no lucía interesante.

Empero, al conocerse la reciente noticia del rompimiento del idilio del autor con el régimen “socialista” que inspiró el libro, la curiosidad, la misma asesina del gato, instigó a darle al susodicho libro una lectura rápida de unos 60 minutos, más que suficientes para corroborar las sospechas y temores.

El libro inicia desde  un pecado original: la adulancia, siendo que desde allí se deslegitiman todas sus pretensiones “científicas”, pues el pensamiento crítico es esencial y radicalmente libre, y por tanto, su propósito no es  el de agradar ni ser alabado, ni querido ni odiado, sino simplemente expresar un proceso intelectivo lógico-racional-espiritual que comienza y culmina con el factor que lo impulsa y sustenta: la duda. Es decir, no la duda enemiga de la certeza sino la aliada de la verdad, la que desbroza caminos  auténticos derrumbando fachadas conceptuales, cortando a tajo sofismas, evidenciando falacias, descarnando vicios e hipocresías, y en consecuencia, contraponiéndose al orden establecido y enfrentándose al poder instituido.

El problema es que la obra en cuestión se sustenta en los dogmas de Marx y Engels y su intención evidente primaria no es el desbroce de la verdad sino el coqueteo con el poder, cuando no el oportunismo intelectual de llenar un vacío conceptual con lo primero que se tenga a mano, yuxtaponiendo conceptos y criterios sin la profundidad, coherencia ni sinceridad suficientes siquiera  para ser considerado un paso cierto a favor del socialismo. En este sentido la obra se parece mucho a aquellos oportunistas que registran dominios “.com” a los fines de usufructuar el simple nombre; asimismo, el autor hace un bosquejo histórico, se escuda tras Marx y Engels y culmina planteando lo planteado, es decir, no presenta novedad teórica  alguna, y sin embargo, deja las puertas abiertas para desarrollos teóricos posteriores; una verdadera trampa cazabobos: presentar un título rimbombante y esperar a que otros hagan el trabajo.

Sin embargo hay un punto rescatable en la obra: Denunciar el nulo desarrollo de las tesis Marxistas y Hegelianas hasta la actualidad. De resto todo al final resulta en mero maquillaje de tísica, que aún sabiendo las perversiones  causadas por el vacilo en el organismo, lo pretende ocultar con colorete, haciéndola lucir rozagante  y fresca, cuando en realidad la enfermedad ineluctablemente aniquila el organismo. 

Porque el mal del socialismo clásico o tradicional sigue presente: el racionalismo materialista que lo engendró continua siendo la matriz de los nuevos postulados, legándole genéticamente sus taras conceptuales: la desvinculación de las teorías con la esencia  fáctica existencial  y trascendente espiritual del ser humano; quedando por tanto condenadas en su eficacia a “arar en el mar”.

Pues no se trata del “precio” ni del “valor” ni de la “competencia”, ni del mercado, ni de “praxis” ni de “ciencia”, sino de la cualidad que los engloba a todos  y que debe constituir el principio y fin de cualesquiera planteamientos teóricos viables respecto de la sociedad, desde una visión tan amplia como su existencialidad,  tan cierta como su circunstancia evolutiva, tan posible como lo permita su conocimiento  y conciencia espiritual, y tan transcendente como su capacidad de perfección: el ser humano.

Si bien es cierto, tal como lo señala el autor del libro, que el socialismo no puede estructurarse eficazmente  sin la conceptualización teórica,  tampoco puede pretenderse realizarlo desde un hecho meramente científico, pues su concreción deriva de la acción espiritual, que lo supera. Al ejemplo ofrecido  por el autor, de la persona que cruza la calle merced a cálculos automáticos realizados por el cerebro… aprehendidos e integrados por la ciencia en cálculos perfectos …; se le puede contraponer uno más representativo, el del jugador de beisbol, que realiza complejísimos cálculos y procesamientos de data para darle eficazmente la pelota, con una probabilidad muy alta..; luego así, ciertamente el físico puede entender y establecer esos procesos y cálculos y hasta ayudar al pelotero a mejorar su rendimiento, pero si se pusiera él a batear, seguramente lo lograría una vez en un millón de intentos, y eso un simple rolincito al pícher…; todo porque en el pelotero se ha producido un verdadero aprendizaje que le permite lograrlo, merced a la conformación de una especialísima estructura neuronal fundada desde caracteres genéticos propicios,. Asimismo, démosle a cualquier persona, pinceles, óleos y todas las técnicas artísticas para que obre unas Meninas o una Gioconda; o  un “bajo”. arpa, solfeo y toda la historia de la música para ser un Juan Vicente Torrealba, Oscar de León  o José Alfredo Jiménez, sujetos sin estudios musicales formales…; o aspirar que un especialista en letras, por el sólo hecho de serlo escriba un Quijote, con más derecho y legitimidad intelectual que el presidiario y funcionario público de mala fama Manco de Lepanto; o enseñarle  “científicamente” todas las técnicas del fútbol a un jovencito de 1,80 mt con corpulencia de atleta, para que supere con creces a una “pulguita” con pinta de oficinista bancario…  Ello es imposible, pues todos esos personajes, desde y por sobre sus cualidades individuales constituyen expresiones culturales, es decir, son productos históricos, y por ello manifestaciones vividas de una integralidad existencial que resume y trasciende al ser humano: la humanidad.

Así también, el socialismo sólo se puede construir desde la vivencia, desde cada circunstancia existencial, desde el encuentro evolutivo del ser humano con el sentido de su existencialidad; siendo desde allí que puede la ciencia impulsar y posibilitar eficazmente esa construcción, lo cual la restringe dentro de criterios de pertinencia  histórica evolutiva y de humidad epistemológica, entendiendo ese construir  como una tarea permanentemente inacabada.

