viernes, 19 de abril de 2013

El CNE. Entre la Perfección y la Eficacia.


El renacimiento marcó definitivamente  el  desarrollo evolutivo de la humanidad, iniciando, con la llamada modernidad, una forma de pensar, de plantearse el ser humano su existencia, de mirar y de ubicarse en el mundo, y principalmente, de actuar ante la realidad; resultando en la consagración del paradigma  que coloca al ser humano y su razón como centro, principio y fin de todo.

Y es desde allí que se exacerba en el ser humano su orgullo y vanidad por lo que su inteligencia y raciocinio le permiten hacer, llegando hasta la prepotencia. Tanto así, que se puso al borde de la auto destrucción, en dos guerras con horrendos artefactos capaces de extinguirlo como especie, paradójicamente creados por su raciocinio. Luego así, en los albores de este milenio, comienza el ser humano a replantearse existencialmente y a reencontrarse con valores otrora desechados por su prepotencia racionalista.

El arquetipo de esa prepotencia tecnológica lo representa por antonomasia el famoso Titanic. Un barco indestructible, perfecto, cenit  del desarrollo tecnológico del momento…, y que en su primera ruta fue “tragado” por el océano junto a su perplejo creador. El defecto principal: No fueron consideradas muchas variables extremas en su funcionamiento, y además, fue conducido prepotentemente, sin tomar en cuenta su naturaleza material y funcional.

Por eso no asombra ver a los directivos del CNE, afirmar que en Venezuela existe un sistema electoral “perfecto”, pues al final es la misma prepotencia, para no decir torpeza, que ostentaban los del Titanic.

Es que, presumir la creación de un sistema perfecto, supone una postura esotérica más que una afirmación científica, ya que el “error” es precisamente lo que  mueve a la ciencia y posibilita la evolución; pues lo único realmente perfecto es Dios y su expresión: el universo; pero  éste en tiempos y espacios tan grandes, que sus aparentes fallas o errores, tan sólo expresan el transitar evolutivo que lo lleva a la perfección. Ciertamente, luego así, al final del final, lograr un sistema perfecto sería posible, sólo que entonces la evolución estaría detenida y la humanidad  seria perfecta en sí misma.

Si alguien ha aprendido de seguridad y de perfección, son algunas agencias e instituciones gubernamentales  de ciertas potencias, quienes, luego de jactarse de lo perfecto, infalible e infranqueable  de sus sistemas digitales de manejo  y control de data …, ha resultado que hasta un adolescente en su casita y con el gatito en brazo, los ha hackeado , accediendo al sistema de la forma que ha querido… Tales experiencias llevaron a algunas instituciones a establecer una “solución” insólita: Contratar a ese tipo de “genios delincuentes”,  como “sabuesos” de fisuras en la seguridad de sus plataformas…

A esto hay que agregar que la estructura tecnológica electoral, no cuenta naranjas ni piezas de lego, sino nada más y nada menos que la voluntad libérrima del ciudadano, en expresión de su poder soberano; en consecuencia, su eficacia toca planos inmateriales, morales, éticos y espirituales de las personas.  Por eso mismo, el conteo de naranjas siempre podrá ser plenamente eficaz, mientras cuente naranjas, mientras el escrutinio  de votos ha de tener un movimiento perenne hacia la eficacia; ¿por qué?: Precisamente por el elemento subjetivo que  lo legitima y cualifica, sin el cual toda estructura electoral  es simple basura.

Es la voluntad soberana del ciudadano la que legitima indirectamente la actuación del ente electoral, expresada y concretizada esencialmente  por el resultado efectivo de su función. Pero esa legitimidad, que se expresa como credibilidad, debe nacer de hechos concretos que expresen el grado de eficacia del ente, al recoger y patentizar, con la mayor certeza posible, la voluntad ciudadana.

En Venezuela, el ente comicial es un Poder del Estado. Condición que le otorga una situación jurídica especialísima, pues entonces el Poder Electoral (CNE) es un poder  de segundo grado, en cuanto a su legitimidad y la posibilidad del control directo del ciudadano, ya que sus titulares son designados por el Poder  Legislativo. Esto le asigna a la Asamblea Nacional una función de control extraordinario en materia electoral, puesto que, la deslegitimación del ente correspondiente, lo toca directamente en su responsabilidad constitucional. De manera  que, el CNE se mueve (o se debería mover) entre dos aguas: Por un lado, los cuestionamientos y exigencias de los ciudadanos, y por otro, la vigilia de la Asamblea Nacional, como órgano del poder fuente de su legitimidad. Así pues, obviamente, las decisiones del  CNE,  actuando como Poder del Estado, no comprometen únicamente su  credibilidad, sino que afecta  además, de manera directa y especialísima, la legitimidad de la Asamblea Nacional.