Pues el error fundamental de Marx y Engels fue  plantear el capitalismo como una fase evolutiva superable  simplemente desde un proceso intelectivo racional, que comprenda y tome “conciencia” de sus mecanismo de funcionamiento y de sus instrumentos de perversión para conformar  el siguiente estatus evolutivo, definido y necesario; desconociendo así las auténticas causas y naturaleza del capitalismo, como también  el sustento ontológico del socialismo, porque, aunque ambos en términos absolutos se anulan recíprocamente , en lo fáctico existencial están condenados a coexistir, inclusive, paradójicamente  hasta aprovecharse el uno del otro; en tantos grados , matices y variables, que en su solas expresiones ya de hecho tiran por la borda al océano de la obsolescencia muchos dogmas de Marx y Hegels, porque ellos revelaron magistralmente el cómo pero no el por qué del capitalismo. Nomás consideremos, por ejemplo, que si  en este momento volcásemos todos los beneficios laborales actuales hacia 1850, los empresarios de ese tiempo seguramente se declararían en la más atroz esclavitud y los trabajadores se sentirían en el cielo con tamañas reivindicaciones, y a lo mejor el destino del Manifiesto sería el de alimentar las chimeneas…

Lo aleccionador, sería explicarle a aquellos antepasados que todas esas maravillas se han producido dentro de la hegemonía capitalista, poniendo al pobre Marx a desechar escritos y ha replantear sus criterios ante tan inesperada e insólita realidad evolutiva. Siendo esa precisamente  la ventaja del “ser” humano actual: la experiencia histórica. Por eso mismo resulta absurdo y torpe anquilosarse reaccionariamente al pasado, en vez de usar el aprendizaje histórico para construir, replantear y reconceptualizar nuevas realidades sociales, por sobre el culto y reverencia a personajes y planteamientos teóricos, por sobre las conveniencias e intereses individuales y grupales, y por sobre el egoísmo, prepotencia y mezquindad intelectual, aceptar los nuevos paradigmas que pugnan por surgir.

Porque por su misma esencia, el socialismo no puede ser  formulado conceptualmente y mucho menos construido desde un claustro académico, ni desde una camarilla dirigencial, ni desde la inmediatez social de determinados grupos sociales, ni desde la implementación de programas asistencialistas, no, es desde la integralidad de visiones planteamientos y aportes de la sociedad, incluyendo las capitalistas más radicales (sí, claro que sí ) donde el socialismo encuentra su posibilidad existencial, entendiendo que constituye esencialmente un rumbo, posibilitado en su camino más idóneo por la eficacia.

Hace unos días, un “zorro” periodista le preguntaba al Presidente de la República sobre” la salud del socialismo del siglo XXI”… En verdad se impone una revisión exhaustiva de la realidad política Venezolana, clara, honesta y pulcra metodológicamente, para establecer  los males que sufre el proyecto socialista y hasta cuánto son curables, o si le toca la extremaunción. Porque lo sincero no desmerita las buenas intenciones. Si se determinare que el proyecto socialista ha degenerado hacia un “soci-capitalismo”  o “reformismo socialista”, entonces sus progenitores deberían asumirlo con la fortaleza de su convicción intelectual y la gallardía de su buena fe.

En ese sentido cabe resaltar el simbolismo del programa “José Vicente Hoy”, de esta fecha, un verdadero teledrama  político: La aprehensión del periodista, su profunda preocupación, apenas disimulada, queriendo ahogar el pesimismo que pugnaba por aflorar ante la respuesta clara, sensata, contundente, sincera , lógica, racional y pertinentemente socialista, ausente. Los titubeos del entrevistado, las respuestas entrecortadas y los “puentes de guerras”  entre temáticas, buscando salir del atolladero en que el avezado periodista, aún con su cautela y buena fe, lo llevaba; con la mirada casi clamando la indulgencia del entrevistador por las respuestas en deuda; aceptando al fin la existencia de una crisis económica pero coyuntural, de unos meses, y resaltando el “apoyo” popular y los triunfos electorales pese a todo…, al clásico estilo cuartorepublicano; finalmente, al afirmar, con un tono que haría reventar cualquier polígrafo, que de estas “dificultades”  saldrían airosos, tal como lo hicieron ante verdaderas crisis en el pasado del proceso revolucionario, al sagaz entrevistador se le atragantó adrede la riposta pertinente: pero en ellas estaba presente Chávez…

En fin, el problema del socialismo, sea de este o del siglo sopotocientos, no es de términos sino de realidades, no es  lo que se dice sino lo que se hace, no es de buenas intenciones sino de eficacia  y eficiencia, no es  predicar sino dar el ejemplo, no se trata de “poder” hacer lo que  se quiere, sino  de querer hacer lo que se debe y se puede. O sea, otro criterio y relación del poder…


Javier A. Rodríguez G.


sábado, 1 de marzo de 2014

Boves. Significado Histórico.

Mas allá de la “maldad” ínsita a todo “rebelde” o insurrecto contra el “orden” establecido, de la “bondad” institucionalizada, forzada desde el poder del Estado,  y de los detalles redundantes intencionados hacia la estigmatización del personaje, lo que interesa  en estos tiempos de verdades históricas es ponderar el  significado histórico de  Boves en cuanto líder de importantes masas populares, valorando las cualidades no tanto de su persona, sino de los seres humanos cuyas  querencias, odios, resentimientos, sufrimientos , aspiraciones, valores y cultura él resumía y expresaba.

Por eso debemos decir algunas verdades respecto a  nuestro proceso independentista, no para menguarlo ni desmeritarlo en su valor histórico, al contrario, para dotarlo de la plenitud vivencial de la construcción de la historia y de la conformación de un sentimiento pleno de amor, odios y pasiones que nos resume existencialmente : la patria.

Y precisamente, es desde esa amplitud obvia pero intencionalmente desconocida del concepto de patria,  donde los sofismas de nuestra historia se desmoronan, desfigurando la estructura perfecta de hombres buenos contra los malos, de seres inmaculados éticamente por su alcurnia, enfrentados a las máculas sociales de seres predestinados a atentar en hordas  contra el orden social establecido y querido por Dios.

Digámoslo de una vez: El proceso independendista venezolano nació del enyuntamiento histórico circunstancial del rancio conservadurismo realista y del típico hipócrita liberalismo burgués. Ya desde mediados del siglo XXVII  las nuevas decisiones político administrativas de la Corona comenzaron a trastocar la cotidianidad de un orden social de estructura feudalista aderezado con los caracteres evolutivos propios de una gobernación militar. La instauración de la Capitanía General y de la Real Audiencia  expresaron la intención del reino de controlar eficientemente  sus posesiones, incluyendo en estos a las personas,  con fines de saciar su voracidad burocrática, a la vez que respondían a las exigencias propias de grupos sociales criollos crecientes, sobretodo de aquellos  marginados por el predominio de la provincia de Caracas; lo cual lógicamente implicó mayores restricciones a la autonomía naturalmente anárquica  de los terratenientes locales, sobretodo en materia económica, con el aumento de la carga impositiva y el control de la evasión; aspecto definitorio de la génesis de los acontecimientos por venir.

Para 1810 los elementos necesarios al trastrocamiento  del régimen monárquico estaban configurados: el descontento de los sectores de terratenientes conservadores  ante las crecientes restricciones a sus privilegios; la merma en las nuevas generaciones del vínculo histórico- cultural, el cordón umbilical que los une a la madre patria y que sustenta el poder real, debido a la conformación soterrada de una nacionalidad propia y a la progresiva nueva conciencia de poder que afloraba desde la incipiente estructura burguesa, lo cual conducía  a su expresión institucional necesaria, lógica y conveniente: la república liberal burguesa.

Pero dentro de ese juego de enroques del poder, también estaba presente el elemento indispensable para la subversión definitiva del orden establecido hacia un proceso revolucionario: el descontento de las crecientes masas populares y el enorme saldo  de injusticias que arrastraban históricamente los feudales locales, contenidos por el yugo de una estructura de desigualdad atroz que en algún momento habría de romperse.

Y es desde esas masas populares donde debe estudiarse y plantearse el proceso independentista, y desde  cuya óptica puede hilarse la conformación de nuestra  nacionalidad e historia republicana. Porque, como dice el canto, “la patria es el hombre”, la mujer y principalmente los niños, que la viven, la sienten, la gozan y la sufren…

Por ello resulta falaz enfocar el proceso independentista desde la óptica mantuana de los conjurados de 1810, pues ellos no nos dieron la independencia del reino español, no, jamás, aparte de que la mayoría en realidad al principio no lo querían, tampoco podían. La decisión de ser libres y su concreción no dependía de un conciliábulo de aristócratas proclamando el parto de una república  gestada desde sus intereses, privilegios y el egoísmo que los sustentaba. No, esa decisión, como en  la revolución francesa, como en todas las revoluciones y  en todos los tiempos, estaba en la voluntad y determinación de las masa populares, son los pueblos los que  hacen las revoluciones.

Y es precisamente desde esa masa ideológicamente informe pero con la injusticia, desigualdad y opresión histórica descarnados en primitivo instinto de redención, en el cobro del inmenso pasivo histórico de una estructura de poder  que les negaba inclusive hasta sus cualidades humanas, usando para ello el único instrumento posible ante el desguarecimiento institucional del momento: la venganza. La venganza  jamás justificada pero muchas veces inevitable y necesaria. El ojo por ojo que desbroza en su crueldad  los caminos  de la justicia, los mismos que buscara el Libertador con aquél terrible decreto…

Es desde allí, desde esas hordas terribles vengadoras, donde surge, se sustenta y explica la figura de Boves. Son ellas, expresando el desborde pasional  histórico de un pueblo, las que construyeron al  Taita, al personaje que sintetizaba toda su arrechera contenida por generaciones, manifiesta en  violencia cierta y terrible pero pálida ante siglos de injusticias y opresión. Son ellas quienes se alzaron contra quienes debían hacerlo por razón lógica y por deber moral  histórico: los mantuanos opresores, los amos, dueños y señores del territorio de la nación, dejándoles a los “pata en el suelo”  la pura conciencia y sentimiento  por el suelo ajeno que pisaban. Y fue desde ellas que Bolívar, por medio del Taita Páez y otros tantos, configuró y concretó el proceso revolucionario independentista del reino español.

Mas de un "mojigato de la historia" se santigua ante la horrorosa ejecución del mantuano Rivas, cometida por vándalos analfabetas, sanguinarios y “sin más hogar que sus caballos”, pero callan cuando se les pregunta por el destino del negro José Leonardo, con su testa apostada en la plaza mayor, cual farol irradiando las luces sin moral, el refinamiento sin cultura y el alto sentido humanista camuflando los bajos instintos de los representantes de las más honorables familias de la capitanía… Inclusive, el mismo  joven oficial Rivas, al servicio fiel de su majestad,  pudo haber participado en el “justo” escarmiento  al esclavo en aras del “orden” y la “paz” social… Definitivamente  siempre, en cualquier tiempo, los cristales éticos, políticos, sociales y culturales cambian la perspectiva  de los hechos históricos.