Con lo anterior se revela que el CNE se ha desempeñado  en algunas oportunidades con ciertas liberalidades y prepotencias que exceden sus facultades y límites constitucionales, al no estar sometida al control ciudadano directo, y ante la dejadez, relajo o incomprensión por parte de la Asamblea Nacional, de sus facultades y responsabilidades constitucionales. 
Siendo que al final, de una u otra forma, el CNE queda vulnerablemente sometido a los vaivenes de la diatriba política.

Ya estamos revelando  las imperfecciones institucionales lógicas y naturales del sistema electoral… Pero, concentrémonos ahora en la plataforma tecnológica: Un proceso de votación con respaldos y contrarespaldos, chequeos y contrachequeos,  cifrado y recontracifrado, verificado y recontraverificado, auditado y recontrauditado.; no debería tener cuestionamiento alguno, como sostienen los directores del CNE y ciertos padres putativos de la creatura.

El problema está justamente en que no se trata de contar o medir naranjas ni legos, sino  de la voluntad libérrima de seres humanos en toda la expresión de sus razones, emociones  y pasiones, propias del vivir en sociedad. Esto evidentemente tiende a  escindir la credibilidad ciudadana, en tantos flancos como partes en disputa halla, lo que es lógico y natural; siendo condición sine qua non del ente electoral, integrar esos flancos hasta un mínimum que garantice la legitimidad del proceso; y la forma eficaz y sensata de lograrlo, es procediendo con objetividad, imparcialidad, ecuanimidad, transparencia ética, y perspectiva institucional  amplia e integral, para que esa credibilidad se exprese efectivamente en la conformidad del elector.

De manera que, debido a la variable subjetiva,  la confiabilidad (integral) de la estructura electoral,  no es un valor absoluto, considerado desde su eficacia, sino que se ve afectada tanto y cuanto sea mayor o menor la diferencia numérica en los resultados. Esto lógicamente debe trastocar los criterios del ente comicial, para amoldarse efectiva y pertinentemente a las variables estructurales y aleatorias, logrando así  el ambiente necesario de conformidad para poder  sortearlas y garantizar la paz en el grupo social. Así pues, hacia los mayores valores numéricos de diferencia en los resultados, la conformidad  de los electores tiende a  incrementarse; mientras que, hacia las menores diferencias numéricas,  es la inconformidad  del elector la que tiende a aumentar. En ambos casos, la inconformidad por sobre el mínimo  tolerable o por sobre el máximo justificable, raya en la necedad, temeridad o mala fe.

Es que en verdad, estas abstracciones tecnológicas virtuales tan sofisticadas apenas tienen 30 o 40 años a lo sumo de masificarse progresivamente como hábito en nuestras sociedades, y apenas un siglo de definir  al viraje evolutivo de la humanidad, iniciado con el renacimiento. Prácticamente nada frente a los millones de años que tenemos  calculando, midiendo y valorando  todo respecto a una realidad concreta, percibida directamente por nuestros sentidos. Resultando, que  ante la  duda , incertidumbre e inconformidad frente a estos instrumentos tecnológicos, tendamos  a apelar a los elementos y valores inmediatos que sentimos, palpamos y tocamos (nomás veamos lo que ocurre con los libros digitales, los cuales, no obstante su progresiva masificación, no han podido sustituir al escrito en papel, sensible, palpable, olible, amable y hasta  maltratable…)

Todas  estas consideraciones determinan  la eficacia de las decisiones del ente electoral respecto del resultado emitido, y de las posibles impugnaciones, solicitudes o reclamos de las partes en disputa. Por tanto, es contraproducente, por no decir torpe, cerrarse en posturas inflexibles que de suyo merman su credibilidad y la hacen ineficaz, creando inconformidades legítimas.