Y es desde esa óptica donde se condena o exculpa a Boves. O se personifica en él el mal, enfrentado al  justo, sano, honesto y buen proceder, negando el elemento más importante de nuestra historia y borrando el factor más relevante en la conformación de nuestra nacionalidad: el pueblo descalzo y analfabeta;  o lo colocamos en su justo lugar de nuestra historia. Porque José Tomás, más que Boves es el Taita, y más allá del personaje es  lo que él representa. Son los pueblos en expresión pura y simple de sus pasiones, amores, odios, sentimientos y espiritualidad los que hacen a los líderes que los expresan. Si Boves se hubiese puesto a cantar y bordar… el Taita habría sido otro personaje parido por el pueblo; de hecho luego lo fue el centauro Páez. Aquél momento no daba para especulaciones moralistas  ni tanteos  políticos, era la crudeza de las pasiones represadas durante siglos la que imperaba. Fue la  genial obra política, militar y cultural de Bolívar la que amargaría las pasiones enfrentadas hacia el propósito libertario en común.

La historia la escriben los triunfadores, y el reacomodo aristocrático iniciado desde finales de la década de 1820 defenestró de nuestra nacionalidad a las hordas populares de Boves, las mismas que luego libertarían a cinco naciones. Es que si hubiese sido al contrario, y en 1830 se hubiese instaurado una república popular democrática, la batalla de la Victoria sería un hecho de heroísmo  de aristócratas y sus acólitos legitimando sus estatus quo, y Boves y sus hordas se valorarían como  expresiones inevitables y relativamente justas y necesarias del proceso independentista. Al  final, tanto Boves como José Leonardo como Ribas como Páez como Sucre como Camejo como Rondón como Mariño como Piar como Bolívar, y principalmente, como las hordas  populares sin rostro y sin voz pero con todo su amor, odio, valentía, pasión y esperanza,  expresan nuestra nacionalidad; de allá venimos, de ellos estamos hechos, siendo justo reconocerles sus lugares en la historia, para así engrandecer nuestra patria, en cuanto sentimiento vivido y vivible desde cada circunstancia existencial de nuestra nación.

Ser justos con el significado histórico de Boves y sus hordas, es reencontrarnos con gran parte de nuestra nacionalidad y de nuestra patria, y lo más importante, es aprender de las causas y circunstancias que llevaron aquellos antepasados nuestros a enfrentarse en guerra fraticida.


Javier A. Rodríguez G.

martes, 28 de enero de 2014

El Legado de Elena

Hacía rato esculcaba el viejo baúl de su abuelo. Entre antiguos retratos con hieráticas figuras apenas visibles entre los resquebrajos de la albúmina, cuasi por sortilegio asida del roído papel, negándose a dejar de atestiguar aquellos tiempos idos; observó una pequeña y amarillenta libreta que parecía deshacerse con tan sólo el roce de su mano.

La curiosidad de sus 25 años hurgó las desleídas hojas. No era un diario. La ausencia de cronología alguna y la yuxtaposición desordenada de ideas traslucían la pretensión de constituirse en extensión de la mente del escribiente, como queriendo salvar los recuerdos más allá de sus tiempos existenciales.

Sueños de chico, algunos devaneos de enamorado entre breves pasajes de su nativa España, junto a los resaltes de la participación en aquellas escaramuzas bélicas en las tierras santas de Jerusalén, evidenciaban la intimidad de las notas profanadas. Pudoroso se dispuso a cerrar la libreta, pero la corta estrofa entreverada en la sintaxis de un texto llamó su atención: “Eran tres los soldados, cargando la cruz del Señor. Era de tres el secreto, que la providencia les dio. Era de tres la dicha y el profundo dolor... Lo he visto…”

La curiosidad lo embargó por esas últimas estrofas. ¿Cuál era su lógica? ¿A cuál secreto referíase? ¿Por qué aparecía cortada, como no queriendo o no pudiendo continuar? ¿Qué fue lo que supuestamente vio el abuelo? ¿Por qué la extraña mescolanza de dicha y dolor? Surgieron en retahíla las interrogantes…

Tras el largo, impaciente y nervioso rehojeo de páginas, pudo leer otras estrofas que parecían ser la continuación de aquellos pensamientos. Escritas mucho después, tal vez en esos momentos humanos cuando el peso de los recuerdos obliga a alivianar en tinta las cargas de la conciencia, quizás buscando mantener vivo el secreto; en fin, allí estaban las palabras, discurriendo entre un relato inconexo: “Lo he visto, lo he visto, Jesús no resucitó, he tocado sus huesos. El Cristo no resucitó”, se leía en el inciso, seguido de una serie de números, especie de clave o pista, cuyo sentido parece esconderse tras el pensamiento que atestiguan.

Incrédulo y perplejo, en sus ojos se arremolinan los pensamientos. ¿Cristo no resucitó?, atinaba a preguntarse afirmando. Luego entonces ¿no era el hijo de Dios? y por tanto ¿se quedaría la fe cristiana sin sustento alguno? ¡¡Dios!! ¿Cómo pudo mi abuelo verlo? ¿Cuál inmensa sería su angustia al saberse poseedor de una verdad capaz de derrumbar su religión, dejando huérfanos de fe a millones de creyentes en el mundo?

Ahora comprendía su renuencia en hablar de religión. Muchas cosas adquirieron el sentido, la hilaridad racional ausente en su momento. La contumacia del abuelo a responder sus interrogantes respecto del Cristo y la sentencia con que allanaba cualquier cuestionamiento: “El demonio tiene mil formas de hacernos sus instrumentos”.

Retahíla de preguntas se amotinaron en su conciencia mientras buscaba recobrar la sobriedad de la realidad, fustigando su racionalidad: ¿Será verdad? ¿Por cuál razón mentiría el abuelo? ¿Sería producto de su imaginación? ¿Lo engañaron?  Pero… ¿y si fuera cierto?, concluyó, con la duda prendada ya a su existencia, como la sombra de una luz escondida, constituyendo el pasivo existencial que en adelante determinaría su vida y algún día habría de solventar.


EL CAMINO HACIA LA VERDAD

Hace ya diez años desde aquella tarde cuando halló la pequeña libreta del abuelo, ahora la tiene en sus manos mientras desde la mirilla del avión contempla la mágica espiritualidad de la Tierra Santa. Al fin cumplirá la…, no es promesa, más bien necesidad de recuperar el sosiego de su conciencia y la tranquilidad espiritual. Ese legado de la providencia es una cruz que no está dispuesto a llevar más, pero no huirá ni será preso de ese secreto, como el abuelo, pues lo enfrentará en toda su descarnada verdad o falsedad.

Me convenceré de que fue una simple ilusión de mi abuelo y todo estará bien, se decía hacia sus adentros, como necesitando cubrir con argumentos ciertos el boquete espiritual por donde amenazan con escapar los pocos fundamentos, o más bien argumentos de su menguada religiosidad.

Por sobre el murmullo de la ciudad se impone la espiritualidad de esta tierra, cuna de la religión cristiana y tal vez poseedora de la verdad que la sepultaría para siempre.

Desde la ventana del antiguo hospedaje se divisa en lontananza el Monte de los Olivos, el de reflexión, de tentaciones y de traiciones. Cuasi enfrentándolo, El Gólgota punza en las conciencias de la humanidad el dolor, el sufrimiento, la irracionalidad, la muerte y el renacer. ¿Renacer y muerte?, se interroga, cayendo en la realidad de la razón de estar allí.

Al amanecer toma su roída y preciada mochila y parte hacia El Gólgota. Lo anda, lo siente, lo vive, lo palpa. Quizás buscando la sangre de aquel justo; quiere verle el rostro miserable a la irracionalidad humana. Poco a poco va sintiendo la carga espiritual de siglos de aquellos sitios queriendo estallar en la interrogante que desde hace una década atormenta a su conciencia: ¿Y si Cristo no resucitó?...

Con los últimos resplandores del día sus pasos deambulan por las singulares callejuelas, mirando a las personas en el trajín de sus existencialidades, tan diversas y complejas, pero al final confluyendo en un solo ser, el ser humano… Mientras tanto, su mente persiste en buscar respuesta a las notas de la libreta del abuelo.

La noche lo encuentra contemplando el muro de los lamentos. Aquí miles buscan sosiego para sus penas y sufrimientos, benditos quienes hallan la paz espiritual en las bienaventuranzas del prójimo.

Tras el andar, a la distancia se va magnificando el Calvario; y mientras los lloros de la luna pincelan de plata a ese ícono de los vicios e irracionalidad del ser humano, los cantos de algunos peregrinos suenan como himnos de salvación, esperanza y fe.


 EL ENCUENTRO

Ya en la pequeña posada y luego de acicalarse lo necesario, baja a la pequeña sala de estar. Su exigua luz pincela de claroscuros el misterio, encanto y magia el rostro de la mujer que flanquea la entrada. No importa si ella es de los de unos u otros, pues los designios del Señor no distingue los linderos de irracionalidad que segregan sus existencias.

Después del rápido pero ameno e inevitable flirteo con aquella subyugante dama; el hasta luego, cargado  de interrogantes y expectativas, a lo mejor augura la voluntad divina de un mágico entrecruce de genes, de la mezcla de dos culturas en la cuna de la religión en común.

Por ahora, a lo que ha venido. Lo esperan en el pequeño bar contiguo, cuya entrada está signada en el frontis por aquella invocación famosa de Delfos: “Conócete a ti mismo.” En verdad no sabe si es advertencia, ironía o simple referencia filosófica; lo cierto es que, cuando el ser humano hurga en lo profundo de su humanidad y espiritualidad y logra verse en la alegría y dolor del otro, la paz tiene su imperio asegurado.

En un rincón está, sin lugar a dudas, el que lo espera. Con ambas manos sobre la pequeña mesa de cedro, cuyos cortes austeros y la simpleza de líneas subyugadas por la textura noble de la madera, evidentemente acariciada por las manos oficiosas del artesano, delata su consonancia con toda una filosofía de vida, en donde la utilidad es seducida discretamente por la belleza elemental natural de las cosas, en comunión trascendente de lo material hacia el propósito espiritual. Tal vez así lucían las del carpintero llamado José…, afirma en su pensamiento.

El personaje está a la hora acordada a través del intermediario. Cuerpo menudo y edad ya en deuda con el tiempo (aproximadamente la que tendría el abuelo) Ropaje sencillo y un tanto descuidado pero agradable. En general, facciones, gestos y actitudes evidenciando la mimetización genética y cultural con su entorno; hasta su palabra tiene el dejo de sabiduría, misterio y espiritualidad de esta ancestral tierra. ¿Acaso no hubieron sido personajes como este, quienes nos legaron las sagradas escrituras?, esta vez interroga, también desde el sigilo de sus neuronas.

La conversación fluye en protocolar calma, dejando intersticios para la conformación del ambiente común de reflexión imperante en el lugar. Luego las palabras entrecortadas y la disgregación de ideas rehúyen abrirle paso a lo concreto de aquella entrevista: La relación de ese hombre con su abuelo; y algo más…, el “asunto” que desde el inicio ha estado en el ambiente sin dejarse entrever en los labios de uno ni del otro.

Entre anécdotas y gratos recuerdos de lo bueno y lo malo, el hablar ya es ameno y franco; pero aún así no logra aflorar por algún resquicio el inmenso secreto que tácitamente impregna el ambiente. Hasta que la incertidumbre represada irrumpe con una pregunta directa y desencajada  de la conversación; el interpelado, por vez primera expresa en su faz la terrible angustia ahogada, como si le hubiesen lacerado una llaga descarnada en lo más íntimo de su ser.