Por eso, la  verificación total de los resultados electorales, independientemente de cualesquiera chequeos o auditorías de rutina, en el caso de márgenes  de diferencia en votos proporcionalmente muy reducido, no puede de ninguna forma  ser una concesión graciosa del ente electoral, pues ello constituye un derecho legítimo de las partes, quedando a la responsabilidad del ente comicial y de su órgano controlador, como se ha dicho, la Asamblea Nacional,  y del TSJ, como control jurisdiccional, cualesquiera actos de desorden público y sus secuelas, que se originaren a consecuencia de la legítima protesta de los ciudadanos afectados, pues “el ejercicio dela función pública, acarrea responsabilidades…”

Hasta ahora, en la elección  presidencial,  que es la más compleja en cuanto a la amplitud territorial, número de electores y los intereses políticos en disputa, el sistema “perfecto” había estado  en niveles de diferencia de votos  por sobre el 10%, lo cual, más allá  de la diatriba política, no la exigía mucho en su eficacia plena, según lo que hemos señalado. Pero no es simple casualidad, que en la primera  elección de ese tipo con mínimo margen de diferencia  porcentual (1%) , ocurran conflictos sociales como los recién vividos en nuestro país. No pensemos siquiera lo que ocurriría si en procesos futuros se presentaren casos con diferencias de décimas porcentuales (10.000  votos, por ejemplo), y  que el CNE, en su obtuso criterio, se negare a la verificación exhaustiva de los resultados…, ni siquiera lo pensemos, pues no serán naranjas ni  legos  las que saldrán a las calles a exigir su legítimo derecho… ¿Y acaso estarán  los del ente electoral como en el Titanic, dentro, cantando hasta hundirse con él…?

Ante ese supuesto escenario, la respuesta  del Estado clásico Burgués es aplicar su “fuerza” y “autoridad”; pero; ¿cuál fuerza y cuál autoridad?,  si éstas se sustentan en la ley, la justicia, la igualdad y el respeto progresivo de sus Derechos Humanos, no como simples enunciados formales constitucionales, sino como conciencia y convicción de los ciudadanos que los legitima. De manera que el Estado actuaría al final con el comodín de siempre: la arbitrariedad. 

En Verdad  da tristeza la manera tan torpe como un Estado puede caer en el círculo vicioso de la arbitrariedad, pudiéndose evitar de forma tan sencilla: Redirigiendo sus instituciones  hacia el principio y fin de su razón de ser política, social y jurídica: el ser humano, en toda la expresión de sus facultades, potencialidades, virtudes, vicios, fortalezas, debilidades, amores, pasiones, valores, antivalores, aciertos, errores, necesidades, debilidades  y en todo aquello que lo cualifica en su circunstancia evolutiva, como única manera de conciliarlo consigo mismo, con los demás y con el universo. Porque, a pesar de las  arbitrariedades soslayadas o camufladas de bien común, el Estado arbitrario y deslegitimado, y sus instituciones, son tan fuertes como  un grande barco de maché lanzado a la mar.

La reflexión necesaria es que las instituciones políticas no son cuerpos inertes, rígidos, matemáticamente exactos ni mucho menos perfectos; sino organismos vivos, dinámicos  y con la transcendentalidad,  definición y flexibilidad  conceptual necesaria para ceñirse en justicia y por su eficacia, a las complejidades fácticas de la vida del ser humano en sociedad. 
También, es pernicioso conformar  las instituciones  desde una sola óptica o criterio político, por muy sanas y puras sean las intenciones que las causen; y al contrario, es desde el peor de los escenarios y la peor de las situaciones que las instituciones deben configurarse, de tal forma de garantizar su plena eficacia en todo caso y en toda situación.

Por último, veamos en la figura adjunta un bosquejo de lo señalado: La pirámide que representa al ente comicial, contiene la proyección de las  diferencias posibles en los resultados electorales. A medida que la diferencia decrece, la  subjetividad influye, en mayor o menor grado, en concordancia a otras variables y siempre como tendencia, en la confiabilidad en la estructura comicial y en la conformidad con los resultados. En esos  niveles de diferencia se establecen zonas (en este ejemplo son  3) cuyos márgenes porcentuales permitan la “holgura” funcional del sistema , o lo exijan sucesivamente hasta el tope de sus posibilidades, en cuanto a su  control, confiabilidad  y eficacia (zona amplia o “segura”, zona de cuidado y zona sensible).Conteniendo todo eso se halla el bloque del Poder  Electoral, sostenido en un extremo por la pirámide constitucional , que determina su fuerza legal; y por otro extremo se  sustenta en el poder legislativo, quien, soportado obviamente en la Constitución, designa  a sus titulares  y transmite su legitimidad. Finalmente, toda esa estructura político jurídica, se soporta sobre el poder ciudadano, que en el Estado socialista es  reconocida como la auténtica  fuente y legítima expresión  de su  poder, en la medida y forma que determine  la Constitución.

Javier A. Rodríguez G.