No, no…, no he compartido ningún secreto entre tres. El otro compañero ya no está… Entre nosotros sólo hubo una profunda y entrañable amistad, responde, tensando las manos sobre la mesa, como queriendo traspasarle la inmensa verdad que avasalla su conciencia y atormenta su espíritu, agregando, cual epitafio: Existen secretos que destruyen verdades, y verdades que siendo secretos, posibilitan hermosas falsedades.

Luego del respetuoso silencio, las palabras comienzan a sobrar, y la tácita despedida fluye en el hablar, ahora mezquino y triste…

En fin, concluye en pensamiento mientras su cuerpo se despide del indescifrable personaje, así culminan siempre las conversaciones en estos lugares, rezumando las tristezas y horrores de siglos acumulados, paradójicamente sembrados en esta tierra sagrada, aunque siempre con el dejo de la esperanza de su fe. Tal vez, como lo termina de sentenciar este triste hombre, mejor es que la verdad siga oculta para poder así sustentar la fe…

Ya de regreso a la pequeña habitación y sin haber logrado liberar a aquel hombre de la prisión de esa verdad huidiza que ahora determina más profundamente su existencia; en el pequeño pasadizo previo, mimetizada en aroma con el frondoso durazno que la flanquea, está aquella chica de hace rato… Entre la conversación cada vez más lo subyuga esa sublime mezcla de espiritualidad y tentadora seducción de la mujer de esos lares. Y mientras la magia de la naturaleza apuesta al entrecruce genético, decenas de interrogantes antesalan su atribulada conciencia.      


ENTRE OLIVOS, ESPERANZA Y  FE

Con las primeras luces del nuevo día, entre el naciente murmullo de fresca cotidianidad de la Tierra Santa, y todavía con la sentencia del amigo de su abuelo en las sintaxis de las neuronas, trajinadas, esculcando sentido y coherencia a lo que tal vez fue sólo advertencia; parte hacia el Jardín de los Olivos por parajes que se revelan preciosos y reconfortantes espiritualmente.

A lo mejor, dice hacia sus adentros, en ese sitio tan trascendente para Jesús, donde meditó tanto, donde compartió con sus discípulos, donde doblegó a la tentación y donde esperó la traición del hombre; encuentro la luz que me ayude a redimirme de ese secreto que no conozco, para estar en paz con mi conciencia, con la historia y con la religión que he desdeñado.

Así, camina, contempla y disfruta toda la riqueza histórica y religiosa, rostros plenos de fe entremezclados con los estoicos de los turistas de oficio, y aquella simbiosis sublime entre humanidad, espiritualidad y fe que traspira el ambiente e impera por sobre el ininteligible murmullo de vida que poco a poco se va haciendo respetuoso silencio, a la vez que el cielo, con hermosos destellos oculta su luz; tal vez queriendo convencerlo de que dejando atrás aquel secreto, ahogando su curiosidad, se resguarda la fe y la religión.

Con los últimos rayos del sol contorneando y siluetando a los comensales y conversantes del pequeño paradero que cuida el camino de regreso, su pensamiento es ahogado por el leve bullicio del sitio mientras esculca en el pretérito de su mente algún indicio, alguna razón, una respuesta justa, del por qué y para qué está allí; si en definitiva es la verdad de un simple ser humano contra la certeza de millones. Pero… ¿cuál verdad? Si tan sólo tuviera algún sustento para esta trama que está determinando mi existir, se dice, mientras sus sentidos se enfocan en las palabras de la mujer de la mesa contigua al hombre que la acompaña.

Me salvó, él me salvó de esa enfermedad tan cruel. Hace tantos años estaba desahuciada pero el nazareno salvó mi vida y me regaló estos años maravillosos junto a ti, a mis hijos y a todos mis seres queridos, le decía ella. Ambos de aparente mucho y grato vivir, tomadas las cuatro manos en un solo puño, él mirándola fijamente, cuasi con veneración, ella de frente al Monte, lejos en lontananza, la mirada alta en agradecimiento y veneración, los dos siluetándose con el resplandor del ocaso ostentando su gama de hermosos e inusuales ocres, llenos de misticismo, esperanza y fe.

Esa era la respuesta a su interrogante: la fe, que mueve montañas y enlaza a los seres humanos con sus potencialidades, con el universo, con Dios. Poco importa conocer o no el secreto, si existe una inmensa verdad que eclipsa cualquier duda: la fe.


DESASOCIEGO Y LUZ

Llega junto a la luna al pequeño hostal. Un extraño frio enmarca el ambiente de tibio recogimiento de los grupos disgregados en íntimos rincones, con uno u otro canto tenue de voces hieráticas, casi gregorianas, acentuando el misticismo del lugar.

Ya en su habitación, escudriña en Eart, tratando, en último intento, de obtener de su tablet la respuesta o al menos algo de sosiego a su angustia, mientras la resignación y también la frustración, poco a poco doblegan su curiosidad e imperioso apetito de verdad, queriendo cerrar por siempre el baúl del abuelo, junto a sus recuerdos y aquel secreto que lo atormenta. En tanto el sueño troyanamente se adueña de su conciencia.

Al rato, recién pasada la media noche, luego de un extraño sobresalto y todavía embriagado por el sueño, intenta apagar la tablet que entibia la otra almohada, pero algo llama su atención: Sobre la imagen del Jardín de los Olivos existe una marca de referencia nunca observada, con la siguiente etiqueta: “En la cifra está la respuesta”. Enseguida el asombro da paso a un torbellino de preguntas. ¿Se tratará de la respuesta al secreto? ¿Por qué, cómo y quién la colocó allí?  ¿A cuál cifra se refiere y donde está?

Disponíase a retomar el sueño forzado sobre su angustia, cuando sobresaltado exclama ¡¡Ya se!! ¡¡Tiene que ser…!! ¡¡Es aquella cifra sin sentido en la libreta del abuelo!! ¡¡¡ Son coordenadas!!!

Toma su tablet y nervioso registra en diversos órdenes aquella cifra de la pequeña libreta que temblorosa en su mano se resigna a ver su secreto profanado. Luego de varios intentos, allí está, una ubicación específica en el Monte de los Olivos, ¿será el sitio?, hace algunas horas anduve por esos parajes, ¿estará lo que busco allí? Sin más, registra las coordenadas en el teléfono y se dispone a partir hacia el lugar. Es ahora o nunca.


EL HERMOSO LEGADO 

Raudo el andar y volando los pensamientos el cansancio no mella su voluntad, más bien aumenta el paso, mientras silente lo sigue la tenue sombra que le pinta la creciente luna asomada entre caprichosas nubes.

Presuroso busca la ubicación del GPS. La afición arqueológica de su niñez le ayuda. Al fin está en el sitio. Un escalofrío de éxtasis recorre cada célula de su cuerpo, mientras mirando hacia el cielo siente que su voluntad se desmorona y el temor lo avasalla. Es el miedo al sacrilegio, a atentar contra las verdades que sustentan la religión y la fe.

Es increíble, tan cerca de nuestros pasos y tan lejos de la conciencia humana. Una pequeñísima colina camuflada por pequeños arbustos bañados por los haces de plata regados por la noche, está frente a él.

¿Cómo puede ser? ¿Estoy delirando o acaso sueño despierto?, se pregunta, mientras la incertidumbre lo embarga nuevamente.

¿Qué hace él allí? ¿Descubriendo lo descubierto? Si ya cientos de investigadores han esculcado cada centímetro de estas tierras. ¿Qué puede hallar? La probabilidad es remota, muy remota, aunque siempre probabilidad.

Con la curiosidad en la mente y la cautela en los pasos, se acerca a la base de la colina sin observar nada extraordinario, algunos pequeños olivos y el follaje en partes asomándose cauteloso, pero nada más.

Apesadumbrado se sienta en un montículo tratando de ordenar los pensamientos, y quizás de apaciguar sus expectativas hacia la resignación. Si existiese la tumba, se dice, sería accesible por excavación, y eso está muy lejos de mis posibilidades… En fin, ha de ser mi destino cargar a cuestas la angustia del secreto.

De pronto recuerda la frase inconexa en la libreta del abuelo: “Entre olivos la verdad será revelada”  ¡¡Sí!! Por supuesto, han de ser estos olivos, pero ¿dónde?

Presuroso corre hacia ellos y esculca el follaje que une sus pies. Se topa con lo que aparenta ser terracota o algo parecido, y al despejar con su navaja de explorador las hierbas y tierra que la cubre, revela un cuadrado de cuatro casi deshechos ladrillos por lado.

¡¡Ahí está!! Ese debe ser. ¡¡Dios mío!! ¿¡¡Qué hago!!? ¿Profano esta verdad terrible de milenios o marcho y venero a la bondadosa falsedad?  Pregunta mirando hacia el cielo, buscando la respuesta que desde siempre ha estado en su conciencia. La verdad mueve montañas, por la verdad murió el Cristo, y por la verdad debe ahora continuar…

Con un nudo cada vez más apretándole la garganta y ahogándole la conciencia, la navaja temblorosa poco a poco define los intersticios de los ladrillos, los quita uno a uno, colocándolos con cuidado a un costado. Una loza de piedra queda al descubierto; escarbando la tierra de sus bordes se dejan ver sendas muescas en forma de agarraderos. Sin pensarlo dos veces su ansia de verdad levanta en vilo aquella piedra, y lo que ve lo paraliza, sintiendo el inmenso peso más en su atribulado espíritu que en sus manos temblorosas.

¡¡Ahí está!! Exclama, un cofre aparente de piedra encajado en la tierra, con la avidez de siglos tragándose la claridad de la noche y retornándola en un tenue resplandor que rebosa el ambiente de misticismo y espiritualidad. Sus pies tiemblan tanto como trémola ha estado desde siempre su fe; y mientras los brazos exhaustos colocan la loza sobre las hierbas, pensamientos en torbellino nublan su conciencia. ¿Al fin conoceré el secreto? ¿Qué habrá adentro? ¿Estará él, Jesús? Pero, si murió y no resucitó ¿cómo puede ser el hijo de Dios?

Así, con punzante angustia y  exasperación, alzando las manos al cielo y dejando caer sus rodillas sobre las hierbas buenas y malas, con un grito ahogado exclama: ¿¡¡Dios, por qué tuve que ser yo, por qué me escogiste a mí!!?

No obstante una fuerza que doblega su voluntad lo coloca dentro del lugar; de alguna forma era un deber con la historia, con la religión de su abuelo y consigo mismo, con el sosiego de su espíritu.

A su lado, sobre un pilostre de piedras encajadas caprichosamente en sus formas naturales, está una especie de sarcófago intacto de grueso cedro oscurecido por los siglos, cuya armoniosa simpleza delata la mano tosca pero amorosa del hacedor. El lugar es de medidas exiguas, la parte superior apenas supera su estatura, y el sutil resplandor que llena de mágica acuarela de grises el recinto, pareciera posarse y a la vez emerger de aquel sarcófago. 

Con ceremonial calma introduce su navaja en el borde de la gruesa tapa encajada y poco a poco la levanta hasta quedar visibles los restos del que ha de ser Jesús el de Nazaret, el hombre que trajo a la humanidad un mensaje de amor, hermandad, dignidad, esperanza y fe, el hijo de Dios… Pero ¿si es el hijo de Dios, entonces por qué no resucitó como lo enseña el dogma de la fe cristiana? ¿Será error o cruel ilusión?

¡¡No puede ser!! Exclama, tras detallar sendas perforaciones en los huesos de sus manos y pies y empezar a revelar al lastre de su pañuelo las inscripciones cinceladas en la pequeña loza que pareciera cuidar los pies del yacente. La lee y relee nerviosamente palabra tras palabra, hasta lograr que su latín elemental y torpe le descifre el mensaje de aquella estela de piedra. 

“Yo, Elena de Constantinopla, manifiesto a la posteridad, que habiendo descubierto providencialmente un manuscrito del mismísimo Simón de Cirene, guardián del secreto más atesorado de la religión cristiana; por los designios imponderables de nuestro Dios, he hallado la tumba de su hijo Jesús y he palpado las laceraciones de la irracionalidad humana en sus huesos, tan humanos. Pero también he sentido como nunca su trascendencia de la muerte hacia un mensaje de vida, de esperanza y de fe. He aprendido que más allá de nuestros huesos, nuestra alma y nuestra espiritualidad son inmortales. Esa es la hermosa lección del Cristo, enseñarnos que aún andando podemos estar muertos, que nuestra resurrección espiritual se produce cuando descubrimos al Cristo en el prójimo y lo concretamos en un propósito común de fe. Porque el Cristo resucita con nosotros, con nuestra fe. Porque la resurrección es una eterna posibilidad iluminando e indicando un único camino: Dios. Hoy, al grabar mi fiel estas palabras temblorosas en la dura piedra, mientras mi cuerpo se estremece por la verdad revelada y en mi conciencia conflagran las posibilidades de su destino, he decidido legar a la posteridad la responsabilidad de revelar al mundo cristiano esta infinita verdad. No es tiempo de someter a los creyentes a semejante prueba de fe cuando nuestra religión apenas se asienta y tiene tantos enemigos asechándola por todos lados. Pido perdón si me equivoco en esta decisión. Pido perdón por los actos de mi pueblo. Pido perdón por los errores y vicios de mi humanidad. Pero también doy las gracias al Cristo por haber iniciado  en mí esta hermosa resurrección que ilumina mi existir, reconforta mi espíritu y sustenta hoy como nunca mi fe. El secreto debe ser secreto hasta que la fe sea auténtica y se sostenga por sí sola”.

Un pálido frio recorre su cuerpo, a la vez que el gozo espiritual se avalancha en lo profundo de su ser, dándole esa sublime sensación  de religiosidad y misticismo jamás sentida.

Si el abuelo y sus compañeros hubiesen leído esta nota, pensaba, no habrían sufrido tanta angustia y desasosiego. Elena comprendió el verdadero significado de su hallazgo y asumió la responsabilidad ante su religión y ante la historia. Que después de veinte siglos el Cristo perviva entre nosotros con su mensaje de redención, de fe y de esperanza, aún cuando sus huesos estén guardados en este pequeño recinto y las carnes hayan vuelto al polvo, es auténtica prueba de su resurrección, que en verdad es la trasmutación del alma, eterna como la capacidad de fe del ser humano.

Enseguida revisa el pequeño pergamino adjunto y cualquier atisbo de dudas se esfuma junto con el vacio existencial que lo hubo agobiado toda su vida, al balbucear ese latín colonial pincelado de clasicismos griegos: “…allí yace Jesús el de Nazaret, el hijo de Dios… Conociendo la conjura para profanar su tumba y destruir su cuerpo, he decidido junto a mi acompañante, preservarlo en ese humilde recinto. Han matado un cuerpo pero su alma y espíritu pervivirán por siempre en su mensaje y ejemplo de vida. Que Dios bendiga a quien leyere estas notas  y lo ilumine para bien disponer de este secreto, tesoro de fe. Así lo manifiesto, con la paz y fortaleza del Señor rebosando mi alma, yo, Simón el de Cirene”.


SEPULTANDO LA VERDAD

Con sensación de infinito gozo existencial recoloca el último ladrillo, recubriendo con tierra y  pequeños arbustos la entrada al santo recinto. El secreto todavía debe ser preservado. Sin dudas el cristianismo atraviesa por su mejor momento, pues siempre que se exista, cada actualidad es la mejor, por haber sobrevivido veinte siglos a tantos errores, por sustentar la fe por sobre el derrumbe de falaces dogmas y perniciosos fetichismos; pero aún su fe no es suficientemente plena y auténtica para asimilar esta verdad en toda la magnitud de su significado. El maravilloso legado debe esperar por los tiempos perfectos del Señor.


El RETORNO A LA FE

Mientras el avión reta en vuelo los aires de aquella tierra santa, pensamientos sosegados rinden honor a su fresca paz espiritual: Hace dos mil años, en inicio de un nuevo sendero existencial, un humilde artesano revolucionó la humanidad con su mensaje de justicia, igualdad, libertad y dignidad, más allá de la materialidad del existir, como valores plenos, posibles, alcanzables y resumidos en un fin superior, su padre, nuestro padre, Dios. Con ello nos reveló el Cristo la conciencia de transcendencia, del poder, como bien lo señala Elena, de descubrir al Cristo en el prójimo y concretarlo en un propósito común de fe, el poder de nuestra resurrección espiritual. Porque, tal como dice el Cirineo, mataron su cuerpo pero su alma y espíritu siguen vivos entre nosotros. Al final esa es la resurrección, trascender la materialidad de nuestro existir hacia la concreción hermosa de los valores y principios de vida en común, perviviendo en un propósito de fe y esperanza que siempre converge en Dios.


Javier A. Rodríguez G.